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Cero, cero

Comentaba hace unos días con un amigo la singularidad de las huellas digitales (o dactilares), teniendo en cuenta que no hay dos personas en el mundo que tengan la misma huella, y que los veinte dedos de cada individuo tienen huellas diferentes. Eso supone un número de billones de billones de huellas distintas.

De igual forma las personas somos diferentes, no sólo por nuestra herencia genética sino por las influencias sociales, culturales, etc. Resumiendo que, como se suele decir, cada ser humano es un mundo. Es por esta razón que, a pesar de ciertas similitudes entre individuos, a veces, cada uno vive la vida de una forma especial y única. Y puesto que tenemos una sola vida para experimentar deberíamos escoger bien lo que queremos hacer con ella, o de ella. Por supuesto que no todos tenemos las mismas oportunidades y, en base a las características físicas, mentales o sociales, nuestras posibilidades variarán. Pero situándonos donde estamos, en la vieja Europa, y en un país como España, comprobamos que tenemos ante nosotros infinidad de opciones.

Ayer leí un comentario sobre la situación de una anciana que había sido profesora de música toda su vida. Ahora se encontraba sufriendo una enfermedad que paralizaba parte de su cuerpo y le impedía practicar sus actividades habituales. Sin embargo, esta mujer declaraba que había vivido intensamente y había disfrutado cada momento como único. Durante su juventud conoció a CRISTO y vivió plenamente en los caminos de sus enseñanzas. Al llegar la vejez y la enfermedad seguía saboreando todo lo vivido con la satisfacción de no haber perdido ni un día, ni una hora, ni una oportunidad. Los que iban a visitarla se sorprendían al verla tan satisfecha, en lugar de abatida, y llena de gozo.

Esto me hizo recordar un poema de Antonio Machado titulado “Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de Don Guido”. En él, este sabio poeta retrata a la perfección la vida y muerte de un caballero andaluz, que podría aplicarse, con sus variantes, a miles de personas en la actualidad. Para quien no conozca esta obra (le aconsejo que la lea) escojo sólo unos versos a modo de resumen: “Murió Don Guido, un señor de mozo muy jaranero, muy galán y algo torero; de viejo, gran rezador. (…) Cuando mermó su riqueza, era su monomanía pensar que pensar debía en asentar la cabeza. (…) Gran pagano, se hizo hermano de una santa cofradía; el Jueves Santo salía, llevando un cirio en la mano -¡aquel trueno!- vestido de nazareno. (…) Se ve en tu rostro marchito lo infinito: Cero, cero.”

Así terminan muchas vidas en “cero, cero”, cuando podían haber abundado en momentos de plenitud. Pero cada cual escoge su camino; la clave está en acertar. Por supuesto que es inevitable equivocarse muchas veces; “errar es humano”. Pero la vida pasa veloz y desaparecemos como la flor, que hoy florece y mañana se marchita y muere. ¿Cree usted que va a vivir siempre? ¿Qué podrá decir al final de sus días?¿Se sentirá satisfecho y gozoso como la anciana profesora? Espero que su respuesta no sea “cero, cero”. El gran filósofo y teólogo Saulo de Tarso escribió: “Porque para mí el vivir es CRISTO y el morir es ganancia”.Y a su discípulo Timoteo escribió al final de sus días: “He peleado la buena batalla; he ganado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia”. Usted elige.

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