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José María Jareño

Por Ramón Jiménez Madrid
Suele pasar que sea mi madre o algún otro familiar los que me den cuenta, cuando hablamos por teléfono y no menudean las grandes noticias, de las altas y bajas que se producen en el pueblo en mi ausencia, una estadística que se lleva de modo puntual y solemne. Y las hay que golpean con dureza como aquellas otras en las que cuesta identificar al difunto al que no puedo ponerle rostro. Con José María Jareño ocurre lo primero, porque me basta cerrar los ojos para verlo correr todavía, recubierto de papeles, periódicos o plásticos en los entrenamientos a fin de propiciar la pérdida de peso dada su excesiva tendencia a la obesidad. Y también lo veíamos, impreso en el recuerdo, llegada la tarde, en su bicicleta deportiva, camino de las playas lejanas, con la esperanza siempre de rebajar ese volumen poderoso que le hacía convertirse en el terreno de juego en toda una fortaleza difícil de atacar, casi inexpugnable. Y lo veíamos por la mañana, cuando éramos niños, en el Banco Central, con su sonrisa irónica, como un roble ennoblecido, a la espera de que los efectos bancarios dejaran paso a los deportivos. Todo un mito de nuestra infancia.
José María Jareño, el defensa central, era nuestro ídolo de juventud en aquellos últimos de los cincuenta y primero de los sesenta. Era la figura consagrada en una defensa fuerte y poderosa que concedía pocas licencias a los delanteros del Madrigueras, a los extremos del Eldense o a los medios del Novelda o a los canteranos del Imperial o los de la Guardia de Franco, que por todas partes lucían estrellas. Tampoco los de la Roda contaban con sus licencias para batir a un Águilas con que se barajaba estupendamente con el interior Perito, con el lateral izquierda Gómez, con la rapidez de Pedro Segovia o la habilidad de Alfonso Cegarra o la habilidad de Melenchón, más tarde reforzado con la juventud hellinera de Antonio Cabezas, con el pelo pararayos que se estilaba entonces. Pero yo siempre, aun jugando de delantero centro, sentía preferencia y debilidad por José María, un junco alto y fuerte que no se dejaba rebasar fácilmente, fuera porque contaba con dos poderosas columnas por piernas o porque sacaba con facilidad la barriga para achicar los espacios del contrario cuando se formaba lío en el área. Hábil y con picardía para defender su parcela con una asombrosa calma o flema, un jugador siempre tranquilo que jamás perdía el ánimo, como si el fútbol fuera un juego en donde él se divertía, a veces guiñando el ojo, a veces con la pequeña ingeniosidad para paralizar al adversario, con el talento de quien se ha forjado en los duros y ásperos campos de la tercera división. Decían las malas lenguas que en campo contrario se le desbordaba por su lentitud, pero nosotros le profesábamos devoción sincera siempre.
Y contó con una tremenda y fuerte pegada al balón que nos hacía a nosotros, sentados en la grada, acompañarle para que el balón, desde una portería, llegara a la otra. El era el encargado de efectuar los saques, de lanzar la dura falta a la portería de aquel Lorca de los Embarres, de Agustín Aragón, y de todos aquellos que nos amargaron la existencia en las plácidas tardes de domingo en el Rubial. Siempre temíamos que Jareño, el alto y fuerte baluarte de nuestra defensa, el temido ejemplar de la prístina cantera aguileña, se marchara o formara por un club importante, pero año tras año, José María se quedaba en Águilas, a merced de las olas que le gustaban, al avío de la familia que le iba creciendo. Como si el fútbol para él fuera un mero deporte que no significaba mucho en su existencia.
Incluso pasados los años, cuando ya se habían acabado los lances en el terreno de juego y los dos habíamos abandonado el feudo deportivo, tuve la suerte de verle acudir a las sesiones de Mirando al mar, y yo, que le había denominado como el Armario del Fútbol Aguilas Club, abría las puertas de la sonrisa y me preguntaba si pensaba rematar ese día de cabeza o con la izquierda, como Mimo, mi padre, al que admiraba y del que me daba pelos y señales de su potencia con el balón.
He de sumar, desgraciadamente, otro a esa lista de aguileños que se me anticipan en el viaje a la otra ribera. Sabía que andaba averiado José María desde hacía tiempo, que sus fuerzas iban menguando y su flema desapareciendo, que ya no podía tomarse las cosas con la tranquilidad y guasa que usaba en sus tiempos de juventud, que el veneno de la existencia se lo tomaba a grandes tragos, pero nunca deja de sorprenderme que aquellos fuertes árboles hayan sido arrancados por la fuerza del vendaval, que el levante aguileño arrastre materia tan compuesta y noble, que la vida disuelva hasta los mejores recuerdos de infancia.

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