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Artículo de opinión: “Cuando nos llega la calma”

03-01

Por Juan Fernández
A mi buen amigo Felipe López García, funcionario del Excmo. Ayuntamiento de Águilas, recientemente jubilado.

Entre los ejemplares del periódico LA ACTUALIDAD que me envía mi hija desde Águilas y que voy leyendo con retraso -en el de fecha 13 de noviembre de 2015, he podido leer la importante noticia del recibimiento y agasajo que nuestra alcaldesa, Mari Carmen Moreno, ha dispensado a los funcionarios del Ayuntamiento recientemente jubilados, en agradecimiento a los servicios que éstos han prestados en la institución, durante su larga vida laboral.

En primer lugar, como aguileño agradecido unido a mis paisanos, me halaga resaltar el hecho que tanto honra a nuestra alcaldesa, que con ese gesto de civismo y buen hacer, ha sabido elevar el rango de la institución que preside, al mismo tiempo que ensalza el generoso estímulo del trabajo, que tanto bien representa para los que durante su vida laboral, dieron a los demás el preciado patrimonio que poseían, su trabajo.
Aunque todos los paisanos jubilados me merecen el mayor respeto, la proximidad de amistad que me une a Felipe López García me obliga a señalar que hasta donde le conozco, Felipe es para mí un hombre de honor, de gran talento y fina psicología, cuyas dotes, unidas a su amabilidad y simpatía, le convierten en el excelente profesional y buen comunicador que conocimos los aguileños durante el desarrollo de sus magistrales funciones en nuestro Ayuntamiento. Pero además de eso, si recurrimos al socorrido refranero español, en el caso de Felipe, cabría el dicho popular que nos dice aquello, “que de raza le viene al galgo”. Felipe López García es el heredero de aquellos “López” fundadores del que fuera históricamente conocido por las generaciones pretéritas,como el mejor establecimiento de ultramarinos que hubo en Águilas: “La tienda de Juan López”, ubicada entre la calle Floridablanca y la de Onésimo Redondo (hoy Antonio Manzanera), junto a la Botica de Antonio y su ayudante (mi buen amigo Manolo Cañas) haciendo esquina frente a la que es hoy la peluquería del “Maestro Pericales”. Todavía conservo en la memoria, la secuencia visual de aquel emblemático establecimiento, con sus puertas abiertas de par en par, colgando sobre ellas los enormes bacalaos pescados en las templadas aguas del golfo de Méjico, frente a las costas de Terranova; las botas de sardinas que habían expuestas en las estanterías, entre las ristras de ajos y pimientos secos, mezcladas con toda clase de legumbres y latas de conservas, conformaban la colorida serpentina que embellecía el establecimiento; las sardinas de bota las embotaba el Zana en el saladero que regentaba frente a nuestra antigua pescadería.
Merece resaltar, para que quede constancia en la historia de nuestro pueblo, que por su calidad profesional y humana, Felipe López García merece ser recordado en el tiempo, como uno más de nuestros clásicos aguileños.
Después de todo esto, como parte que soy de la historia, ofrezco mi modesta reflexión sobre la vejez: Ahora que con suerte hemos logrado superar la etapa de la vida hasta encontrarnos frente a frente con la vejez; cuando el paso de los años agudiza nuestra sensibilidad y sentimos la necesidad de encontrar la respuesta a ese misterioso enigma de la naturaleza que sin reparar en nada dispone a su antojo de los seres vivos de la tierra, permitiendo su llegada a este mundo sin pedirlo para luego salir de él sin desearlo. La observación de los años y la incertidumbre que nos rodea, nos inducen a buscar en el balance de nuestra experiencia, los efectos positivos de los años de nuestra lejana juventud, que reforzados en aquel lejano tiempo por la inercia vigorosa de nuestra salud, nos permitieron dejar aparcada en el olvido la realidad de nuestra frágil supervivencia, que a estas alturas de la vida, precisamos renovar para contener el desánimo de nuestra espera incierta.
Nosotros: los que vagamos juntos a través del tiempo rodando en el torbellino de la vida, por donde caminamos el largo trecho que iniciamos en los años de nuestra juventud y culminamos en nuestra vejez; los que abordamos nuestra andadura siguiendo los impulsos de nuestros sentimientos, sobrepasando con ellos los obstáculos y la fatiga que nos exigió el duro esfuerzo dejando en el camino los jirones de nuestra anatomía, conscientes de la proximidad del fin, cuando creíamos haber recobrado la calma, comprobamos que durante el paso de las horas de la noche la incertidumbre de los misterios de la vida nos somete a la vigilia del sueño, dejándonos en “blanco” la mayor parte de la madrugada;en esas horas que parecen tener más minutos que las demás, permanecemos inmóviles, absortos en muda contemplación, creyendo ver en el reflejo de nuestra ignorancia, las obras de la imaginación que tienen siempre algún punto de contacto con la realidad de nuestros recuerdos. Es entonces, cuando nuestro recogimiento melancólico se relaja, y hace llegar hasta el laberinto de nuestras emociones, las revelaciones del pasado que nos conmueven de emoción.
Parece razonable, que para mitigar nuestra melancolía y seguir viviendo ilusionados, tengamos que refugiarnos en los impulsos de nuestros sentidos, como parte de esa obra creadora del universo al que estamos ligados por el Creador, desterrando de nuestra imaginación la atonía de la incertidumbre sobre el misterio que nos rodea, que nos ha de llevar a quedar varados sobre el espejismo de la frágil ensenada de nuestra vida.
Moderado el curso de nuestra andadura, también nos interesa fomentar las funciones positivas de nuestra sensibilidad y nuestra esperanza, -que debemos conservar incólumes- apoyadas por la ilusión, la experiencia y el valioso tesoro de nuestros principios básicos de convivencia (la honradez, la amistad y el amor al prójimo), sin olvidar el generoso estímulo del trabajo con el que hemos tenido la oportunidad de contribuir a la importante obra de esta sociedad humana de la que todavía formamos parte.
Lograr una buena convivencia es primordial en las relaciones humanas. La discrepancia nos aleja del entendimiento. Sólo el conocimiento y el respeto mutuo nos permitirán disfrutar de ese estado de intimidad que nos une por la “amistad”, que yo defino como “el noble sentimiento que nace de la verdad, cuando en el entendimiento existe sinceridad”.
En cualquier caso, toda suposición filosófica difiere de la realidad. Lo que prima en esta sociedad decadente es la imperiosa necesidad que nos obliga a velar por nuestra supervivencia que, a la vez, nos lleva hasta la codicia inherente en la condición humana, que nos condiciona y nos obliga a discrepar, y sin reparar en el respeto que todos nos debemos, nos hace olvidar la diferencia entre el bien y el mal, y en la exigua temporalidad de nuestra existencia en este mundo.
Así habla hoy este aguileño, que un día encontró en un hombre de honor como tú, el afecto y la amistad de un entrañable amigo.

Alicante, a 10 de febrero del 2016

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