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Las lanchas

Era posible establecer una clasificación de ricos y pobres en aquellos años cincuenta o setenta del siglo XX. Pero no era fácil ni sencillo catalogar a unos y a otros porque, salvo los tontos, nadie alardeaba de su riqueza como nadie presumía de su extrema pobreza, en todo caso cogían las maletas y se marchaban a Francia o Alemania, cunas de muchos remedios. Y quien parecía rico, podía tener telarañas en los armarios -había pocas cajas fuertes en las viviendas- y había quien vivía como pobre y disponía de caudal secreto o oculto, que poca gente hacía ostentación. Resultaba difícil diferenciar a unos de otros, tal como hoy ocurre, que hay ricos hipotecados y comidos por los bancos como hay pobres con dinero en paraísos fiscales. Siempre hay vacíos, dudas, incertidumbres, conjeturas, hipótesis y secretos en todo tiempo y lugar.
Pero llegado el verano, sea por lo que fuere, llegada la ocasión, poseer lancha y sacarla a navegar frente a la playa era signo de riqueza y poderío, sobre todo porque mucha gente iba a la playa y aportaba en un costado o en la misma arena las cosas que aportaba desde la casa. Y había un apartado más limitado que disponía de caseta para guardar los objetos personales, pero unos y otros compartían espacio, los límites del agua y los espacios de la tierra. Pero los que tenían lancha podían apartarse de la costa, pasear a sus amigos en cubierta, dorarse al sol marinero, leer un libro en la cubierta sin mirones al lado, con la brisa del aire, adormecerse con el ronroneo del motor, tomarse una cerveza fresca sacada del congelador o de la nevera, que pequeñas comodidades se ofrecían en aquellos días para algunos privilegiados de la fortuna.
Y mientras quedábamos encallados en tierra, a merced de las olas que llegaban a la playa, por allí pululaban las lanchas de don Armando Muñoz Calero, presidente de la Federación de Fútbol y médico de Franco, padre de numerosa prole y la de don Miguel Martínez Mínguez, oculista, refinado y exquisito, lector empedernido y culto, llamado jocosamente por otros El 5 emes, por aquello de las tres primeras letras del nombre y apellidos, la de médico y aquella otra cosa y circunstancia que empezaba por eme pero que estaba prohibida porque se le podía aplicar la ley de vagos y maleantes. Por allí paseaban, al margen de la plebe, las dos lanchas, elegantes, surcando el mar, fuera el domingo, cuando las playas estaban atestadas de veraneantes o fuera en día ordinario, cuando hubiera apetecido alejarse mar adentro para recoger en su vigor las delicias del mediodía aguileño.
La lancha de don Armando siempre iba cargada de hijos e hijas o de otros acompañantes, que podían ser ministros o gente de importancia, mientras que la de don Miguel, culto y solitario, iba siempre algo más ligera de equipaje, con el propio don Miguel al timón o al volante, con su punto de marinero experto o de observador del panorama estival con un profesional a los mandos . Las lanchas iban y venían, se acercaban a la orilla, podían recoger su cargamento humano y luego, suavemente, se alejaban hacia circuitos más amplios. Había barcos que podían servir para la pesca, para el deporte, pero las lanchas, aristócratas del mar, sólo servían para navegar y para exhibirse, para mostrar su potencia o la superioridad. Para llegar a las lejanas boyas, surcar las tranquilas y azules aguas mediterráneas o contemplar las montañas que cerraban el horizonte. Nada de tenderse en la proletaria y plebeya arena, con las lanchas se estaba limpio, nada se pegaba al cuerpo, podía uno bañarse en alta mar, acercarse a Orán si había combustible, pasear por el horizonte, mantener la vista en los otros.
Tener lancha no era disponer de barco auxiliar, fuera a borda o con remos. Implicaba rango, dinero, prestigio, un espacio propio en el que navegar dulcemente, alejado de la costa o fuera del periscopio del pueblo, obligado a remojar sus cuerpos en playas atestadas, especialmente en el mes de agosto, cuando bajaban los lorquinos, los bastetanos o los de Cantoria, que Águilas se conformaba en ese mes en un conglomerado de regiones próximas o lejanas.

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