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La plaza de toros

En el caso de haber sido torero hubiera podido llevar el alias de Aguileñito de la Playa, pero la verdad sea dicha, nunca sentí, como ninguno de mis viejos y anteriores paisanos, esa afición a lo que llaman la fiesta nacional si descontamos, por supuesto, las oposiciones. Y yo creo que no surgió nadie de la tierra dispuesto a casarse con una folclórica por razones varias, entre ellas, y es un filosofar, porque, aparte de haber enraizado el pueblo con el balompié de los ingleses, la plaza de toros que hubo en su día apenas proporcionaba festejos para lo que se construyó, a lo sumo una vez al año, generalmente en agosto, en la que se contrataba a dos o tres novilleros y cuatro o cinco toros de lejanas dehesas y se organizaba la corrida sin que nunca los tendidos estuviesen a rebosar, sin que apenas hubiese público en las gradas de madera, sin que fuese el espectáculo que marcara, como la cucaña, el castillo de fuego o los cotillones de fin de semana, el ritmo de euforia del verano aguileño, lleno de calor y escueto en las actividades. Tampoco tenía el gancho de los Sartenazos invernales.
La plaza de toros estuvo primero en la zona de la actual plaza de Escámez y luego, la que yo conocí por fuera y por dentro, estuvo siempre en el mismo ruedo de la actual Plaza de Cortijos, donde se celebraron más tarde los bailes de la pista Popular. Y pertenecía, como siempre, a numerosas familias, entre ellas las de mi abuelo Máximo y la Manuel Arranz, mi padrino, empresario que llegó un día, cuando apenas tenía años, a contarme la mítica muerte del famoso Manolete en Linares cuando él, jefe de correos de la ciudad andaluza, vivía en ella. Aquella muerte, de tan altas resonancias, siempre nos dejó una traza trágica y lorquiana en torno a los toros que nunca desapareció de mi mente. La plaza, de no pequeñas dimensiones, era de mampostería rematada con maderas en la parte superior, que era donde nos colocábamos los primos para que los toros, burlando las barreras, no osaran engancharnos con sus astas mortíferas. La verdad es que acompañé en más de una ocasión a Alberto y Lola Arranz, a Juan y a Bese, a mi padre, a alguna corrida, y recuerdo -conservo fotos de actos de dicha naturaleza- que extendían su andaluz y alegre manto de manila en la parte delantera, y recuerdo alguna que otra novillada, pero lo que más recuerdo era que, llegado el verano, el redondel se convertía en cine de verano que regentaba mi padre en alguna ocasión. Con las sillas en la arena, con el proyector en los toriles y la pantalla de los indios en la puerta grande, la de salida a hombros, lugar dicho sea de paso que en más de una ocasión se convirtió en portería de fútbol dado que allí se celebraron algunos partidos de los estudiantes de la Academia Urci que lanzaban penaltis -y no la montera- desde donde los banderilleros colocaban los reiletes y los saques de esquina -y no el verduguillo- desde los ángulos del burladero. Y también llegué a ver en el ruedo reñidas peleas de gallos ingleses con el espolón retorcido y aviesas intenciones y hasta alguna sesión de lucha libre en donde llegó a participar un aguileño como Ubaldo Puche. Así que la plaza de toros, por dentro, sirvió para todo, aunque nunca desapareció el miedo a que se pudiera escapar algún toro de los corrales y pudiera embestir a las muchas personas que asistían cada noche, acompañados de sus bocadillos, a ver las dos películas que se proyectaban con el auxilio, creo recordar, de Manolo, el de la Eléctrica, como llamaban al marido de Mari Jiménez.
Y si conocí la plaza de toros por dentro, con sus penumbras económicas, recovecos de madera y oscuridades del tinglado, también la aprovechábamos por fuera, por la parte de atrás, dando a la casa de mi tío José Martínez Garriga, padre de Teo, el hermano de Pili y de Tití, quien tuvo probablemente el primer balón reglamentario de cuero -ya no la triste y compungida badana- con el que jugamos en dicho terreno de juego. Lo mejor era cuando apoyándonos en la pared, diblábamos al defensa y marcábamos gol en la portería habilitada con dos grandes pedruscos, alguna cartera de clase o dos enciclopedias Álvarez, que todo era válido en aquellos días de pocos toros y escasas faenas.
Oyendo a los empresarios de aquella época, sabíamos que la plaza de toros no era precisamente un negocio saludable porque la afición taurina de Águilas no era amplia. La gente que entendía de toros, tenía por costumbre desplazarse a Lorca en septiembre, en la feria, para ver corridas con toreros célebres y picadores gordos, mientras que nosotros, en nuestra modesta plaza nos contentábamos con el aperitivo de toros de poco trapío, peligrosos y resabiados, y torerillos que a la primera de cambio se subían en la escalera de la grada. Y así que un día, cuando no lo esperábamos y sin que tuviéramos noticia de nada, la plaza se fue de su sitio, dejó su lugar a los bailes y se llevó para otro lado los pasodobles que tocaba la banda municipal gobernada por Aníbal Aullón. Y nos quedamos para siempre, si no lo remedia el futuro o el Parlamento catalán, sin torero de la tierra y sin albero para celebrar corrida.

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