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Dios y lo divino

“El siglo XXI será religioso, o no será”. André Malraux (escritor, siglo XX)
“El siglo XXI será espiritual y laico, o no será”. André Comte-Sponville (filósofo, siglo XXI)

La primera cita corresponde a la mitad del siglo XX, y nace inspirada por la experiencia demoledora del interminable rosario de guerras, atrocidades y matanzas de las que apenas comenzaban a recuperarse Europa y el mundo, promovidas por totalitarismos y revoluciones de contrapuesto signo político.

Algo en común tenían, sin embargo, en sus supuestos ideológicos y filosóficos. Todos compartían un concepto materialista y utilitario de la naturaleza, el hombre y la sociedad. En ese supuesto, que, detrás de retóricas utópicas y bien intencionadas, solo consideraba al hombre como materia productiva inerte, masa sometida y maleable, mera carne de cañón, o humo humano y subproductos industriales, dominaba como eje vertebral y fundamento de estrategias de acción el principio de que el fin justifica los medios.

Si el fin se consideraba bueno, o simplemente conveniente, cualquier medio era válido, por violento, cruel o abyecto que fuese.
Ese pragmatismo sin frenos morales, sin remisión a unos principios religiosos firmes; ese pragmatismo ateo, que relativizó o negó directamente la idea del mal, inundó de maldad el mundo; hizo del hombre una mala bestia para el hombre, rebasando con creces el aforismo pesimista de Hobbes cuando afirma que “el hombre es un lobo” – animal noble, al fin- “para el hombre”.

En ese imperio mundial de la maldad, la ciencia fue un colaborador inestimable.
Lo mismo para dar relieve y escala a las grandes carnicerías bélicas planificadas (Verdún: medio millón de muertos) que para organizar eficazmente campos industriales de exterminio (un millón y medio de muertos, sólo en Auschwitz) o para arrasar y borrar del mapa a ciudades enteras (Dresde, calcinada con bombas de fósforo prohibidas en la Convención de Ginebra; Hiroshima, innecesariamente bombardeada con un Japón ya vencido).

Y si bien el totalitarismo ateo de derechas o de izquierdas prendió la mecha, Occidente entero enfermó, se contagió de esa decadencia criminal y deshumanizadora. Los horrores acabaron adjudicándose equitativamente a todos los bandos.

Nada tiene de extraño que Malraux, hombre de acción y de izquierdas, activo protagonista de su tiempo, y no precisamente como beato reaccionario y militante, hiciera la advertencia que he citado al principio.

A la vista de las graves tensiones de un mundo de bloques ideológicos enfrentados, y con la amenaza de la posible aniquilación nuclear siempre presente, Malraux consideró que la única esperanza de tener un futuro consistía en la posibilidad de una regeneración moral de las sociedades occidentales a través de un retorno a Dios; al sentido religioso y trascendente de la existencia, tal como sólo podía ofrecerlo la tradición cristiana de la que Occidente se había separado.
Ha pasado desde entonces más de medio siglo. La advertencia que en su momento pareció cargada de sentido ha de ser de nuevo examinada con cautela.

Los rebrotes del nacionalismo reaccionario y violento, con la complacencia o connivencia de iglesias y cleros locales, tal como los hemos vivido en Irlanda o el País Vasco, las genocidas limpiezas étnicas en Bosnia, con un trasfondo de persecución religiosa, el fanatismo criminal del terrorismo islámico internacional, la posible o real amenaza nuclear que suponen regímenes dominados por el integrismo religioso como Irán o Pakistán; todas estas complejas constelaciones de hechos nos fuerzan a ello.
Nadie con un mínimo conocimiento objetivo puede negar que lo que se podría llamar “la oscuridad inherente al hecho religioso histórico”; la cara oscura de las religiones, tiene una presencia amenazadora, inquietante, en nuestra actualidad cotidiana, y es uno de los factores que añaden preocupación a un futuro amenazante.

En nuestras sociedades, se ha ido imponiendo una visión crítica de nuestras propias tradiciones religiosas, alimentada por la relativa transparencia informativa contemporánea, que nos ha permitido conocer hechos vergonzosos que implicaban a las iglesias.

Hay un cierto descrédito de las instituciones religiosas, que tiene, por otra parte, poco que ver con el furor anticlerical de los viejos ateos de antaño.
Además, y al menos en el seno de la iglesia católica, no puede dejar de percibirse una radicalización creciente; un rebrote del integrismo y la intolerancia, una separación creciente de los problemas reales de la sociedad.

La religión no parece, en suma, una fórmula ecuménica viable para serenar ánimos y orientar conciencias en este confuso siglo XXI.

Queda la alternativa, mencionada recientemente por un filósofo francés contemporáneo, incluida al principio. Hay que deshacer, y esto es crucial para el futuro, esa perversa ecuación en la que tan de acuerdo han estado integristas religiosos y fanáticos totalitarios en el pasado, de que laicismo es igual a materialismo.

Tendremos un futuro digno de ser vivido si logramos conciliar laicismo y espiritualidad; esa que cada uno debería buscar y alimentar interiormente, en el seno de una iglesia, o fuera de ella si no encuentra allí respuesta a las preguntas que no puede, ni quiere, dejar de hacerse, so pena de caer en ese conformismo, religioso o no, que Albert Camus diagnosticó como “suicidio filosófico”.

Sobre todo, que no nos veamos como anticipara W. H. Auden en estos versos tremendos:
“Sola, sola, en un temible bosque/ de maldad consciente/ corre una humanidad perdida, / temiendo encontrar a su padre/…”.

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