Los champiñones son unas setas u hongos muy apreciados por su agradable sabor
El otoño despierta el entusiasmo de aficionados y gastrónomos por esta seta de grato sabor e inconfundible aspecto. Necesitan crecer sobre materia orgánica, por lo que se cultivan sobre el estiércol o aprovechan la llegada del otoño para crecer salvajes en los frondosos bosques, ocultándose bajo las hojas caídas.
Puesto que carecen de clorofila no sintetizan almidón (sustrato energético) al no poder utilizar la luz solar (prefieren las zonas sombreadas). Este hecho justifica que su valor calórico sea tan bajo, siempre que se preparen asados, a la parrilla o salteados con poco aceite, y no fritos. Buena fuente de fósforo y de vitamina B2, los champiñones también poseen proteínas, pero no tantas como se cree (sólo 2-3 g/100 g). No obstante, sus proteínas son ricas en purinas, por lo que su consumo se ha de moderar en caso de ácido úrico elevado y gota.
La ventaja más interesante del consumo regular de champiñones es sin duda su poder anticancerígeno. Las últimas investigaciones apuntan a que su acción sobre el cáncer es debida a la riqueza en dos principios activos fundamentales: el selenio y cierto inhibidor de la aromatasa. Es conocido el papel del selenio como valioso antioxidante y destructor de los radicales libres que atacan a las células y pueden acabar desencadenando procesos cancerosos. Del mismo modo, actúa junto con la vitamina E para eliminar del cuerpo sustancias tóxicas y metales pesados acumulados en el organismo, como el cadmio o el plomo. Por esta riqueza en selenio, expertos nutricionistas señalan al champiñón como alimento adecuado para la salud prostática, así como para combatir el envejecimiento prematuro, la arteriosclerosis, la artritis reumatoide, la osteoporosis, la infertilidad o el acné.
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