Periódico con noticias locales de Águilas, Lorca y Puerto Lumbreras

Tradiciones desfasadas

Un columnista que suele airear sus opiniones en la prensa más ultramontana, famoso él por los cargos institucionales que ha desempeñado, se descarga con que la ministra Chacón, por su iniciativa de suprimir las misas en los actos oficiales del ejército, “busca problemas donde no los hay”. Pero con lo mayorcito que es, y lo “granao” que está, debiera saber que, en todo, siempre hay una primera vez. Y en este caso, el escalón más alto, una mujer, para colmo, de un Ministerio siempre llamado a ser dirigido por hombres, es la que da el paso que sus antecesores no se atrevieron.
Pero es que eso de los problemas tiene su aquel, que diría el otro. No los hay porque siempre han cedido los mismos, aquellos que optaron por callar, condescendiente o temerosamente, en evitación de tensiones; adaptándose a todo. Y ahora, cuando son otros los que tienen que transigir y debieran adaptarse a la legalidad vigente, se acusa de crear problemas a los mismos que siempre cedieron; era, es, la postura más fácil y cómoda. Y como único argumento exponen la tradición. O sea, que para este articulista de textos de opinión ya fue la Constitución Española de 1978 la que comenzó a crear problemas y a cargarse tradiciones; en su laxitud, ya avisaba la llamada ley de leyes de que España era, es, un Estado aconfesional y que ninguna confesión tiene carácter estatal, estando los poderes públicos obligados a respetar las creencias religiosas de la sociedad española. Y no puedo creer que este importante opinador continúe viviendo en el país de Alicia, convencido de que siguen en vigor leyes, fueros y principios que la Carta Magna derogó.
Quienes nunca cedieron arguyen y preguntan -tanto con esto del misa como con los crucifijos y demás alegorías de similares connotaciones- que a quién le estorba o molesta un símbolo religioso. Y, aun aceptando que habrá quienes, no teniendo ningún tipo de creencias, digan no sentirse molestos (siempre los mismos), también se puede exponer el discurso contrario: ¿puede la ausencia de esa iconografía religiosa crear algún desasosiego u orfandad espiritual a quienes viven amparados o refugiados en su particular creencia?. Pues eso, que si se argumenta que el símbolo no daña a nadie, también habrá de de aceptarse que a nadie debe molestar su ausencia. Lo contrario es mantener un problema o animar un enfrentamiento donde no debiera haberlo.
Las sociedades que han permanecido cerradas durante mucho tiempo llevan ya un más que considerable recorrido de apertura, pluralidad racial y, en definitiva, de un cosmopolitismo que no acaba de ser aceptado. En nuestro caso ya no es una, pese a que últimamente han aflorado conductas que nos hacen pensar que era verdad aquello de que todo quedó atado y bien atado. Las normas generales -y no se entienda relación alguna con la alta graduación militar- son de obligado cumplimiento colectivo; y cada grupo, sector, partido político, congregación o confederación de congregaciones, aun teniendo las suyas, sus bases particulares, en las que en absoluto nadie ha de inmiscuirse si se desenvuelvan en el marco constitucional, ha de aprender a convivir con los demás.
Y no es de recibo el argumento de la tradición. Son muchas las costumbres que el paso del tiempo ha empaquetado con naftalina o han quedado desfasadas y convertidas en impropias del siglo XXI.
Los casamientos en breve, costumbre antonomástica, ya no se llevan. Tampoco es un acto ancestral digno de conservar el festejo (¿) de arrojar un burro desde lo alto de un campanario; no deja de ser algo impropio de los días que corren. La tradición de curarse la gripe, o un respetable resfriado, a base de leche caliente, coñac (ahora brandy), una buena manta y a sudar ya no es compatible con los avances de la medicina. Y hasta los curas con sotana han dejado de ser una estampa tradicional al haberse convertido en una especie en extinción.
Hay tradiciones que ya no se sostienen. Y menos si van contra algo, contra el respeto constitucional, por ejemplo, o hiriendo la sensibilidad de quienes ya no tienen por qué callarse y seguir cediendo.

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