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Dolor, por siempre

La conmemoración de la pasión y muerte de Cristo, pese a que ciña su sentido a unos pasajes bíblicos válidos solamente a la comunidad que sigue las creencias religiosas propagadas por su figura, sin embargo recuerda y parece un eco de esa cotidianeidad en la que cualquiera se encuentra inmerso.

Porque el dolor se ha convertido en el santo y seña de un mundo convulso donde su protagonismo es tan patente, que ha llegado a trivializarse y su aceptación es casi insultante, para el que sufre, claro, pues parece como si fuera incluso algo natural, en ciertos casos, en otros, una cuestión de “suerte”, y en la mayoría, ni siquiera se cuestiona. ¿Para qué? “No se puede hacer nada”.

Es un discurso vano por repetitivo. Es baldío por ausencia de argumentos que justifiquen el daño de unos en pos del beneficio de otros. Es un sufrimiento que se cumple día a día, sin necesidad de conmemoraciones, pues es sí mismo constituye su propia efemérides. Es su imagen viva.

Creer o no creer es aquí innecesario, la fe se vuelve inútil. Se trata de la realidad. Una absurda realidad, quizás, para quienes, eternamente, la confunden.

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