Saber

“Saber no ocupa lugar”; “dice más el sabio cuando calla que el necio cuando habla”; “aún el necio, cuando calla, es contado por sabio”. Y muchos más. Está esa virtual enciclopedia de la sabiduría popular repleta de asertos que vienen como anillo al dedo en la práctica totalidad de las distintas y diversas situaciones humanas relacionadas con el saber.

Alguien dijo alguna vez que la sabiduría no es otra cosa que la experiencia (“más sabe el diablo por viejo que por diablo”). Sí, pero no, porque el que se cree en posesión de la sapiencia y está convencido de que no necesita más, lo poco -y, a veces, mal aprendido- que sabe acabará convirtiéndosele en una carga de presuntuosidad haciendo de él un ser insoportable… hasta para quienes son de idéntica marca o calaña.

También la filosofía de los pueblos orientales, adalides en el pensamiento sobre la sabiduría, ofrece unas doctrinas encomiables. Y rebuscando en el archivo de la memoria encuentro una que ya utilicé hace…, bueno, muchos años y en unas circunstancias muy concretas.

La situación no ha cambiado. O si, pero no para mejorar, sino todo lo contrario. Y no se atisba solución, hermosa señora -tan deseada por tantos y en tantas ocasiones- de la que podría decirse que ni ha llegado ni se le espera.

Aquella referida sentencia oriental bien pudiera ser el germen argumental de una obra corta en tres actos:
• “El que sabe y sabe que sabe, pero no hace alarde de que sabe, es el verdadero sabio. Síguele.
• “El que no sabe y sabe que no sabe es un ignorante. Instrúyele.
• “El que no sabe y no sabe que no sabe, pero alardea de saber, es un necio. Despréciale”.

El problema aparece para llenar, en los dos primeros actos, con muy pocos actores, un escenario tan grande como el que requiere el tercero, abarrotado de primeras figuras y figurantes poseídos por la lacra del falso orgullo, y de los que hay que ir defendiéndose porque adolecen de falta de sapiencia.

O de ética; y a veces, de las dos. Muy en cuenta ha de tenerse que, generalmente, la falta de ética suele ser algo común a quienes carecen de los más elementales conocimientos para llevar a cabo lo que, por suerte y/o casualidad, están haciendo…aunque sea con la carencia de la formación necesaria.

Son, tal vez, los que inspiraron a Benito Feijoo en su teoría de que “sólo los que saben poco quieren mostrar en todas partes lo que saben”.

Abunda esa clase de gente no capacitada para llevar a cabo una labor, ignoran su incapacidad, que ya es grave, y, no satisfechos con ello, alardean de ser estupendos, maravillosos… los mejores. Hasta llegan a convencerse de que tras ellos sólo está el caos. Y lo más triste es que, en su gran mayoría, tampoco la universidad de la vida va a poder enseñarles algo. Su orgullo y desconocimiento de su incompetencia siempre se lo impedirán. Pero tienen suerte porque, haciendo lo que no saben, o no pueden, acaban convirtiéndose en una suerte de virreyes. Y han sabido, eso sí, hacerse hueco de la única manera posible: siendo tuertos en el país de los ciegos o comprando voluntades.

Pero como, para ellos, actores del tercer acto, nada -ni la ética, ni la ideología, ni la vergüenza, ni…- es para siempre, al situarlos el tiempo en su auténtico sitio forman dos grupos: los adinerados, que aunque puedan seguir comprando voluntades ya no será lo mismo y se verán un poco más solos; y los otros –de los que va habiendo ya una muestra bastante considerable-, que como seguirán sin saber hacer nada, adolecerán, además, de ansiedad o depresión, que para eso están muy de moda. Y por ellos están haciendo negocio los laboratorios farmacéuticos que elaboran fluoxetinas. Vamos, “Prozac”, para que se entienda.

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