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El Banco Central

En la Glorieta había muchos, casi siempre con madera pintada de verde, con listones que precisaban alguna enmienda, con rugosidades, pliegues y nudos que delataban su antigüedad. Pero el banco más conocido de todos los que había era el Banco Central, recinto sagrado en donde se trabajaba con cierto y obligado silencio al margen del bullicioso ruido que proporcionaban las pequeñas, casi enanas, motos llamadas Soriano, con ruedas anchas y mínima estatura. Lejos de los jadeaos de las mulas del Belele o del Míngolo y del petardeo constante de los carros que trasportaban su carga al muelle.
EL Banco Central era la oficina silenciosa y regia en donde se materializaban las operaciones mercantiles, reservadas para unos pocos que poseían fondos, escasos para muchos en aquella época. Una oficina grande y profunda que se incrustaba en los bajos de los edificios modernistas que tanto lustre y prez dan al pueblo. Al lado de Falange y de Sirvent, encima de la familia Marín, en el mismo corazón del pueblo y en el mismo en el que hoy sigue, trocados sus rótulos. Y siendo niño se entraba con cierto temor o respeto pese a que tuviéramos dentro parientes cercanos como Cesar Giménez o los hermanos Martínez Pallarés, Lorenzo y Antonio, hijos de un tío abuelo, más Antonio Pallarés, pariente por vía materna. Pero pocas veces íbamos allí a llevar recados, tal como nos sucedía casi siempre cuando había que llevar llandas al Horno, comprar cuatro botones en la mercería del Siglo, con Eduardo Manzanera o María Teresa a la palestra, o bajar a la tienda de las hermanas Pelirrojas, Rojas de apellidos, rojas de pelo. O a la droguería de Juanito, sea para comprar agua fuerte, sal gruesa o piedra pómez. Pero al Banco Central no nos mandaba ningún mayor para tratar con don Antonio Navarro, serio, correcto y formal, o con Cristóbal Ruiz, pese a que fuéramos leales amigos de sus hijos Paco o Concha o de Guillermo, vecino y compañero de múltiples aventuras de todo tipo.
Como digo, en el Banco Central, sueño de muchos aguileños que se colocaban en establecimientos bancarios de Madrid (vía Alfonso Escámez) o en Barcelona (a través de Antonio Cortijos) trabajaban otros muchos como Paco Mula, Pepe Llorca, José María Jareño, central armario del Águilas, y otros varios que se han de contrariar porque los haya olvidado en este momento en que recuerdo aquel vasto imperio que imponía respeto porque, al menos eso creíamos, allí estarían situados las gruesas sumas de dinero que se le aplicaban a los ricos, los grandes secretos de las recalificaciones, los créditos de las empresas, recibos, facturas y otras operaciones que se nos escapaban a los galopines que apenas osábamos atravesar el recinto. Entrar en un banco, tener un empleo en tan céntrico lugar, era aspiración máxima de muchos otros que hubieron de emigrar en ese tiempo de zozobra e incertidumbre.
En competencia con el Central, en un tiempo de pocos recursos económicos, estaba la Banca Porlán, situada en el edificio en donde hoy mismo languidece desde hace cincuenta años en la calle Coronel Pareja. Las rejas de hierro dejaban filtrar la mirada para ver en la lejanía los imponentes rostros y figuras de Santiago Porlán, fuerte y robusto, quien atronaba con su voz que salía a la calle a buscar amigos. Entre el padre y los dos hijos guiaban aquella nave pequeña, reducida, en donde debíanse llevar a cabo operaciones acaso más reducidos que en el Central, préstamos con interés -no sé si reducido o ampliado- y operaciones de menos monta. Pero había movimiento en aquel edificio destartalado, de una sola pieza, que nosotros veíamos desde las rejas delanteras.
Y se hablaba de personas individuales -unos los llamaban judíos y otros aprovechados- que prestaban dinero a los afligidos de la fortuna, y podría dar nombres, pero conviene que calle en estos momentos para dejar escuchar el silencio metálico que brota de aquellas instalaciones que eran las voz cantante del pequeño y reducido sistema financiero aguileño.

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