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De miembras y otros mimbres

“Las miembras quieren miembro” (Anónimo, recogido por el autor).
Está visto que lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Como dice el tango, “contra el destino, nadie da talla”. Iba yo a retomar esta semana mi tema pendiente de la relación de la mente con el universo, cuando otras urgencias filológicas reclamaron mi atención inexcusable. No está de Dios que le cuente al lector cosas fundamentales, y que a mí me apasionan.

Y no está de Dios por culpa de la filología, como ya he dicho. Y es que la filología es una cosa muy seria. Como relataba cierto personaje de la obra de teatro de Ionesco titulada “La lección”, que se representa desde hace sesenta años sin interrupción en el teatro parisino de La Huchette, en el corazón del barrio latino: “se empieza en la filología y se acaba en el crimen”. Hay una transición casi insensible, y por ello doblemente peligrosa, de la perversión del lenguaje a la perversión sexual, y de esta a los más luctuosos y atroces crímenes, a las sevicias más espantosas. Lea el lector al Marqués de Sade, sobre todo sus “Ciento veinte días de Sodoma”, o si no, “Las once mil vergas” de Guillaume Apollinaire. Lea, lea, y vea lo que pasa…

Esta introducción viene a cuento de un acontecimiento reciente de cuya gravedad ni el más lerdo de mis lectores se atrevería a dudar. La ministra Aído, traspasando a la gramática sus fervores (o furores) igualitarios, en un excesivo celo por el cumplimiento de los fines de su ministerio (un ministerio tan sobrio y ajustado a la –con perdón– crisis, que no tiene ni sede, ni cartera, ni presupuesto, ni ministro), propuso que las mujeres han de ser “miembras” activas de no sé qué cosa.

Perpetró el desliz en acto público y ante nutrida asistencia (fue su presentación en el Congreso de los Diputados). Tras el cachondeo subsiguiente, y por no desdecirse, que en eso de “sostenella y no enmendalla” no le va a la zaga a su colega Solbes, ni al capo zapatoide, arguyó que era ferviente lectora de novelas americanas, en donde se encuentra la expresión.

El revuelo mundial que acogió a semejantes declaraciones llevó a organizar investigaciones de campo a lo largo y ancho del habla y las tradiciones de los países hispanoamericanos. En vano se realizaron encuestas, se consultó a literatos, se fatigaron bibliotecas. No aparecía por ningún sitio la dichosa “miembra”.

Se pensó entonces en acudir a las formas inventadas de habla a la americana, de las que existen ejemplos literarios gloriosos, “Tirano Banderas”, de Valle-Inclán, o “La catira” , de Camilo José Cela, sin ir más lejos. Se acudió a ese Consejo de Sabios que tiene dispuesto el gobierno para ocasiones semejantes, pero su enjundiosa investigación erudita tampoco dio fruto. No había manera de justificar la justificación de la ministra. ¿Se había inventado, pues, el palabro?

Pero, no lo dudemos, estamos ante una intelectual de recursos, que a ministra no llega cualquiera. ¡Faltaría más! Es además, persona joven, progresista, de amplias miras, desprejuiciada. Adornada con tales atributos, ¿qué más natural que hacer de la necesidad (que no necedad, que conste) virtud?

¿Y si se tratase nada menos que de una iluminación anticipatoria?
Confortada por ese brillante encendido de la bombilla, nuestra inefable Aído (¿no debería haber sido Aída?) acudió a ese plácido cementerio de elefantes, a ese remanso de paz donde, entre siesta y siesta, se “limpia, fija y da esplendor” al tesoro de la lengua; hogar de arrecogidos de las letras y escuela de dorados ombligos en adoración perpetua.

La postura de los ilustres académicos no se hizo esperar. Según recogía un diario de máxima difusión, ni aceptaban el neologismo de la ministra, ni se prestaban a la repetida solicitud zapatoide de suprimir la palabra “crisis” de la próxima edición del Diccionario.

Así están por el momento las cosas. Parece ser que la ministra arrecia en su exigencia, pero la ilustre casa permanece inquebrantable, firme en su negativa.
¿Y cuál podrá ser, se preguntarán los lectores más progresistas, la razón de tanta cerrazón, de tanto inmovilismo lingüístico?

¿No es el lenguaje una cosa viva, en evolución perpetua, con términos nuevos que continuamente se incorporan mientras otros caen en desuso?
Pues sí, pero el neologismo “aidesco” encierra una subversión peligrosa, una perversa confusión de los géneros. Me ha llegado confidencialmente (sin que me sea posible revelar mis fuentes) una misiva de la Academia dirigida personalmente a la ministra, justificando ejemplarmente su negativa. Presento, en exclusiva primicia para el paciente lector, algunos párrafos entresacados de la misma:

“Excelentísima ministra:
Como personos miembros de un organismo caduco donde no se admiten miembras, nos vemos obligados, por vía de la ejempla, a poner de manifiesta las consecuencias que la aceptación de su palabra acarrearía a títula de precedenta, en la práctica de la lenguaja comuna y corrienta de las personas y personos que componen la variada mosaica de pueblos y pueblas de España.
Además, le hacemos partícipa de que, en la contexta de las nobles tendencias transexualas de nuestra sociedad progresista, sería inevitable encontrar miembras con añoranza o adoración del miembro, que también habría que denominar miembra, con la consiguiente y probable confusión vejatoria entre órganas y órganos, personas y personos, …”

Así sigue el alegato académico durante sesenta folios o más.
Está claro, y vienen aquí a cuento las reflexiones y comentarios del principio, que el crimen ya está cerca. ¡Y el que avisa no es traidor!

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