Periódico con noticias locales de Águilas, Lorca y Puerto Lumbreras

Meditación religiosa para agnósticos

¡Qué grande eres mi Dios!, Eres tan grande
que no eres sino idea, es muy angosta
la realidad por mucho que se expande
para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si tu existieras
existiría yo también de veras.
(Miguel de Unamuno. La oración del ateo)

El tiempo sagrado del cristianismo es una espiral que sobrevuela, año a año, siglo a siglo, milenio a milenio, un círculo temporal mítico centrado en la figura de Cristo. Estamos estos días- el día en que este texto se está escribiendo: hoy, Viernes Santo- rememorando el acontecimiento central en ese tiempo sagrado circular: la Pasión y muerte de Cristo.

Por toda España, en pueblos perdidos tanto como en las más activas y dinámicas capitales, procesiones más o menos nutridas, más o menos aderezadas con barrocas escenografías ambulantes de la Pasión llevadas con las fuerzas del brazo y del corazón por costaleros voluntariosos, más o menos secundadas por penitentes encapuchados portando cirios, espectrales llamas de un fuego del espíritu ellos mismos, más o menos acompañadas por enlutadas y altivas damas de velo y peineta, desiguales en la forma, idénticas en el fondo; en todas partes las procesiones recorren las calles.

Son un pasional y apasionado anacronismo del que siempre pueden esperarse milagros, como en el emotivo cuento de Miguel Delibes, invadiendo las calles y las plazas, imponiendo con su solemnidad y su pompa una irrupción de ese tiempo mítico en el espacio profano de lo cotidiano.

Seamos o no católicos de nacimiento, seamos o no creyentes o practicantes, para los que aquí vivimos el encuentro con la religión es en estas fechas ineludible.

Hay una primera dimensión de lo religioso que nos sale al paso con elocuencia máxima: la dimensión estética de la liturgia y el ritual católicos. Son de una belleza tan desbordante que sobrecogen el corazón de las personas con sensibilidad artística, aunque no sean creyentes, aunque se declaren ateas, siempre que no estén poseídas por un prejuicio ideológico anticristiano.

Bien lo he podido ver en personas no creyentes próximas a mi, que me confesaron su emoción al asistir al esplendor procesional de la Pasión sevillana. Yo mismo la he vivido también con menores fastos, me he sentido también emocionado y conmovido con las sobrias, desnudas, humildes procesiones de las pequeñas ciudades de Castilla; con esas figuras sombrías, a menudo atroces, que brinda para la Pasión la tradicional imaginería castellana, con esos tremendos Cristos muertos de pelo humano que me hacían pensar en la imprecación de Unamuno al Cristo de las monjitas de Santa Clara: “¡ Cristo del cielo, libranos del Cristo de la tierra!”.

Y, esto es inevitable, la emoción estética, esa misma que nos arrastra como una ola mística al escuchar “La Pasión según San Mateo” de Juan Sebastián Bach, o el “Officium defunctorum” de Tomás Luís de Victoria, la emoción estética, repito, nos conduce inexorablemente a la reflexión.

Esa me parece una muy saludable cosa. Reflexionar sobre la religión, aunque no seamos creyentes, pensar en Dios, aunque dudemos de su existencia, es situar en el horizonte de nuestra mente cuestiones que usualmente olvidamos y rehuímos, con la complicidad de todas las sugestiones y urgencias que tan persistentemente nos brinda nuestro mundo.

Porque asociados a ese cuestionamiento, afloran los temidos y generalmente aplazados pensamientos sobre el sentido de la vida, sobre el dolor, sobre la muerte y la aniquilación.

Como en “La oración del ateo” que abre este comentario se nos recuerda, la condición de la existencia de Dios es inseparable de la de nuestra existencia verdadera y perdurable. O somos una identidad única, genuina e imperecedera que Dios va a preservar en su seno para siempre, o somos una azarosa y efímera asociación de recuerdos, procesos y experiencias que acontecen por un tiempo breve en la dinámica de una estructura orgánica tan compleja como inestable- nuestro cerebro- suministrándonos una ilusión de identidad y persistencia que pronto desaparecerá en la aniquilación.

La cuestión es Dios; el Dios- idea, con independencia de su existencia o inexistencia (y aquí tendríamos materia de debate que desborda los límites de este escrito: ¿tiene sentido afirmar que Dios existe, lo tiene afirmar que Dios no existe? la argumentación de San Anselmo tiene ahora mismo más actualidad de lo que parece).

“Dios- como – idea” es el manantial del ser, su sustrato primario y básico.

Si Dios es, la realidad es, y cobra su ser del ser de Dios. Si Dios es, la realidad aparece sustentada sobre la permanencia. En Él, en Dios, nada que sea o haya sido puede dejar de ser, conservada toda criatura en la eternidad, más allá de la mudanza, la metamorfosis y la muerte imperante.

Con la idea de Dios, todo hacer humano busca la perdurabilidad esencial, tiene sus miras en lo divino. Como escribía Senancour, en su novela “Obermman”: “el hombre es perecedero, es posible, pero perezcamos resistiendo y si nos espera la nada, evitemos que este destino sea el que en justicia nos corresponde”.

Cuando se pierde la idea de Dios, muchas cosas se pierden para siempre en la cultura donde tal cosa ocurre. Así ha sucedido en la nuestra con la llamada “Muerte de Dios”, que la actual jerga filosófica ha denominado, con mayor precisión y asepsia “destitución del logocentrismo ontoteológico”.

Se trata, simplemente, de la perdida vital, existencial y conceptual del centro. Se trata de dejar que la muerte penetre nuestra idea del ser, y que ya no merezca la pena esforzarse por perdurar, luchar contra el olvido.

Esa pérdida del “logos”, ese olvido del ser es -y esto no es, desde luego, opinión mía, léase por ejemplo a George Steiner en su “Presencias reales”- el acontecimiento más importante y la clave primera interpretativa de nuestra historia reciente.

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