Periódico con noticias locales de Águilas, Lorca y Puerto Lumbreras

Gran concierto Romántico

AL OTRO LADO DEL PENTAGRAMA (Colaboración mensual sobre los Conciertos de la Asociación Promúsica de Águilas)
Por Fauno
Así rezaba el título del programa de la velada musical del pasado viernes 16 de mayo coincidiendo con el octavo concierto de abono de Promúsica Águilas. Y a fe que todo lo que se escuchó esa noche maravillosa fue, mágicamente, romántico, con todo lo que este adjetivo nos evoca. Del Sturm und Drang primitivo, que surgió como rebeldía estética y conceptual al encorsetamiento normativo y la rigidez expresiva propia de un siglo dominado por la racionalidad y el método analítico, la Ilustración, se pasó a principios del siglo XIX a una cruzada artística y de pensamiento que abogó por la preeminencia del hombre, en cuanto ser dotado de emociones, y por la libertad de creación como camino para el hallazgo de la belleza. Así entendemos que los músicos que se encontraron en aquella disyuntiva no pusiesen ninguna objeción a militar en el bando de los rebeldes, el de los que, andando los años, se llamarían románticos.

Cierto es que, como en cualquier revolución, las voces son variadas, lo tonos dispares y los límites difusos, pero todo ello no hace más que enriquecer el acervo cultural de una época y dar brillo a las creaciones que quedaron para la historia.
El Kol Nidrei de Max Bruch, la obra para violonchelo que abrió el concierto, nos transportó a una imaginaria sinagoga, cuando un ocaso triste establece un diálogo íntimo entre la conciencia del pecado y la necesidad de la luz, excusando promesas que no se podrán cumplir. En ese ámbito de recogimiento y conexión mística para el que ora, Juan Pedro Torres se abstrajo y, acariciando las cuerdas de su chelo, llegó a hacernos creer por un momento que sobre las tablas del escenario había un quejumbroso hebreo entonando su oración de perdón con la melodía que la liturgia judía establece para cada uno de sus cantos. Nos pareció que el intérprete se olvidó por un momento de su cuerpo, se hizo uno con el violoncello y elevó la fuerza de su instrumento hasta ofrecernos un hermoso milagro, el de aunar la intensidad de un sonido con la necesidad de comunicar un texto sagrado.
Saliendo del penumbroso aire de las letanías judías, pasamos al extremo opuesto de la mano de David Popper, con su Rapsodia Húngara Op. 68 para violonchelo y orquesta, quien da al folclore centroeuropeo un toque de distinción aprovechando el eco popular de las danzas húngaras de Franz Listz y asimilando las teorías etnográficas del gran músico Béla Bartók. Es prodigioso comprobar cómo un “humilde” chelo sea tan versátil como para arrebatarnos con unas danzas que tanto ritmo atesoran y en cuyos movimientos crecientes nos obligan a mover los pies de un modo absolutamente irracional, (estábamos ahora denigrando el predominio de la razón sobre la emoción) No queremos eludir la admiración que nos provoca un intérprete como Juan Pedro Torres, que es capaz de ponernos la piel de gallina con un pianissimo melancólico preñado de humana voz o la de obligarnos a vibrar en nuestra butaca con sus dedos, ya invisibles, al son de una zarda húngara. Es el poder de un transmisor de emociones, de un artista, de un Músico.
Por afinidades personales, por un amor común al instrumento de terciopelo, quiero dejar constancia aquí de mi admiración por la valentía que supone para un intérprete afrontar con éxito una partitura tan compleja, asumiendo los altos riesgos que la técnica exige y la plenitud de los matices que el clarinete debe poder expresar. Y Ángel López lo consigue con largueza. El concierto nº 2 para clarinete en Mi Bemol Mayor Op. 74 de Carl María Von Weber nos traslada a un tiempo galante, de amables formas y exquisitas ideas donde la afición a la buena música hizo florecer grandes obras, y Weber no es una excepción. En honor a la verdad, aquí también es la voz casi humana del clarinete, de entonación más femenina, la que nos va explicando lo inefable, dando luz a lo oscuro, haciendo brillar el inframundo, y en definitiva, elevando el sentido de las cosas hasta conseguir tocar con las yemas de los dedos las doradas puertas de la Belleza. La interpretación de Ángel López brilló mucho más en medio de un mar de dificultades que a veces el oyente no llega a percibir, pero que pueden lastrar toda una preparación de meses de estudio. El mérito es innegable y nuestro reconocimiento sincero.
La Obertura de Las Hébridas o La gruta de Fingal de Félix Mendelssohn es una de esas músicas que se nos queda adherida a los poros de la piel cuando la escuchamos por primera vez y ya nunca nos abandona. Tan descriptiva, tan sugerente, tan evocadora, la música de esta partitura nos traslada a las leyendas de la ancestral Escocia con su naturaleza exuberante y su mitología celta por medio de una melodía dulce por momentos, enérgica y vibrante otros, siempre amable para el que escucha con el alma y se abandona al sueño casi febril de los héroes y las princesas que cabalgan sobre los acantilados de columnas basálticas, hexagonales, a lomos de rubios corceles voladores. Un conjunto tan compacto como el de la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia, es capaz de dar nuevo lustre a una partitura conocida, amable al oído, pero no exenta de dificultades; la siempre precisa y metódica dirección de Virginia Martínez completa la redondez de una partitura muy sugerente y deja al oyente con el anhelo de más música, de más rica armonía.
El broche de este concierto quedaba en manos de Laura Rodríguez, violinista de extraordinaria sensibilidad y espartana disciplina. El concierto para violín en Mi menor Op. 64 de Mendelssohn, exige un intérprete virtuoso pero contenido, que no sea proclive a los alardes al estilo Paganini. La mesura a la hora de interpretar estas notas será la que confiera a Mendelssohn la grandeza de una creación de carácter eminentemente romántica pero sin edulcoramientos innecesarios, y Laura supo medir las emociones y ajustarse al interpretación canónica del pentagrama pero dotando a cada frase del potencial expresivo que el autor quiso dejar plasmado. Respecto de la técnica a la hora de manejar las maravillosas cuatro cuerdas de su violín del siglo XVIII, no podemos hacer otra cosa que desmonterarnos como un diestro ante la autoridad competente y encomendarnos a los dioses del Olimpo, olvidarnos del método y recibir, desnudos de prejuicios, el deslumbrante alimento del alma que es la Música en estado puro. Esa noche romántica se cerró con una violinista que supo elegir para la ocasión un espectacular vestido de seda azul que nos hizo soñar con la salida, desde el fondo de un océano de hermosas partituras, nacaradas y azules, de una sirena tocada por la mano de Euterpe (la que sabe agradar, según la etimología) que consiguió emocionar a los oyentes entregados.
Vaya para los tres solistas mi más sincero homenaje y admiración. Solo algunos, los más allegados saben de los sacrificios, humanos y espirituales, que son capaces de afrontar los músicos de raza para, simplemente, regalarnos, a los legos en música, una velada agradable. Muchas son las horas, incontables, muchos los kilómetros, demasiados. El mundo es de los valientes, dice el dicho popular, y a fe que valentía no les ha faltado a Juan Pedro, a Laura y a Ángel a la hora de elegir las obras que iban a ejecutar en este maravilloso concierto; todas ellas son auténticos retos envenenados para un solista. Hay que estar muy seguro de uno mismo para proponerse un desafío de tal magnitud. Y sentirse muy orgullosos tras haberlo superado con la brillantez con la que lo hicieron los tres. Enhorabuena.
Todo ello debe ser estímulo más que suficiente para apoyar sin reservas a esta Asociación Promúsica Águilas, que mantiene, no sin esfuerzo, una idea, un sueño, por lo que les felicitamos una vez más. Ya estamos impacientes, por deleitarnos con el siguiente concierto, de música eminentemente española, que servirá para clausurar el Ciclo de Abono 2013-2014.

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