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Herencia y metamorfosis

No todo se hereda, pero casi todo está sometido a la teoría de Heráclito y Parménides (cuántas veces los habré invocado) sobre el cambio y el devenir permanente de las cosas. Y añado yo que también de las personas. A priori, ninguna relación pudiera pensarse que existe entre la herencia y la metamorfosis. Pero son como algunas amistades actuales, amigos con derecho a roce.

Además del dinero, pocas cosas se heredan. Aquello de que “de tal palo, tal astilla”, o “de casta le viene al galgo” va teniendo poco protagonismo. Y cada vez menos.

Podemos, incluso, parecernos físicamente a nuestros progenitores, o también puede pasar de padres a hijos alguna enfermedad de las llamadas hereditarias, pero muy poco más. Algo se lleva en la sangre, pero, por sí solo, no es garantía de nada.

De padres deportistas nacen hijos patosos hasta para andar; de artistas genios de la pintura, la poesía, la interpretación o la música nacen criaturas totalmente negadas en la sensibilidad necesaria para continuar la estirpe.

Tres cuartos de lo mismo ocurre en profesiones como la docencia, la investigación o la abogacía, así como en ocupaciones artesanales como la pesca, la agricultura, la carpintería…

Y los que salen no es porque hayan heredado ese arte y esa sensibilidad, sino debido a que decidieron, desde muy pequeños, imitar la profesión de los padres; y, entre algún gen muy concreto y el necesario esfuerzo de aprendizaje y sacrificio, logran dar continuidad a la saga.

Lo mismo ocurre en el marco de la política, aunque entendida ésta como profesión, porque aunque muchos jueguen a ser apolíticos, todo el mundo se posiciona y ubica en el perfil que más se asemeja a su pensamiento. O a sus intereses, que de todo hay.

Y aquí es donde entra en juego ese cambio referido anteriormente. Esa metamorfosis que a veces aventaja con creces a la de los reptiles. ¡Lagarto, lagarto!.

¡Cuántas veces me acuerdo, y tarareo, aquella canción de Carlos Cano que lleva por nombre, precisamente, Metamorfosis. “Qué queda de aquel tiempo/, qué fue de la ilusión/. Dónde está la esperanza/ de nuestra generación/. Entero a su servicio/, no hay problema, señor/, para lo que usted guste,/ dispuesto, en posición (…) Tiempo de los enanos/, de los liliputienses/, de títeres, caretas,/ horteras y parientes/ de la metamorfosis/ y la mediocridad/, que de birlibirloque/ se saca una autoridad”.

En no pocas ocasiones hemos oído aquello de ¡si su padre su madre) levantara la cabeza…!. Claro, que la entonación que se le de y conociendo el percal a que se refiera puede tener significados opuestos. ¡Qué orgullo si pudieran ver a dónde han llegado sus hijos!; o ¡qué pena si vieran, también, a dónde han sido capaces de llegar sus hijos!.

Muchas personas que se han dedicado a la política, pero que, en su mayoría, no son políticos, lo han hecho, lo hacen, para llegar a dónde pretenden: a un carguico en la administración o en el partido elegido; un puesto con posibilidades en las diferentes listas electorales; o simplemente unas relaciones de apoyo y posterior beneficio para sus empresas o negocios.

Política y cama era el título de de un artículo de opinión que Antonio Gala escribió hace unos días en un diario de distribución nacional. Y recordé algunos casos de políticos y políticas que habiendo militado (aunque sólo fuera por pensamiento) en una ideología concreta, después, por vía coital -y posiblemente con una extraordinaria visión de futuro- se han metamorfoseado y han abrazado la ideología contraria. Dos que duermen en el mismo colchón…

¿Casos?. Como con las brujas gallegas, haberlos, haylos. No es cuestión de dar nombres. Allá cada cual con su memoria.

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