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Inventos

En torno a los grandes descubrimientos de la humanidad, unos hablan del fuego por parte de los hombres, otros de la rueda. Yo, de los años cincuenta, señalaría como fundamentales varios inventos que beneficiaron nuestra existencia –tanto que dimos un paso de gigante- y favorecieron las relaciones individuales y colectivas.

Me estoy refiriendo a la aparición de la bañera con la ducha incorporada, con sus grifos para el agua fría y caliente –pero esta pocas o nunca funcionaba- y sus aparatitos en donde se podían colocar el jabón, la colonia, los polvos de talco. La bañera, de naturaleza romántica, que veíamos en las películas con vampiresa incluida no habían hecho acto de presencia hasta llegar a la casa de los Alarcones, Allí la descubrí completa, abierta a las aguas del domingo, presta para acoger en su seno a los dos o tres hermanos desnudos, que procurábamos un baño conjunto o por separado, uno detrás de otro. La bañera grande, blanca, mandó a hacer gárgaras a los antiguos y reducidos barreños repletos de agua caliente que procedía de la olla de la cocina, a las viejas palanganas y barreños.

Y dejó inservibles a los calderos de aluminio que habían acogido nuestras débiles naturalezas, nuestros frágiles cuerpecillos, hechos al raspar crudo y áspero de los estropajos, al sabor agrio y verdinegro del jabón Lagarto. La amplia bañera, un mar abierto y sereno, sólo enturbiado por el temporal de roña, desplazó, sobre todo en invierno, al baño dominical, preciso antes de emprender camino de misa a la parroquia de San José, lugar en donde nos presentábamos inmaculados, limpios como una patena, acaso para recibir la hostia sagrada, puede que para oír el concierto de la Banda Municipal al mando de Aníbal Aullón.

Y siguiendo por el mismo camino al de la higiene, nos encontramos por vez primera, en aquellos días en los que abríamos los ojos a la vida, con la taza del váter. Un asiento que desplazaba al hoyo negro, al agujero por donde se marchaba la siempre negra suciedad fisiológica. Hasta entonces, nos subíamos al gallinero y desde arriba, como quien no quiere la cosa, se apuntaba directamente a la discreta diana. Desde que entramos en el mundo de la civilización europea con la visita de Ike, el presidente americano, supimos del placer de tirar de la cadena en lugar de arrojar baldes al precipicio tras habernos limpiado con papel de periódico, mucho más elegante y suave que hacerlo con un canto, piedra o risco, elementos a los que acudíamos en ocasiones propicias como cuando salíamos de excursión por el campo cuando amanecía de manera imprevista el apretón.

Y si era una delicia poderse bañar en las serenas aguas de la bañera o de la tina –habíamos dejado de ser animales para abrevar en cristiano-, no menos placer era hacer las necesidades sentado en una taza y no encaramado en un palo o en la rama, lo que supuso una revolución fue la llegada del teléfono en los domicilios. Un utensilio que había de revolucionar nuestras vidas situándonos en instancias europeas. El aparato, de riguroso luto, como las viudas, ocupó la parte principal del pasillo, el lugar propicio para que no hubiera intimidad alguna, un instrumento que sonaba como un grillo poniendo en vilo la vida tranquila de un pueblo que se abría a la magia de la modernidad.

El problema era que muy poca gente disponía del instrumento, lo que imposibilitaba que mantuviéramos mucho contacto con los amigos. El teléfono quedaba para uso exclusivo de los adultos, para mensajes importantes, para comunicar decesos, para hablar –se llamaban conferencias- con los que vivían fuera de aquel país paraíso aguileño en donde abundaba la dicha pero en donde escaseaba casi todo.

Muchos, sobre todo a través del cine, conocíamos en qué consistía el teléfono, pero nunca habíamos sentido el placer de oír –cuando llegaba la ocasión- la llamada del abuelo, del tío o del padrino felicitándonos cuando llegaba el cumpleaños, la llamada de los amigos de mi padre dejando recados, la posibilidad de llamar a la emisora local para solicitar un disco dedicado.

El teléfono de mi casa era el 24 y no creo que llegaran a cien los que estaban instalados en aquella ciudad tranquila y sosegada que apenas rebasaba los diez mil habitantes, un pueblo que se despertó de pronto con el timbrazo agudo que anunciaba una nueva era, no obstante, como niños que éramos, a veces nos hacíamos nuestros propios teléfonos con botes de conservas fijos por un hilo o una cuerda. Tuvimos que esperar otra serie de años para que llegara la televisión en blanco y negro, pero la aparición de la bañera, del váter de asiento y el teléfono, fueron, a mi juicio y recuerdo, los hechos más decisivos de aquel tiempo ido.

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