Periódico con noticias locales de Águilas, Lorca y Puerto Lumbreras

LOS BAJOS DEL CASINO

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Por ramón Jiménez Madrid
Si por la parte de arriba del casino, según hemos comentado, de la institución decimonónica, se jugaba al billar, a las cartas, en el tapete verde del bacarrá, en el piso de abajo se jugaba de la misma manera en dos grandes billares que estaban no excesivamente distanciados de la pequeña barra que atendía Miguel Rodríguez, llamado injustamente Caramuerto, no sé bien las razones de la denominación ya que su cara desprendía esencialmente serenidad, era considerado un supremo especialista en el dominó y dirimía todas las muchas disputas que allí se producían, y eran mucho, con respecto a los jugadores del seis doble. Miguel, inmutable, lento, parsimonioso, tranquilo, zanjaba cualquier litigio en cualquier debate en medio de las voces que se montaban asiduamente cada tarde, porque el local, amplio, abierto, con salida a las dos calles y con un canalillo que comunicaba con el piso de arriba, tenía plena ocupación a la hora vespertina y había que apresurarse en algunas mesas para tener plaza, aunque las partidas estaban convenidas de antemano, eran muchos los asiduos que no debían rellenar impresos para ganarse el puesto.

No sé si es un atrevimiento por mi parte, pero si pista de baile del casino estaba reservada para los socios, los que pagaban mensualmente la cuota, el bar de los bajos del casino sería la pista popular, aquella en la que no había que abonar nada por la estancia, en todo caso el café cuando se perdía la partida, la gaseosa cuando se solicitaba para salvar los gases, pero sobre todo el coñac, porque la clientela de abajo, la que le daba al julepe y a la brisca, al tute y al subastao, era de cuajo, muy viril, sin lugar para dejar asiento para las mujeres, emplazamiento no prohibido para ellas, pero por donde no aparecía ninguna en ningún momento del día, ni para el aperitivo de la mañana, ni para los juegos de la tarde, tampoco para partidas de la noche, ya que la parroquia de aquel local tan solicitado era enteramente varonil, cual acostumbraban a serlo en donde hubiera cartas con oros, espadas, copas, tríos o dobles parejas, que también existía hueco en aquella grande estancia para la suerte, el azar, la astucia o el descaro. Las mujeres guardaban el regreso oyendo en la radio culebrones como Ama Rosa, acabando la fregaza, atendiendo a los pequeños.
Estaban en la parte junto a los billares las grandes partidas de dominó, siempre con sus mirones al lado, con los comentaristas, siempre peligrosos, que con aire de superioridad, tenían a gala lucir sus habilidades y desvelaban a voz en grito los errores y los fallos, había mesas, algunas de mármol de sepulcrales, en donde había más espectadores que jugadores, un público chillón que se manifestaba ruidosamente siempre que le venía en gana, muy lejos de esos refinados antros en donde no se oye una voz. Por contra resultaba terapéutica dejar constancia de la sabiduría, siempre popular, que se atesoraba ante cada movimiento, baza, incluso sobre cada carambola que se hiciera en la mesa. Y había más de una veintena de mesas, algunas de ellas de madera, en donde se agrupaban los hombres para probar su suerte ante el temido adversario. Y aunque estaban prohibidos los juegos de dinero, las monedas de diez céntimos -la perra gorda- y las rubias pesetas corrían de mano en mano cuando se jugaba a la garrafina y sobre todo cuando había cartas y alguien cantaba las cuarenta o lanzaba un envido, aunque hay que señalar que nunca se ha jugó allí al mus, azar madrileño, pero había dados por si alguien jugaba al mentiroso.
Lo cierto es que el local rebosaba de público y de negros humos y muchas veces se sacaban las mesas a la parte que daba a la plaza de la pista popular. Entonces, por la tarde, una brisa fresca te alejaba tanto del vocerío y del fragor de las pasiones, litigios y peleas, como del fuerte olor a desinfectante que brotaba de aquella selva alborotada, abarrotada, bien surtida de público desde las primeras horas de la tarde para alborozo de Pedro, su patrón, quien más tarde afincaría su bar Las Águilas, en casi el mismo emplazamiento. Un local repleto de vida, de toses, de humos -entonces se permitía la pipa, los emboquillados de Ideales y hasta los que se liaba el personal- de olor fuerte y guerrero, porque se vivía en los sótanos y parecía de verdad en ocasiones un auténtico tren subterráneo transitando por los bajos.encial en la playa de Poniente.

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