Perritos, hamburguesas, bollería, refrescos… Fueron bautizados como comida basura; pero ¿realmente lo son? Hay quien afirma que las cantidades elevadas de grasa y azúcar de estos alimentos provocan adicción. Al otro lado de la polémica, están quienes dicen que no existe la comida basura, sino las dietas basura; es decir, malas mezclas y malos hábitos alimenticios.
Al margen de estas cuestiones, los productos de fast food se pueden clasificar en dos grupos: los de influencia y características anglosajonas, como hamburguesas, salchichas y patatas fritas acompañadas de salsas diversas (mayonesa, mostaza, ketchup…), y los de procedencia mediterránea: pizzas, bocadillos y tapas. Todos ellos tienen en común una elevada densidad energética debido a su alto contenido en grasa (en especial grasa saturada y colesterol) e hidratos de carbono (pan, pita, base de pizza, tortitas…).
Y si bien es cierto que aportan proteínas de calidad, se quedan cortos de fibra, vitaminas y minerales, excepto en sodio (sal). No hay que olvidar que el número de calorías que ingerimos aumenta si la comida se acompaña de patatas fritas, bollería y refresco.
El consumo de este tipo de comida no supone inconveniente alguno para la salud siempre que no se convierta en un hábito.
En general, estos productos contienen más sal que los que se preparan en casa.
Además, para conseguir el aspecto deseado en cuanto a color, olor, sabor y textura llevan añadidos conservantes, colorantes, antiapelmazantes, estabilizantes, etc. Por otro lado, estos platos suelen incluir condimentos fuertes o aditivos que potencian el sabor y que estimulan el apetito y, con el tiempo, alteran la percepción del sentido del gusto e, incluso, crean hábito.
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