Periódico con noticias locales de Águilas, Lorca y Puerto Lumbreras

¿Naturaleza o convención? (II)

Continuando con este duelo dialéctico, al que me invitó, inconsciente de las consecuencias, mi colaborador, y sin embargo amigo, Salvador Montalbán, he de decir que en su argumentación, mi contrincante incurrió en tal contradicción que casi me da pena echar por tierra sus elucubraciones. Pero, como no soy amante de lástimas y caridades de ocasión, voy a entrar al trapo, esperando no hacer demasiada sangre. No se puede defender una moral consensuada y concluir diciendo que es cambiante e inestable. ¡Pues vaya consenso!

Ya en serio, intentaré defender lo que él denomina “abultado error”, que no es más que sentido común. Reivindico mi condición de autor fatalista, si con ello vengo a formar parte de los que piensan que la vida no es mero azar, sino que tiene un sentido, una razón de ser, un principio y un final. Si eso es ser fatalista, ¿qué será ser optimista?

Pero como mi buen colega prefiere desprenderse de condicionantes religiosos y políticos, a pesar de que no duda en hacer mención a las polémicas viñeticas, no entraremos en derroteros más metafísicos. Por otro lado, y sin escudarme en la madre filosofía, causa y remedio de muchos de nuestros problemas, debo destapar una falacia cometida por mi interlocutor en su argumentación. Se trata de la falacia ad hominem, que como saben consiste en atacar al orador, en lugar de rebatir su oración. Cuando en mi anterior artículo mencioné a los sofistas, para nada juzgué su oficio, muy respetable por cierto, sino que analicé sus teorías. Aún así, no creo que evitaran ser críticos, ni tampoco ir contra los valores establecidos; si así hubiera sido disfrutarían de mejor fama.

Y siguiendo con filósofos famosos, no me he cruzado últimamente con ningún buen salvaje, pues como bien decía Rousseau, la sociedad se encarga de aniquilar las normas naturales con intereses de otro tipo. En este caso prima más el comportamiento del citado león, que la conducta ética, dejando claro que si hay algo que nos diferencia de los animales, entre otras dos o tres cosicas, es la moralidad. Pero, no seguiré nombrando filósofos porque pueden acusarme de no tener ideas propias. Eso sí, antes debo dejar claro que en mi postura no hay un influjo religioso, como pretende apuntar Montalbán, sino que autores de la talla de, por ejemplo, por nombrar uno, Aristóteles, defendieron el naturalismo ético, sosteniendo que el comportamiento humano ha de estar gobernado por la razón, no por algún dios.

En cuanto al grueso del debate, creo que aquí se están confundiendo diferentes nociones de “moral”. Yo me refiero a la Moralidad con mayúsculas, no a normas concretas y aplicables a culturas, épocas o situaciones determinadas. Sin embargo, quien sostiene la batalla desde el otro extremo de esta disputa, mezcla en su discurso varias acepciones. Habla de la moral de los animales, de unas normas de convivencia, de una moral general que es modificada a capricho, e incluso se atreve a jactarse de su ateismo “con la moral bien alta”. ¿De cuántas morales estamos hablando? Ninguna de ellas es auténtica.

Vayamos por orden. En primer lugar, los valores morales sólo se aplican a las personas, nunca a los animales o a las cosas, lo que los diferencia de otros valores como los económicos o los estéticos. En segundo lugar, las normas de convivencia son muy importantes y han de basarse en principios universales e inalienables como, por ejemplo, el derecho a la vida. En tercer lugar, si la Moral con mayúscula es cambiada a capricho se cae en un relativismo de consecuencias devastadoras; otra cosa es que las normas morales o incluso las leyes se adapten a las circunstancias concretas.

Finalmente, amigo Salvador, yo no me enorgullecería tanto de ser ateo y mucho menos si para defender esa postura he de mentir diciendo que es algo que comparte con la inmensa mayoría. Le informo de que el 90% de los seres humanos profesan algún tipo de creencias que aplican a sus vidas en la forma que determinan oportuna. Supongo que tanto su moral como la mía coincidirán en que se debe respetar la fe de cada cual, siempre y cuando no transgreda los principios universales, axiomas que le invito a descubrir en próximos artículos.

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