En la imagen , la defensa de Rodas, miniatura del siglo XV
Los Templarios están más de moda que nunca, copando las novedades editoriales y las pantallas de los cines. El estreno de la última película de Ridley Scott, “El reino de los cielos”, así como un ingente número de libros para todos los gustos, los han vuelto a poner en el candelero. Esta orden militar de la Edad Media, formada por los llamados ‘soldados de Dios’, unos personajes mitad soldados, mitad monjes, fue fundada en el año 1120 con la finalidad de defender las rutas de peregrinación de los cristianos a la Tierra Santa.
La orden surgió durante la Primera Cruzada, en la que se fundaron el Reino de Jerusalém y los Estados Latinos de Oriente, entre los que se encontraban Edesa, Antioquía y Trípoli. Una vez conquistadas estas ciudades, muchos creyentes sentían deseos de visitar la Tierra Santa, aquella en la que Jesús y sus discípulos habían comenzado la historia de la Iglesia. Sin embargo, los caminos hasta llegar a estos emblemáticos lugares no eran demasiado seguros y un grupo de caballeros, encabezados por Hugo de Panys, tomó la iniciativa de proteger a estos peregrinos. Así, sin renunciar a sus vidas religiosas, se armaron con el objeto de erigirse en defensores de los lugares santos y de sus visitantes. Tomaron como lugar de residencia uno de los palacios de Jerusalém, considerado por aquel entonces como el templo de Salomón, aunque en la actualidad se ha demostrado que la ubicación del citado templo no era la misma. Por reunirse en el que ellos creían el templo del sabio rey de Israel, adoptaron el nombre de “pobres caballeros de Cristo del templo de Salomón”. Pronto se redujo la denominación a Caballeros Templarios o simplemente a Templarios. La polémica no tardó en aparecer. ¿Era lícito matar llevando el hábito religioso? Con sus actuaciones, Hugo de Panys y sus compañeros estaban uniendo en una institución la función del que reza y la del que lucha. Habían conseguido cristianizar la violencia.
Este dilema se resolvió nombrando a los caballeros ‘miles Christi’, soldados de cristo. Debían de permanecer laicos; de ese modo se trataba de religiosos, pero no de sacerdotes, ya que no estaban ordenados. Por ese motivo podían combatir, aunque este comportamiento se oponía radicalmente a la tradición no violenta del Cristianismo. Aunque tenían en estos momentos más simpatizantes que detractores, necesitaban para legitimizarse la aprobación de la Iglesia. En enero de 1129, el Concilio de Troyes reconoció la nueva orden, gracias, entre otros, a la asistencia de San Bernardo, que en su “Elogio de la nueva caballería templaria” escribió: “Una caballería de una nueva especie ha visto la luz, y eso en esta región que hace tiempo el Sol Naciente Encarnado visitó desde el alto”. El Temple se convirtió en la primera orden religioso-militar y, aunque nació en Jerusalém, pronto se extendió al resto de Cristianismo Occidental.
La pérdida de la Tierra Santa a finales del siglo XIII supuso el final de las órdenes militares. Y como no, los Templarios también sufrieron la crisis. El conflicto entre el rey Felipe IV, el Hermoso, y el papa Bonifacio VIII constituyó uno de los principales enfrentamientos entre el poder y la Iglesia y fue una de las causas del fin de los ‘soldados de Dios’. Los templarios se convirtieron en el chivo expiatorio del conflicto y fueron perseguidos y detenidos el 13 de octubre de 1307. El proceso acabó con la supresión de la orden y la muerte de algunos de sus miembros.
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