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Vacas sagradas

Aunque por el título pudiera parecer que me refiero a las famosas vacas de la India y que todos los lugareños respetan, presiento que la mayoría de los lectores han podido adivinar a qué me refiero. A pesar de que el Diccionario de la Real Academia Española no acepta el término, podemos averiguar que “vaca” no hace referencia en este caso al animal, sino más bien a una persona. Lo que sí parece más claro es la palabra “sagrada” que en el susodicho diccionario aparece con varias acepciones y, después de ignorar las que hacen referencia a la “divinidad”, parece que la más acertada sería “digno de veneración y respeto”. Por lo tanto, una “vaca sagrada” sería aquella persona respetada por su trabajo, por su constancia, por su implicación en cualquiera de los ámbitos profesionales.

Nada más lejos de la realidad, puesto que cuando unimos estas dos palabras, en la mayoría de los casos lo hacemos de una manera despectiva, hacia un compañero que disfruta de unos privilegios que seguramente no merece y que es visto como un personaje admirado quizás por unos pocos e intocable por la mayoría. Me explicaba un compañero que en un hospital de provincias un médico se atrevió a cuestionar a un cirujano que solía llegar tarde a la consulta. Todos los pacientes se quejaban, los otros compañeros protestaban en privado sobre esta situación y la dirección del centro hospitalario miraba hacia otro lado. El médico en cuestión no entendía el porqué ese cirujano era tratado de ese modo. Parece ser que era un buen profesional, orgulloso, altivo y también distante y excluyente en cuanto a amistades. Nada que objetar a su personalidad reacia y selectiva con los compañeros; todos tenemos nuestra manera de ser. Nada que objetar tampoco a su trabajo, puesto que estaba bien considerado. Pero su grave problema de puntualidad no se solucionaba y pesaba como una lacra sobre su expediente. A pesar de todo se convirtió en “vaca sagrada” porque esas carencias a las que hacía mención las tapaba organizando actos de todo tipo, participando activamente en la organización del centenario del hospital y codeándose con los directivos que una y otra vez descartaban tomar medidas serias.

Nuestro otro médico, un oftalmólogo mucho más joven, responsable pero a la vez algo impulsivo, trató de canalizar una situación que estaba estancada desde hacía años y le salió el tiro por la culata. La sola insinuación de llevar el caso a la Dirección Provincial, armó tal revuelo que hasta el director del hospital admitió que ciertas personas poseen un magnetismo incuestionable y que era mejor pasar página. El joven médico nunca llegó a altas instancias. Parece ser que nunca lo pretendía, pero le molestaba que montones de pacientes del cirujano ocuparan el pasillo impidiendo el paso de los que se dirigían a otras consultas y a la suya propia. Solamente quería que alguien diera el paso para acabar con el problema.

Desde un sindicato aconsejaron a nuestro oftalmólogo que se cerrara en su mundo, que trabajara por él mismo y que olvidara al cirujano, puesto que en muchas ocasiones un acto de justicia se volvía contra la persona que quería la rectitud y el orden. Muchas “vacas sagradas”, al verse acorraladas, se crecían y se convertían en acosadores y ejercían el mobbing descaradamente contra los compañeros a los que consideraban sospechosos de maltratar a las divinidades.

Desgraciadamente en los trabajos estos casos suceden a diario y también desgraciadamente se opta por el silencio. No están los trabajos como para ir de predicador de los buenos ejemplos, pero tampoco para caer en la trampa de hacer lo mismo. Si no eres “vaca sagrada”, abstente de cometer algún acto irresponsable. Antes hay que cerciorarse que eres miembro del club. Nuestro oftalmólogo sigue en el hospital. Después de varios años del incidente ha aprendido a convivir con “vacas sagradas”. Él nunca lo será, pero ha conseguido la felicidad de saberse querido por la mayoría de los pacientes a los que trata y mantiene aún la fuerza para seguir en la línea del trabajo bien hecho.

José Asensio, filólogo.

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