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Fulgores pedófilos

Las dos niñas sonríen. Están todavía de lleno en esa edad limpia que se escribe con un solo guarismo, aunque tienen ya la suficiente para alcanzar esa primera plenitud personal de la infancia que se sitúa entre los periodos de transición que arrancan de la primera edad balbuceante, donde todo es aún promesa, o los que conducen a esa otra etapa conflictiva en que la niña y la mujer se pelean, encarnizadamente a veces, por la posesión de un cuerpo.

Estas niñas no. Ya no son bebés o infantes, y, decididamente, aún no han empezado a hacerse mujeres. Están de lleno en el tiempo del juego y el asombro, el de los veranos eternos, el que es capaz de mirar con limpieza, y a veces con lucida penetración, el mentiroso y turbio universo de los adultos. Tienen la edad idónea para atravesar el espejo, como hizo Alicia, y encontrarse aún con el País de las Maravillas.

Van vestidas de niñas, son cómplices evidentes de juegos y miran al frente con aire travieso. Un sutil maquillaje acentúa su aspecto de muñecas que anticipan vagamente a las adultas que serán un día.

El lector sabe ya perfectamente a qué imagen me estoy refiriendo. Ha dado últimamente mucho de que hablar. Mucho y mal.

Se trata de un anuncio de una marca italiana, de sobras conocida, que vende ropa y complementos de diseño.

Pues bien, en un mundo tan convulso como el nuestro, donde las catástrofes naturales e históricas se suceden, donde los valores se diluyen en un pantano nihilista, donde la libertad retrocede cada día un paso, donde el espíritu se adormece y se es cada vez menos “persona” y más “rebaño” (aunque se pongan todos los medios habidos y por haber para convencernos de lo contrario); en un mundo donde padres desnaturalizados pasan a llamarse progenitor A y B, en un mundo donde los poderes públicos están hondamente preocupados por la salud de un asesino en serie, que la ha puesto el mismo en peligro voluntariamente, mientras ignoran y desprecian a sus víctimas inocentes, en ese mundo tan gravemente afectado por males graves, y como uno más de estos, la estupidez, disfrazada de corrección política, se escandaliza por una foto. Por esa foto que me he demorado, amigo lector, en describir.

Se ha producido una avalancha de críticas que hablan de “incitación pedófila al turismo sexual”, basándose en que la parejita retratada no es de raza blanca, y aplicando a la imagen una mirada retorcida, distorsionante. Cabe decir, literalmente, que a los foribundos bienpensantes que se han puesto en marcha “los dedos se les figuran huéspedes”.

Se ha producido la aceptación social del aborto en todo occidente, y particularmente en España. Este hecho fue en su día considerado por Julían Marías como el acontecimiento colectivo más grave del siglo XX. En un mundo donde un tercio de la población no tiene que comer -y esa proporción va en aumento-, donde millones de niños mueren de hambre, son esclavizados en trabajos inhumanos o convertidos en asesinos eficientes por la guerrilla de turno, los bienpensantes de por aqui no encuentran mejor motivo para movilizarse que la foto de marras.
No les niego su derecho a escandalizarse. A fin de cuentas, y como rezan los conocidos y acreditados ripios:
“Nada es verdad ni es mentira
todo depende del color del cristal con que se mira”

Pero eso, “el color del cristal con que se mira”, es lo que me parece inquietante en este grotesco asunto. Por lo que tiene de indicio de una pérdida de perspectivas y de buen juicio por parte de los escandalizados. Por lo que tiene de emergencia de una hipócrita doble moral al estilo imperante en los Estados Unidos, de donde parece provenir esa epidemia de corrección política que nos aflige (que me aflige a mi al menos), y que se traduce no solo en el calvinismo iconoclasta aplicado a determinadas imágenes (solo a determinadas imágenes. Las imágenes blasfemas publicadas recientemente por la Junta de Extremadura son “un legítimo ejercicio de libertad de expresión”), sino en cosas como convertir el piropo y las cortesías tradicionales con la mujer en “indicios de acoso sexual” en el trabajo, o en practicar en la política y el mundo laboral la discriminación femenina positiva. En lo sucesivo, para evitarse problemas, lo mejor será, si se es varón, no ceder el paso a las compañeras de trabajo en el ascensor; y poner cara de palo con la vista al frente, mientras dure el trayecto, para ahorrarse equívocos.

En cuanto a la discriminación positiva, compadezco sinceramente a las mujeres de auténtico mérito y probada valía, que se verán equiparadas por decreto con “mujeres-cuota”, que no les llegarán a la suela del zapato, y que verán de ese modo despreciado y menoscabado su auténtico mérito.

Pero volvamos a la foto del comienzo. El problema esta, como he dicho, no en la foto sino en la mirada. Propongo al lector un sano ejercicio para terminar esta “mirada” mía: que mire con esos ojos que se escandalizan de la foto a obras de arte como la Virgen, el Niño y Santa Ana de Leonardo, o incluso la mismísima Gioconda, por no hablar de los querubines de Salzillo. Encontrara un universo de malicia y vicio soterrado en esos seres andróginos en esos niños, serios y adultos de abandonadas y mórbidas carnes. Si luego le viene a la mente aquel anuncio de hace algunos años de una crema bronceadora, con la niña y el perrito mordiendo el bañador, se pondrá en marcha, transido de justa cólera, para llevar al publicista responsable a la cárcel……

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