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EDICIÓN: Águilas | Lorca

EL TIEMPO: Águilas | Lorca

Del Whatsapp y otros demonios

El filme “El día de la Bestia” me invitó a reflexionar, años ha, al igual que a muchos cinéfilos, acerca del bien y del mal. El protagonista de esa película andaba frenético buscando ese “algo diabólico” que amenazaba a la especie humana que, finalmente, se hallaba delante de sus narices.

No sé si existe Dios, y de hacerlo, en qué lugar se esconde ni cómo se manifiesta pero si las masas creen en él, como dice el dicho “cuando el río suena…”. La existencia de ese ser superior y bondadoso -e incluso piadoso- se supone que ha sido el creador de todo cuanto nos rodea.
Así, presumiendo la existencia del Altísimo, cabe entrar en la certeza de que el Demonio también anda pululando no se sabe bien por donde haciendo de las suyas. Si un día, hace ya miles de años, Dios creó la Tierra y sus habitantes, el Demonio no podía ser menos. Y haciendo alarde de su poder -si no de quién habremos de defendernos- también crea y hace, como es debido, sus inventos.
La irrupción de las nuevas tecnologías, cada día más sofisticadas, supongo que nos ha superado. Lo que creímos un día un regalo del cielo se ha vuelto contra nosotros.
Daría mucho de sí esta reflexión si me metiera con todos y cada uno de los mecanismos que, a mi juicio, nos entorpecen la existencia -encima bajo la falsa creencia de que nos facilita todo- así que me centraré en el que más me endemonia, valga la redundancia: el whatsapp.
Empezó siendo, imagino, una puerta inmensa hacia la comunicación, una colosal idea mediante la cual la vida se nos iba a hacer un poquito más fácil. Podías hablar con cualquier persona en cualquier momento, incluso saber si le había llegado tu mensaje. La gratuidad del invento no lo hizo sino más atractivo. La gente empezó a usarlo ya para conversar, para “ahorrarse” esa pérdida de tiempo que supone hacer la típica llamada de ponerse al día. El caso es que en ese punto perdimos el norte porque ya no había que tener al corriente de nada a nadie porque cada día, a cada minuto, andabas informando de cada paso que dabas, haciendo cómplice y espectador -no invitado por los demás personajes de tu historia- de tu vida en directo.
De este modo nos convertimos en esclavos de lo que se suponía que era el invento del siglo. Cabezas agachadas pasando por pasos de peatones en rojo sin mirar, reuniones de café sin conversación y horas “dale que te pego” hablando de cualquier cosa, invirtiendo un tiempo irrecuperable ganando a cambio un molesto dolor de cuello y una adicción nueva y permitida que fomenta, por otro lado, otros vicios menos recomendables. Contemos la cantidad de humo de tabaco que sale de las esquinas del aparato del futuro.
Ahondando más en la materia, si profundizamos en lo que puede llegar a ocasionar en las relaciones, ya no humanas, sino sentimentales, apaga y vámonos. Faltaba que Satán se “reseteara” y actualizara “estado”con las rayitas azules fomentando aún más el nerviosismo.
Y es que el whatsapp no solo crea estados de ansiedad y momentos de angustia sino que enfrenta a seres humanos -a veces olvidamos que detrás del teléfono hay una persona- en una lucha constante-más bien batalla campal o “tira y afloja”- porque queremos escribir y que nos respondan ipso facto, que dejen lo que están haciendo para emprender una conversación por más baladí que resulte.
Sí, Satán sabía lo que se hacía. Ha tenido su paciencia y ha creado un ejército de esclavos que viven por y para el móvil, ha logrado colarse en nuestros puestos de trabajo, en los salones de nuestras casas e incluso en las alcobas, en la intimidad de nuestras camas.
No puedo hacer otra cosa que alabar su inteligencia. Es el enemigo que nos da agua cuando tenemos sed y nos cura las heridas superficiales si estamos heridos. Pero… ¿mientras que?, ¿cómo vivimos?.
Pues malvivimos, señores, así de claro, creemos que hemos hecho algo, que nos hemos comunicado y pasado un buen rato con un amigo, con un amante… y lo que hemos conseguido es perder la oportunidad de usar los métodos sutiles y de gozo que producen la mirada, el tacto, la caricia, la risa.
No me convence un “muack”, un corazón pintado que palpita mecánicamente o una frase bonita -a menudo cogida del Facebook, que esa es otra, porque antes buscábamos las citas en los libros- equivale a un beso de despedida o a un abrazo de reencuentro. Me ha impactado ver, en un concierto de Sabina, a la gente fuera de sí grabando y mandando mensajes a unos y a otros. Sí, ha quedado constancia en tu círculo de que has estado allí, y en primera fila pero… ¿te has enterado de algo?. Porque que yo sepa, mientras grabas o escribes, te estás perdiendo lo que estás contando que estás viendo.
Es la inmediatez del sistema lo que me aterroriza. Mientras estás inmerso no eres consciente de que estás solo, de que nadie te está acariciando la mano ni besándote la frente. Estás perdiendo el tiempo y éste, desgraciadamente, ni perdona ni olvida, pasa, y una vez transcurrido no hay nada que lo sostenga.
Sigamos así, congéneres, para más adelante sentarnos ante nuestros hijos y decirles que la vida pasa en un suspiro. Sí, habremos de cambiar el discurso de nuestros abuelos e inventar un término que defina este suspiro de letras y malas intenciones porque que se atreva a tirar la primera piedra aquel que no se ha puesto “en línea” para fastidiar a alguien -con la consiguiente pérdida de tiempo para ambos- o usado estrategias como poner y quitar datos para huir de las rayas azules.
Seamos sensatos y sentémonos un día con un buen vino a conversar, como antaño, digámonos las cosas a la cara y dejemos pasar, entretanto, el tiempo, sobre todo –y más importante- para tener algo que contarnos.

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