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Viejas glorias

Casi todos los años se celebraba en el viejo campo de fútbol de El Rubial, entonces no tan vetusto, el partido de las viejas glorias, ocasión que siempre me sirvió para ver en activo a mi padre, el Mimo, pues apenas lo pude disfrutar cuando, según cuenta la larga leyenda, jugaba como pelotero de delantero centro reclamado por el Hércules de Alicante, el Betis de Sevilla, el mismo Murcia, a quien por cierto mi abuelo Máximo, que no le concedía tregua en su animadversión al balompié, llegó a pagar 125.000 pesetas por la libertad cuando antes le había pagado 100.000 por la ficha, suculento contrato que no se llegó a suscribir y que nos hubiera librado de algunas servidumbres que siempre ocurren en las familias numerosas.
De él siempre me decían maravillas todas las gentes hasta acomplejarme años más tarde, cuando vestía con entusiasmo la camisola blanquiazul. Unos decían que le pegaba con la derecha con dureza con tiros secos y broncos, que si destrozaba a los porteros con la potente izquierda -Juan Casuco, el portero gaudiano, me llegó a confesar que sentía miedo cuando lo tenía delante- y lanzaba desde todas las posiciones fueran o no inverosímiles, por lo que yo, como nadie me decía nada de espectaculares remates de cabeza, hube de deducir que no era su mejor argumento en un terreno de juego por el que no tenía excesiva afición.
Y todo el mundo, con machacona insistencia, decía que podía haber hecho lo que hubiera querido si se lo hubiera propuesto, si le hubiera gustado la preparación física, si hubiera entrenado cuatro veces a la semana, si no le hubiera gustado tanto sentarse los domingos ante el tapete verde del Casino, en partidas con el Paco el de la Bomba, el Catalán, o con Cristóbal Ruiz, del Banco Central, y si hubiera tenido pasión por un deporte para el que al parecer estaba singularmente dotado, tal como decían voces de toda clase y condición. Durante mi vida he tenido que soportar comparaciones con el juego de mi padre y siempre me sabía derrotado de antemano: él siempre tuvo admiradores, entusiastas, corte, gente que recordara tal gol en tal partido, tal remate a la escuadra en no sé qué estadio, tal volea en aquel otro y siempre había en dichos partidos gente esperando que soltara el cañonazo, que largara un pepinazo que hiciera inútil la estirada del portero. Parecía como si estuviera ausente del partido, pero cuando llegaba la ocasión, se recordaba. He vivido muchos años dando vueltas al mito y el mito lo tenía en casa. Había gente como el Polonio que le llamaba El Rey, antes de que apareciera Pelé- y otros aguileños lo consideraban su ídolo, tal como hoy resulta al considerar a Messi o Ronaldo.
Pero si dejamos la parte afectiva, cara al corazón y al recuerdo, he de evocar asimismo la imagen aquella en donde hay otros hombres, algunos de ellos bien obesos, que para pasar un rato agradable o por cualquier causa benéfica, accedían, cuando había rebasado los cincuenta y los setenta a darle patadas al cuero durante una hora larga o dos si fueran necesario. Y echo la mano al recuerdo y me salen de golpe los dos Larrosas que formaban parte de un equipo que había renqueado, más que viajado, treinta años atrás en pesadas camionetas, en coches particulares para llegar a campos abandonados, a estadios sin graderío. Y me acuerdo de Pepe Benítez, el más joven de ellos, quien peleó por la banda derecha, como Basora, imitando los quiebros y quiebros al defensa. Y me acuerdo mucho de Ramón Ayala, el Loco, cuando estaba en activo y don Vicente Bayona, desde la banda, le enseñaba un billete de duro que le daba si marcaba un gol, y Ramón, extremo izquierda, se lanzaba alucinado hacia las redes enemigas bajo el entusiasmo de la peña de Los Meaos. Y su sonrisa de satisfacción cuando recogía el premio del odontólogo en la banda y el aplauso de la grada.
Y me acuerdo, viendo las antiguas fotografías que me dejó mi padre a Juan el Mané y a Rafael López que jugaba, tal como se hacía en la antigua usanza, de tercer medio, y no aparecían, cosa que me extraña, los muchos Buitragos que han poblado el recinto deportivo de El Rubial. Recuerdo aquellas simpáticas pachangas de los tiempos gloriosos, las sonrisas que se desprendían de los rostros, los aplausos encendidos que se desataban cuando algunos de ellos resucitaban viejas jugadas, los gritos enfervorizados de los que asistían a tan jugosos partidos.

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