Periódico con noticias locales de Águilas, Lorca y Puerto Lumbreras

La utilidad de la filosofía II

“La filosofía es la ciencia que se busca”. Aristóteles
“La filosofía es voluntad de mediodía”. Ortega y Gasset.
“El artista es el hombre que danza encadenado”. Nietzsche.

Glosaba en mi anterior escrito la “útil inutilidad” de la filosofía, y animaba a su término al lector para hacerle un hueco a esta disciplina en su vida, como eficaz antídoto al mal de los tiempos. Debo ahora ahondar en mis anteriores argumentos, para que se vea por qué interiorizar “hábitos filosóficos” en la rutina cognoscitiva de nuestra vida es algo sumamente recomendable.

Conviene empezar deshaciéndose de algunos prejuicios inveterados que le conciernen. La filosofía surge tardíamente, y sólo en una tradición cultural: la occidental. Filosofía, propiamente, sólo la hay –y sólo puede haberla– en la tradición occidental. Hoy, y especialmente a raíz de la llegada de las aproximaciones “new age” al orientalismo, y del surgimiento y proliferación de sectas y misticismos válidos, con la publicación masiva de textos, desde los libros de yoga y meditación, a los de auto-ayuda, del género “yoga o budismo para ejecutivos”, se ha generalizado indebidamente la idea de que “la filosofía verdadera viene de oriente”.

La actual incultura filosófica, y la aún mayor que nos promete ese futuro ayuno de reflexión, tan caro a los políticos, que previsiblemente nos espera, auguran larga vida a ese prejuicio.

Bien, pues es un error; de oriente nos llegan sabidurías espirituales profundas, teñidas a menudo de una religiosidad ajena al concepto que de ella tenemos en occidente. Así, por ejemplo, el budismo como religión sin Dios. Buena parte de todo eso tiene indudablemente un gran valor, pero no es filosofía.

Cuando muchos denostadores profesionales de lo propio alaban la superioridad de la “filosofía hindú” sobre la tradición occidental, están llevando en realidad a la práctica la moda muy actual del “pensamiento confundente”, muy emparentado y tributario de esa otra moda del “pensamiento débil”.

Porque filosofar es, precisamente, el quehacer humano y sólo humano, surgido en un determinado punto evolutivo de una concreta civilización, la griega de las ciudades-estado, que consiste en depurar el tronco del conocer humano de todas las excrecencias míticas y tradicionales que se habían depositado a lo largo de siglos o milenios en su superficie, permitiendo la libre respiración de su núcleo, ahora y sólo ahora, reconocido como autónomo: la razón. Una razón que, desprendida de mitos y verdades heredadas de una fértil y prolífica tradición, sale en pos de otra forma de verdad, acorde con su naturaleza.

La filosofía, y más en sus orígenes, es sustractiva, mucho más que aditiva, resta y cuestiona en vez de atesorar y acumular respuestas.

Se ha dicho, no sin razón, que en filosofía importan más las preguntas que las respuestas. Más la habilidad para cuestionar, que el logro a toda costa de respuestas definitivas y tranquilizadoras.
Kant afirmaba que él no enseñaba filosofía, sino que enseñaba a filosofar.

De ahí el sentido de las citas incluidas al comienzo de este escrito. La filosofía como ciencia; como capacidad de fundamentar en sí sus proposiciones, y como “ciencia que se busca”; que va precisando y afinando sus métodos y objetivos, que no le vienen dados de antemano, como a las ciencias comunes.

Que tiene siempre una voluntad de claridad como inexcusable condición de planteamiento y desarrollo, una “voluntad de mediodía”, en fuga de brumas y tinieblas.

Que permite siempre, en medio de fatalidades, determinismos y presiones, el juego libre de la inteligencia y la crítica; el juego de la libertad en lucha con la servidumbre, como ese artista que “danza encadenado”.

Está claro que la filosofía no es mitología, ni teología, ni misticismo, ni tradición, ni sabiduría, ni religión. Hay que entender, y con claridad meridiana, que, aunque pudo aportar el método o el fundamento en la base troncal de las ciencias en sus orígenes, la filosofía no es ciencia, en el sentido moderno del término, ni la ciencia le ha comido el terreno a la filosofía actualmente, como afirma la otra confusión común a su respecto, contra la que hay que rebelarse igualmente.

Hay una verdad filosófica (o hay, al menos, su concepto y su búsqueda) y hay una verdad científica, diferentes en esencia, y ambas igualmente necesarias.

A menudo, la verdad filosófica corrige y encarrila a la verdad científica (esa “razón científica” con el riesgo siempre de abandonarse a “sueños que producen monstruos”).
La “pesadilla tecnológica” en sus múltiples vertientes, atentando contra la naturaleza, la vida o la libertad humana, es el resultado del olvido de la filosofía por parte de la ciencia.

La filosofía no ha perdido ni su vigencia ni su necesidad y, antes al contrario, ante las inéditas amenazas y los nuevos retos que plantean los tiempos, tiende a convertirse en una salvaguardia indispensable del mundo humano, y en la fuente de los valores en un mundo secularizado.

Ninguna ciencia puede suplirla porque la filosofía es la voluntad de conocer “el todo puesto en relación con el todo”, no una parte del todo (objeto de ciencias específicas), y ni siquiera el todo “en sí” (lo cual podría ser el objeto de la cosmología y la física teórica).

La filosofía ya no aísla ni pone entre paréntesis al sujeto y al objeto (el conocedor y lo conocido) sino que sitúa a ambos en la “realidad radical”, aquella en que aparecen y se conectan todas las demás realidades, por grandes o importantes que sean, incluyendo el universo mismo. Todas esas realidades radican en una realidad primera o antecedente, en la que cobran su sentido propio. Esa realidad “radical” es la vida humana, pero no como abstracción genérica, sino como cada realización concreta y circunstancial en que aparece. Sólo en ella se funden y jerarquizan saberes y valores.

Para dar cuenta de todo esto existe la filosofía.
Y quedan, más allá de ella, o la luz que ciega y aniquila, o las tinieblas que oscurecen y aterran, o los fuegos fatuos del yermo infinito de la estupidez humana, o un casi infinito océano de información en el que, sin brújula, no se llega a ningún sitio…

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