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Felipe el del Progreso

En todos los pueblos hay personajes singulares, gentes que se destacan por algo especial, por un deje particular, por realizar acciones anómalas o por tener un carácter relevante, una forma de ser diferente o un trato exquisito.La verdad es que, ahora que lo pienso, no sería capaz de afirmar que Felipe, el del Puerto, tuviera ese don que lo separara del resto de los mortales aunque se atribuía ser jefe de los espiritistas, algo que nunca supimos en qué consistía.
Pero he de decir previamente que Felipe, el del Pogreso, se ganaba el pan con el sudor de su frente al frente de un mostrador en un antiguo chiringuito instalado cerca del puerto, un pequeño bar en donde atracaban sin duda todos los pescadores tan pronto como venían de realizar sus capturas en aquellas calendas en las que la pesca era, junto al esparto, las bases de un pueblo que obligaba a sus hijos a marcharse a tierras lejanas. Muchos de ellos, estando en Cataluña o en los bancos catalanes, echaban de menos el sabor de la musina que hacía Felipe en su bar o Francisca, su mujer, que aun afortunadamente vive y se ejercita en la misma operación, en el interior de una cocina minúscula. Porque el bar que regentaba Felipe no era un bar cualquiera, era una especie de barco que, conforme transcurría el tiempo, cambiaba de lugar y sitio, dependía de las mareas o de las maneras de arrojar al fondo las jarcias que la rodeaban y los remos que la sostenían. A veces el barco ponía la proa hacia la antigua plaza de toros, otras veces apuntaba al Gran Cinema, al llamado Pijama, por sus franjas verticales, a colorines, presto para encaramarse sobre las olas del destino.
El bar de Felipe fue en su primitivo proyecto un barco con sus bodegas y redes, con sus pulpos en la parte alta, bien comidos por la moscarda, a la espera de que las pacientes le quitaran todos los males y se chuparan todas las ventosas. Porque el pulpo era la esencia de Felipe, un señor que nos indicó en un momento de su vida, con una gracia tan suya para comentar las cosas, con su media lengua y sus metátesis en ocasiones y su lengua entera, incluidas cosa de la guerra, que al pulpo lo que había que hacer era brearlo tan pronto como se compraba, que había que sacudirle las amigdalas hasta dejarlo blando y fofo, y una vez que se le había exprimido e hinchado, ponerlo al sol todo el tiempo que debiera, hasta amojamarse, hasta adoptar posturas trágicas, vampiros que podían disponer de seis patas, caballos a punto de saltar, capuchones que habían soltado todo el negro lastre de la tinta. Luego más tarde, era el manjar de las moscas. Oreados por el sol, purificados por el aire, a punto de saltar a la sartén de los pocos ricos del pueblo que se acercaban al Felipe a saborear, especialmente los domingos, el aperitivo matutino, después de la salida de misa, antes del arroz ritual o del cocido, el sustituto pertinente para cada ocasión.
Al Felipe bar se le puso camarote y allí subíamos los aprendices de grumetes a tomarnos el primer vermú de la vida, un poco de vino tinto con gaseosa dulce de la Aguileña del Salas o del Alsúa. Y allí nos dejaban, a la pequeña descendencia de la burguesía del pueblo, que lleváramos nuestros alimentos –pedíamos la bebida o se la aplazábamos para que él le pasara cuenta – o allí llevábamos nuestros dados para jugar al mentiroso, un juego más ingenioso y complejo que el póquer con el que combinábamos nuestra adolescencia apartada. Y allí, entre miradas y risas, se hicieron los primeros romances entre mozos de diez años y chiquillas de nueve, entre los bachilleres de doce y las colegiales de siete.
Pero ahora que estoy acabando, me doy cuenta de que apenas he dicho nada de Felipe, del hombre que, con su cara, alegraba aquella casa en donde los aromas de la fritanga perfumaba el ambiente con su embriaguez, de aquel trozo de embarcación abierta por la panza, de aquel camarote en donde se despachaban los mejores productos del pueblo, un sitio en donde la parrilla no cesaba de alimentar jugos gástricos. Nos habían dicho que había sido anarquista, mención musitada y secreta que despertaba sugerencias varias, ganas de conocer la liturgia prohibida, en qué consistían los misterios de la vida que Felipe anunciaba en sus bienvenidas, con la fraternidad que derrochaba tan pronto cómo llegaban nuestros padres, tan pronto éramos los hijos los que le ocupábamos el espacio, su espacio jovial y pinturero. Era capaz de soltar párrafos enteros sobre cualquier cosa, lanzaba frases que nos sorprendían, tenía el don y la gracia de ganarse al cliente con una franca sonrisa, se afanaba en mil labores –tenía larga prole y había que sacarlos adelante- con un rictus de afabilidad en el rostro y otro de picardía en la cara. Incapaz de recobrar las palabras todas, los dichos completos, las frases ingeniosas y extravagantes, me quedo de momento con esta pequeña muestra de uno de los personajes más carismáticos que han existido en un pueblo como Águilas, repleto de tipos singulares, de gentes que nos alegraron la primera escena de la existencia.

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