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JOSÉ MATRÁN, GENIO DE LA FOTOGRAFÍA

Por Ramón Jiménez Madrid

Me pone en vilo una llamada inesperada desde Cáceres en un día ordinario, en medio de esas oleadas de papeles, visitas y correos electrónicos que forman parte de la vida ordinaria. “Que le ponen una sala a mi suegro en la Casa de la Cultura de Águilas, que me gustaría verte por allí el jueves santo, que nos juntaremos cien Matranes en la inauguración, que no faltes, te mando las invitaciones por correo, dos, para que vaya también tu mujer o quien ti quieras” y otras serie de manifestaciones amistosas de quien desde la distancia sabe que me interesa el asunto.
Un asunto –el del pequeño Museo- que colea de tiempo atrás, desde tiempos lejanos, desde que el viejo Don José decidiera, en lugar de emprender el vuelo hacia las cumbres artísticas, como siempre instaladas en los focos tradicionales, quedarse atado y bien atado al duro banco pueblerino, que es tanto como decir en materia pictórica, en la cárcel del olvido. Puede que Ud no sepa quién sea don José Matrán, si es fuera, pero he de decirle que fue un extraordinario dibujante con plumilla, lápiz, ocasionalmente en óleo, que cosechó importantes premios, galardones y otras consideraciones que no sirvieron sino para concederle un efímero prestigio que se fue menguando, tal como el tiempo fue enterrando sus creaciones, tal como fueron divididas las muchas piezas de un puzzle que ahora, por desprendimiento de tan ramificada familia, se juntan casi en su totalidad.
Luego, más tarde, como siempre ocurre, vino la sombra, el reparto de los bienes del que había tenido que alimentar –y de ahí el empeño de aferrarse a su Águilas natal- a su numerosa prole como fotógrafo, con estudio puesto. El hecho de ser un verdadero patriarca- creo que tuvo doce preciosos retoños, pero hubieran podido ser el doble dada su condición bíblica-, le impidió coger los bártulos, colgarse la mochila y buscar, como hacen todos los que aspiran a la fama, aquellos lugares –generalmente Madrid, París, Londres- en donde se cuece el futuro de los artistas. Don José se conformó con permanecer en el pueblo, como digo, viviendo de hacernos retratos de estudio a los numerosos niños que a los siete años recibíamos la comunión (por cierto, aunque habrá más de mil, yo cedería gustosa la mía si bien lo estiman), fotografiando aquellas escenas idílicas en donde los novios, tras años de espera, soñaban con la noche de boda habiendo entregado antes la sonrisa de la rendición, recogiendo las arrugas de aquellos que deseaban perpetuarse a través del papel sepia del franquismo sombrío.
Pero no, lo presiento, no debía don José llorar por la pérdida de su gloria. Yo me lo imagino, fino, discreto, temeroso y prudente como era, de suaves maneras, entregándose a su pasión oculta, a ese oficio tan digno de, sobre todo, pintar viejos lobos de mar, ovejas recién paridas, rostros de dulces maternidades, subiendo al altar de la iglesia o al cielo los rubios cabellos de sus nietos –convertidos en ángeles-, rasgando con su genialidad el papel blanco. Un dibujo que nada le tiene que envidiar a las de las grandes celebridades y pienso que no me dejo llevar por mi ya vieja pasión aguileña. Tras haber visto no pocas exposiciones, aseguro –y muy pronto lo podrán comprobar si viajan a Águilas- que se trata de un alma dotada para el dibujo, meticuloso y tierno, real como la vida misma. Con un tratamiento de la realidad que asombra aún hoy en nuestros días, con una nota de firmeza increíble, con un trazo potente. Un artista que merecía ese pequeño espacio, incluso tanto o más que las ocasionales exposiciones que se han hecho en Madrid a fin de reivindicar una figura que todavía no ha recuperado los enteros que algún día, alguien, pertrechado de cultura artística, sabrá otorgarle.
Recuerdo a don José, ya mayor, en los años sesenta. Me disponía a partir al extranjero a pasar una larga temporada, algunos días al lado de una hija suya que, casada con un buen republicano, vivía en el exilio. Don José siempre había sido amigo de mi abuelo Máximo, otro patriarca bíblico que contribuyó como el artista -¿o eran unos artistas los dos?- a repoblar con fervor su ciudad natal. Me recibió don José con la elegancia que le caracterizaba, con su voz ya quebrada, en una pequeña habitación en donde exhibía sus originales dibujos, aquellos por los que había recibido la Medalla de Oro de la Feria de Sevilla, en donde se podía ver reproducido en papel el telegrama que le comunicaba tan dichoso acontecimiento, la cara del rey Alfonso XIII al que él pintó, algunas maternidades que me recordaban los cuadros primeros del primer Picasso. Recuerdo todavía su rictus de tristeza porque yo podría ver a su hija y nietos que tan lejos vivían mientras él, otra vez más, permanecía en casa.
Tras su muerte, le pedí a su hijo Roberto seis reproducciones que fueron ocupando lugar preferente en mi casa. Los he contemplado durante más de cuarenta años, aun sabiendo su escaso valor y su lejanía del mercado de arte. No sé si ahora, con la apertura de la Sala o Museo José Matrán, se podrá revalorizar su figura como artista, seguro estoy sin embargo que se podrá ver en plena autenticidad el rostro noble del arte en sus retratos.

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