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Pérdida de audición

Francisco López Belmonte

Ayer mañana, en un artículo de una revista de ciencia, leía con estupor que, a pesar de los progresos médicos, cada vez hay más sordos, es decir, personas con disminución o pérdida de la audición. Según los últimos estudios realizados una de cada cinco personas padece algún tipo de sordera antes de los cincuenta y cinco años.

Existen muchas causas de la pérdida de la audición y se pueden dividir en dos categorías: “Pérdida conductiva”, que ocurre cuando los tres minúsculos huesos del oído (osículos) no pueden transmitir el sonido hasta la cóclea o cuando el tímpano no logra vibrar en respuesta al sonido, debido a algún problema mecánico como la presencia de líquido en el oído.

En segundo lugar, la “Pérdida nerviosa”, que se produce cuando el nervio es lesionado por medios físicos o de otra naturaleza. La pérdida conductiva es a menudo reversible, mientras que la nerviosa no. La prevención de la pérdida de audición es más efectiva que su tratamiento.

Dentro de estas dos categorías, las causas, según los especialistas, pueden ser diversas: Genéticas, congénitas, infecciosas, ocupacionales, traumáticas, etc. Yo, que no soy médico, ni docto en materias de este tipo, percibo otro tipo más de sordera: La intencionada; es decir, la sordera adoptada con una finalidad concreta. La sordera elegida.

Dice el conocido refrán que “no hay más sordo que el que no quiere oír”. Es como el niño que está haciendo una fechoría y en ese momento lo llama su padre: ¡Juanito! ¿Dónde estás? ¡Juanito, contesta! Pero Juanito se calla, porque no quiere que su padre lo pille “in fraganti” y se hace el sordo. Lo malo es que, tarde o temprano, su padre lo descubre y entonces lo disciplina por la fechoría y por no contestar.

Pues eso mismo solemos hacer los adultos, cada día de nuestra vida, en relación con todas aquellas cosas que no nos interesan oír; de esa forma nos hacemos “los locos” ante advertencias o consejos que no nos agradan, aunque sean ciertos. Lo grave es que no nos libramos, por ello, de las consecuencias que, en ocasiones, pueden ser trágicas.

En especial, lo que se refiere al ámbito espiritual provoca una sordera intensa en muchas personas; y es que si no nos “halagan los oídos” no nos interesa escuchar. La mayoría de las veces no nos conviene oír para no vernos obligados a actuar en consecuencia. Y así vamos, desoyendo, disimulando y pasando el tiempo.

Pero hay una voz insistente que repite desde hace milenios: “El que tenga oídos para oír, oiga”. Es la voz de JESÚS que nos habla, queramos oír o no, y nos dice: “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él…”, y “si alguno oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna”.

El salmista escribió: “Si oyereis hoy Su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. La sordera espiritual es reversible, como la conductiva. No sigas perdiendo audición intencionadamente, puede ser que cuando quieras oír, ya no puedas.

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