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Jornada de reflexión

Entramos ya en capilla, en el postrer periodo de reflexión previo al único gesto democrático real que al ciudadano de a pie se le consiente, y que consiste en depositar una papeleta en una urna cada cierto tiempo.

Es un gesto que le conviene meditar bien y aprovechar al máximo, pues ya no se le otorgará otro hasta transcurridos unos años, durante los cuales el comportamiento de los que mandan no le tendrá en cuenta para nada, y él no dispondrá de ningún cauce efectivo para hacer llegar su inquietud o su descontento a las altas esferas, que tan solo aceptarán -no les queda otro remedio- su derecho al pataleo, en general bajo la forma de manifestaciones cívicas y ordenadas, portadoras de reivindicaciones y demandas que serán fácilmente objeto de irrisión y burla de puertas para adentro de los diversos fortines y covachuelas del poder.

Esta, y no otra, es la primera y más obvia verdad de la democracia “real” en la que estamos, y eso, sea quien sea el que mande.

Ahora bien, esto no debe servir para provocar en nosotros un desentendimiento desencantado de la política, como juego en que otros se reparten entre ellos un sabroso pastel del que ni las migajas nos llegan. No es así del todo.

Mientras se preserve la formalidad democrática del voto ciudadano, todos tenemos una carta que jugar en este juego.

No ha sido así siempre, ni es seguro que lo vaya a ser en el futuro. En nuestra decaída “Monarquía Republicana” (Carrillo dixit), que podría también empezar a llamarse “Pre-Federación de Repúblicas Ibéricas Autónomas”, en donde se ha volatilizado en la práctica la igualdad de derechos de los españoles ante la Constitución (bastan como ejemplo las escandalosas diferencias del trato fiscal recibido por autonomías, que es un cúmulo de inagotables agravios comparativos), existen ya en alguna autonomía auténticas dictaduras neo-fascistas implantadas de hecho (con la sistemática complicidad de las izquierdas para conservar el poder), que distorsionan hasta la práctica nulidad el ejercicio de ese derecho al voto, bien provocando mediante la amenaza, la coacción y el hostigamiento sistemático el éxodo de sectores enteros de población que deben abandonar su lugar de residencia perdiendo así su derecho a pronunciarse (300,000 “exiliados políticos” en el País Vasco desde que ETA empezó a matar y a extorsionar), bien amedentrando a los que se quedan y no son adictos al “Régimen”, que no se atreven a votar lo que en conciencia quisieran por temor a las delaciones y represalias.

Nada nos garantiza que, quizás dulcificada en la forma, pero idéntica en el fondo, esta miseria totalitaria no vaya a extenderse al resto de este pobre país en sus horas bajas.
Por eso, la convocatoria de las urnas es una cosa seria. Nos jugamos mucho, porque no da lo mismo votar a unos que a otros (siendo esta idea otro de los venenos antidemocráticos subliminalmente inoculados a los ciudadanos).

Estas inminentes elecciones tienen de hecho una trascendencia superior al ámbito local, ya que son unas “primarias” efectivas, de cara a unas elecciones generales que acaban de anticiparse para después del verano.
Quiere esto decir que el voto, en este caso, requiere una reflexión que desborda el marco local, porque, lo queramos o no, seamos de ello conscientes o no, ese voto que próximamente depositemos va a tener una repercusión en la evolución general del país mayor que la que cabría esperar de unas elecciones municipales.

Hay conocidos precedentes históricos. Unas elecciones similares acarrearon el fin de la monarquía de Alfonso XIII y la instauración de la Segunda República, iniciándose con ella la cuenta atrás inexorable hacia la Guerra Civil.

Invito al lector a no ahorrarse ahora un esfuerzo de reflexión, a no votar impulsiva o compulsivamente, obedeciendo a la rutina de pasadas adhesiones genéricas por principio o al rechazo visceral y apriorístico basado en afinidades ideológicas o antipatías personales.

Reconozco que, circunscribiéndose al alcance local e inmediato del voto, la elección es difícil. Los argumentos de unos y otros no pueden ser más pobres: casi todos prometen similares mejoras -algunos ni se atreven a prometerlas-. Todos descalifican globalmente la gestión de los demás, y en estas descalificaciones y acusaciones reciprocas es donde se exhiben los arsenales argumentativos más completos y elaborados, y hay quién se limita a eso para solicitar el voto.

Todos tratan de comprar el voto más inestable y frágil, el de menos fundamento y consistencia, con fiestas multitudinarias, aderezadas con mítines y arengas, prometiendo al público adicto asistente un futuro feliz de botellones indeterminables.
Pero, tengámoslo claro, y no tengo empacho en repetirlo, tenemos que jugar bien nuestra carta, la única que nos dejan antes de vernos obligados a abandonar la timba para que otros se sigan jugando nuestra prosperidad y nuestro futuro. Repito que no dan lo mismo unos que otros.

Y para aclararnos, no esta demás recordar qué conceptos de la libertad, de la prosperidad, de la ética social y personal, de los valores, tienen unos y otros. Hay quienes sencillamente, conservan algunos valores auténticos, y quienes, alegremente, los echan por la borda por ser “una herencia fascista”.

Hay quienes encaran la realidad, y quienes hacen ideología y propaganda.
Hay quienes levantan el país y quienes lo hunden.

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