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La corbata del ministro

Como solía decir cierto humorista, la corbata empezó por no existir. Ingresó, que se sepa, en nuestro bajo mundo como distintivo de la feroz caballería croata, allá por el siglo XVII. De ahí le viene el nombre.

El por qué se extinguieron las puñetas, las golas, los adornos y lazos de los atuendos festivos de caballeros o burgueses de los siglos XVII y XVIII, y prevaleció a la larga, en cambio, ese trapo anudado al cuello que lucían unos bárbaros curtidos en guerras interminables contra turcos y serbios, mercenarios apreciados y bien pagados en la Guerra de los Treinta Años, es para mí, y quizás en general, un misterio.

Lo cierto es que en occidente la corbata se ha impuesto desde los tiempos de Brummel y los petimetres británicos que satirizaba Tackeray en su “Feria de las Vanidades”. La historia convierte la costumbre en ley, y desde hace algo menos de dos siglos, la corbata es entre nosotros símbolo de decoro y corrección, y también ocasión de distinguir un gusto propio original y exquisito; un estilo propio.

Ha habido virtuosos de la corbata. Oscar Wilde fue uno de ellos, y siempre lucía espléndidas corbatas, largas o de lazo, frecuentemente acompañadas por una flor ¡de girasol! en la solapa. El hombre que afirmaba que “el secreto de la vida e no tener nunca una emoción poco elegante”; el que pedía “que le dieran los lujos y que cualquier otro se quedara con las necesidades básicas”, proclamaba una y otra vez que “el primer paso serio en la vida era aprender a hacerse bien el nudo de la corbata”.
¡Cuánta razón tenía!.

Recuerdo el caso que me contaron de uno de los más grandes arquitectos del siglo XX, y sin duda de los más exquisitos y refinados, llamado Carlo Scarpa, por si os interesa su nombre, que era profesor en la Escuela de Arquitectura de Venecia, y que suspendió a un alumno que asistía a su clase con una corbata mal anudada, fea, desastrada y mugrienta. ¡Ay si ese criterio se hubiera aplicado a tiempo en nuestras Escuelas, apartando de entrada a cromañones y neandertales diversos, apuntados a la ola del informalismo progre y habituados a alimentarse con su lápices y herramientas de diseño!

Pero ya es tarde, ya se han “posicionado” socialmente (empleando una palabreja de jerga) y el mal ya está hecho: infinitos greñudos, descorbatados de diseño, propagando, bajo la coartada de la genialidad y la provocación, la fealdad y el error en el mundo.
El asunto de la corbata es, como puede verse, más serio de lo que parece.

Decía cierto escritor citado al principio que se empieza asesinando a criaturas indefensas y a pobres viudas, se sigue con robos y asaltos en la vía pública, y se acaba, al cabo de este camino de degradación, por vestir desaseadamente, no saludar a los vecinos y exhibir en todo momento una mala educación deplorable. ¡Se acaba por quitarse uno la corbata, vaya!.

Pues esto, esto mismo, es lo que ha ocurrido con el ministro Sebastián y sus adláteres en las Cortes. No contentos con llevarnos a la crisis más negra desde los negros años 90; no contentos con negar su evidencia apabullante -aplastante- literalmente, para muchas familias españolas-; no contentos con despistarnos y tratar de volvernos el juicio del revés con la eterna cantinela de las hipotecas basura y del crudo precio del crudo; no contentos con sacar del catre y de la siesta al ministro Solbes para que nos cuente a todos, con su voz carraspeante, adormilada y adormilante, el cuento de la buena pipa, los chicos del desgobierno se descorbatan.

A mí me parece ese desatino un imperdonable acto de desacato a las normas, demasiado importantes como para ser escritas, de la ética y la estética parlamentarias. Es una afrenta colectiva que los españoles (¡sí, españoles, como cuando el fútbol!) de bien deberíamos recibir mesándonos las barbas (bien cuidadas) y rasgándonos las vestiduras, o si se me apura, apretándonos bien fuerte el nudo de la corbata, para darle al escándalo un regusto agónico.

Hay una conocida y acreditada triada de valores concomitantes: lo bueno, lo bello y lo verdadero, cuya aplicación ha garantizado desde siempre los mejores resultados, en la vida o en el arte. Hoy, lo moderno, lo progre, es aplicar, y aplicarse, su contrario simétrico: lo malo, lo feo, lo falso.

Es la divisa gubernamental contemporánea. Después de los grandes errores, después de las traiciones y las mentiras, viene quitarse la corbata, con el pretexto falaz de que se ahorra energía. En vano, Bono intentó restablecer el orden vulnerado, ofreciendo al díscolo una refinada corbata semiheráldica, que un sumiso ujier ponía en sus manos.
El ejemplo del disconforme ha cundido. En el parlamento se ha levantado la veda de la corbata. Quedan estas como cuerpos exánimes, como multicolores presas abatidas, en las manos culpables de tantos políticos falaces, que muestran sin pudor sus pecheras, lampiñas o hirsutas, poco viriles en general.

Y, me temo que, con ser grave, lo de las corbatas es sólo el comienzo. ¿Que harán, digo yo, las ministras y diputadas para aplicar a su femenina condición de “miembras” del parlamento ese mismo principio del “despelote” simbólico y ecologista? ¿De qué prenda intentarán despojarse? Si hago ejercicios de imaginación con la vicepresidenta de La Vega, pongamos por caso, me dan sudores, y no libidinosos precisamente.

Pero la cosa no tiene por qué parar ahí. Puede ser aún peor. ¿Por qué limitarse a la corbata? ¿No sería aún más ecologista acudir a las Cortes con bermudas, chanclas y camisa floreada entreabierta, con los faldones al aire, o con bikini y pareo anudado al pecho?

Le dejo al lector imaginar a Rubalcaba de polinesio, con las huesudas canillas peludas al aire, con el rizado vello pectoral haciendo juego con la barba rala, hablando, muy serio, de lucha antiterrorista.
¿Mola, no?

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