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Los periódicos

El periódico llegaba tarde, casi a la hora de comer a Águilas, sobre la una y media o las dos del mediodía. O se trataba de Línea o de La Verdad, mucho más el primero, por estar más cerca del régimen, cuestiones estas que no nos planteábamos porque nadie estaba en la oposición, todos queríamos recuperar Gibraltar a los ingleses y nadie nos inculcaba ideas políticas, salvo en las clases de Educación Política en la Academia Urci. Pero no se garantizaba la llegada del correo todos los días, sea por el retraso del tren, por avería de la máquina o de la Pajarita Azul que conducía Domingo, con el Mudo por los techos, o por contrariedades del destino.
El periódico llegaba a la tienda que Manuel Gris, el abuelo de Dani de la calle Aranda, tenía en la Glorieta, cerca de la Sociedad de Cazadores, junto al Ayuntamiento, al lado mismo de la confitería de Enrique, pero al poco tiempo se desplazó a la parte contraria, al lado mismo de la iglesia, en una pequeña dependencia en donde se acumulaban los tebeos del Capitán Trueno, pero sobre todo los de Roberto Alcázar y Pedrín que eran nuestros héroes preferidos en aquellos días en los que empezábamos a leer los primeros títulos de la colección Pulga, compuesta por una serie de títulos en donde se podía leer, aunque en versión reducida, Guerra y Paz o la primera biografía del maestro Cela. Eran pequeños libros de octavo, con encuadernación precaria, pero en donde nos informábamos de célebres músicos de las épocas clásicas, famosos pianistas, bailarines de todas las marcas y países, unos pequeños libros de cultura general que ya valían el duro completo, cinco pesetas, lo que dificultaba que pudiéramos hacernos con todos los números. Lo corriente y moliente es que el que comprara el librito comenzara a leerlo allí mismo, en el banco de la Glorieta, ante un público expectante que, como en la Edad Media, practicaba la lectura colectiva con asiduidad, mucho más si caía en sus manos una revista con una mujer desnuda, entonces se guardaba en secreto como oro en paño y servía para adiestrar a varias generaciones de aguileños que crecían ayunos de instrucción sexual, a expensas del hermano mayor, del amigo de turno.
Pero tal circunstancia, la de la lectura oral en el ágora de la plaza, motivaba la subsiguiente rabieta de Manuel Gris, el propietario del establecimiento, quien agarraba furibundos enfados cada vez que veía que un libro abastecía la curiosidad de varios lectores, apretujados en los bancos, al lado de las palomas. Alto y magro, impulsivo y jadeante, generaba una serie de sonidos o palabras que no podíamos entender, pero que intuíamos. Y más fuerte era el disgusto, con gestos nerviosos y trabalenguas, cada vez que alguien desplegaba La hoja del Lunes, publicada por la Asociación de la Prensa, con los resultados de la Liga , las clasificaciones de las distintas divisiones, las crónicas de los partidos, sobre todo las del Águilas, lo que provocaba aspavientos, giros inexplicables de Manolo Gris, un manojo de nervios, al que Anica, su mujer, más templada, trataba de aplacar cada vez que comenzaba el molinete de gestos o la batalla de los sonidos sin articular por el enfado. Cada vez que se acumulaba un grupo de hombres en torno a un periódico se montaba la tormenta y aumentaba la cólera de Manolo, un verdadero trotamundos ágil pues debía en poco tiempo escalar escaleras, subir pisos, dejar en algunos buzones el periódico, entregarlo en la biblioteca del Casino para que fuera devorado por los socios que no jugaban al dominó, siguiendo su propio criterio, sin un horario específico, lo que suponía a veces recibir el periódico por la tarde, cuando ya las noticias había caducado, aunque también era frecuente leer el periódico con un par de días de retraso. No había prisas en aquellos días de calma chicha, cuando no sucedía nada, no había cambios de ministros, partidos políticos y todos los sindicatos eran radicalmente verticales.
Manolo era el encargado de llevar los periódicos a las casas, quien repartía en cada domicilio el periódico que servía sobre todo después de comer. Los periódicos tenían el formato mucho más grande y voluminoso que ahora y, siendo auténticas sábanas, servían para cubrir los rostros abotargados de los durmientes, ocultos bajo las páginas que de tiempo en tiempo soltaban tinta fresca y dejaban manchurrones en brazos y caras. Manolo, siguiendo la tradición de trasmitir los nombres de padres a hijos, tenía en la tienda, al lado de Anica, a su hijo Manolo quien sería el encargado de sucederle más tarde. Manolo hijo, ancho y recio, al contrario de su padre, había heredado la calma de la madre y acogía con mejor fervor aquellas peloteras de pandillas desocupadas y ociosas que esperaban de los diarios y de las publicaciones los afanes que nunca colmaban sus ansias pero que procedían de fuera del reducido microcosmos aguileño.

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