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El balneario “La Giralda”, un hito de la posguerra en Águilas

POR ANA GUALDA

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A mi tío Roberto, in memoriam

A pesar de la apertura de un balneario anexo que ejercía como ‘competencia’, con instalaciones más modernas y sofisticadas, ‘La Giralda’ sobrevivió a las penurias económicas de la posguerra, sirviendo como sustento a una familia compuesta por cinco miembros. Como propietaria, Eugenia García Nogales, quien años atrás había compartido la regencia del local con sus ocho hermanos. Tras quedar viuda y con cuatro hijos a su cargo, con esa valentía y esa entereza que la adelantaba a su tiempo, no dudó ni un momento a la hora de ‘dejarse la piel’ para sacar el negocio a costa de lo que hiciera falta.

Muchas horas de trabajo sobre las aguas del mar ocupando gran parte de la cara posterior del actual paseo de la Colonia.
Los bañistas se arremolinaban en sus instalaciones y hacían cola en las casetas para enfundarse sus trajes de baño.
El agua que se usaba en las cabinas -de pequeñas dimensiones y con capacidad para una sola persona-, procedía única y exclusivamente del mar, al que se le atribuían poderes curativos y casi mágicos.
Alquiladas por pediodos de una hora, las casetas contaban de una bañera y un perchero y los usuarios sabían que debían salir de su placentero y curativo baño por medio de una campana que anunciaba el esperado cambio de turno.
Entre baño y baño ahí estaban los hijos de Eugenia, trabajando junto a su madre para llenarse las bocas a fin de mes. Cepillo en mano y carbonato sódico como alilado, estos pequeños se apresuraban para dejar ‘como los chorros del oro’ las pilas para ser usadas de nuevo y para que el engranaje de ‘los baños’ no parara su actividad.
Pero el trabajo no sólo se limitaba a la atención de los bañistas y la limpieza de sus cabinas, sino que ya entrado el atardecer, llegaba la ardua tarea de limpiar aquello para poder abrir las puertas al día siguiente, y al otro, y al otro…
Uno de los chicos pasaba la noche ‘haciendo guardia’ para evitar posibles saqueos de material o actos de vandalismo. Así que una de las cabinas que se suponía de baño, no era más que un cuartucho disimulado habilitado para guardar material y con un catre para pasar la noche en vela.
Y es que había que esforzarse porque la competencia era dura. El ‘Patria Chica’, que estaba justo al lado, más moderno y con una bomba de succión eléctrica, era el gigante que amenazaba a esta madre que tan sólo quería darle a sus hijos la mejor vida posible.
De hecho, el único empleado que no era parte de la familia tenía el cometido de succionar las aguas con una bomba manual, situada al lado de las cabinas donde también había una pequeña cocina donde Eugenia preparaba la comida para ella y sus niños, ya que pasaban latotalidad del día en las instalaciones del balneario.
Y así trabajaban, sin descanso, hasta que un día, como todas las cosas condenadas a desaparecer, las instalaciones cerraron sus puertas. Se acababa ahí el tratamiento de dolencias como el reúma o la artrosis por medio de las aguas de nuestra playa. El ‘Patria Chica’ resistió unos años más y al poco, abrieron otro en Juan Carlos I.
Pero al final, como todo lo bueno se acaba, esta costumbre del uso de las propiedades del agua del mar desapareció en nuestra localidad.
Nos quedamos sin balnearios y el asfalto empezó a engullir la arena de las playas.
Por suerte nos quedan los que fueron, los que hicieron ‘contra viento y marea’ cosas que no se han olvidado. Eugenia García Nogales es una de ellas, una madre coraje que, a costa de su salud y su pellejo, consiguió lo que por naturaleza le estaba prescrito: levantar la cabeza a pesar de la tristeza de haber perdido a su marido y sacar a sus hijos adelante, haciéndolos a todos y cada uno de ellos, hombres de bien.

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