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80 primaveras

Muy temprano, cuando el “Lorenzo” se desperezaba y todavía no asomaban sus primeros rayos vespertinos, la lonja de fruta ya era un hervidero de mozos descargando y moviendo “bultos” de los productos recién llegados del campo. Entre “romanas” para pesar la fruta, era un bullicio muy bien organizado por el saber hacer del recordado Jesús Caicedo, ayudado por sus hijos Antonio y Jesús. Y es que en los inicios de los años 60, al contrario que hoy día, la emblemática Plaza de Abastos de Águilas era el centro comercial por excelencia del pueblo. Muy cerca, en la antigua calle de la Paz (actualmente Plaza Juez de Paz José Mª Guillén) y próxima a una de las cuatro puertas de entrada al recinto placero, se encontraba la Gran Tahona, una panadería que regentaba el matrimonio formado por Pepe García y Lola Ramírez. Continuando por la misma vía, nos adentrábamos en la calle Plaza de Abastos, con varias tiendas de comestibles como las de Apolonia, Francisco Chazarra o Miguel Bonmati. Y, por supuesto, la “Posaica” de D. José María Muñoz Baldrich, un hombre que como escribió Machado “era, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

En uno de sus cuartos encerraba mi abuelo Bartolo las sandias y melones que luego acarreaba a la plaza o junto a una de sus puertas, frente a la lonja. Allí, cuando llegaba el verano, a la luz de la luna y con las estrellas como techo, pasaba las noches con su escaparate de sandías bien ordenadas, hasta que algunos pícaros intentaban “chorizárselas” provocando un alud del preciado fruto y el consiguiente “mosqueo” del padre de mi madre. Ya en el puesto que tenía en el interior de la plaza, hizo famoso el eslogan “Bartolete, a durete, a durete, Bartolete”. Al “Cebollica”, mote con el que se le conocía por su afición a esa hortaliza, le apreciaban muchos sus “parroquianos” (los que ahora conocemos como clientes), tanto extranjeros como de cualquier rincón de España. Los “guiris” lo asaltaban con sus cámaras fotográficas o las antiguas cámaras de video. Claro que ver a mi abuelo partiendo las rojas sandías con su afilada faca y ofreciéndolas a “cata”, suponía todo un espectáculo y un “master” en ventas.

En la misma calle, y frente a otro de los accesos, el tío Martino anunciaba sus productos estrella: “Caballa, atún, melva y bonito. Al que se los come, le llaman el señorito”. Los hermanos Isabel y José disponían de una tienda de salazones: melva, bonito, hueva, sardinas-envasadas en unas cajas redondas de madera- mojama…

Los “Martinos”, una familia “placera”, disponían también de espacio en el interior de la plaza. Era el caso de Paca, con su puesto de fruta o de Ginés y su esposa Julia, que contaban con su caseta para vender charcutería.
Pero en la Plaza de Águilas había muchas más personas que se buscaban la vida echando más horas que un reloj. Era el caso de otra de las familias, los Segados, a la que pertenece Juana, mi abuela materna.
Al igual que ella, sus hermanos Salvador y Pedro, con sus esposas Ana y María, conocían a la perfección las técnicas de venta aprendidas de sus progenitores. Prácticamente al lado de mi abuela, estaban situadas Lola “la del Nito”, Catalina “la cuevera”, Paca “la del Rubial”-que ocupó la plaza de su suegra Isabel “la Reina”- y Antonio Ruiz con su esposa Ángeles Gallardo, quienes junto a sus hijos Cati y Antonio, ofertaban además de espléndidos plátanos y fruta fresca, charcutería y diversos tipos de viandas. Otros puntos de venta estaban ocupados por Antonia-viuda de Domingo Segado-Pepa y Ana, conocidas por las “Ministrillas”, Águeda y María “la Martina” y su esposo Domingo.
Además de las frutas, hortalizas y legumbres, la carne y el pescado tenían un hueco entre las vetustas paredes de nuestra apreciada plaza. Cordero, ternera, cerdo, pollos, conejos y toda clase de embutidos artesanales, no faltaban cada día gracias a familias como la de Alfonso “el Rizao” y su hijo Paco, “El Regino”, las hermanas Esperanza y Anica, Pepa Escámez-prima de mi padre- Narciso, Bartolo, mi tío Pepe Escámez y su esposa Juana-una caseta que ocuparon antes mi abuela Ana y mi abuelo Francisco- o Felipe López y su esposa Francisca Belmonte.

Menos recuerdos tengo de los vendedores de “los frutos del mar”. Pero ahí van algunos nombres que me recuerda mi madre: “la Chitina”, Petra, Carmen, Maruja-que todavía mantiene su puesto con su hijo- o Tere, hija del “lorquino”.

Pero había más personas que vivían de la plaza. Eran los casos de Ramón “el Huevo”, funcionario municipal encargado de que se cumpliera la normativa del ayuntamiento, o de Pepa Martínez, madre de nuestra querida “Lola de Bayona”, quien con sus populares rifas llenaba de alegría e ilusión cada rincón del centro comercial. Perfumes, mantas, sandías, pescado fresco o toallas, podían ser lo premios de los agraciados. Pepa representaba “la alegría de la Plaza” y me recuerda mi hermana que también contaba con un método infalible para ganarse al personal: “Me han llamado, alguien me ha llamado”, decía mientras ofrecía sus papeletas y enseñaba orgullosa el premio del día.

El entorno de la plaza contaba también con una churrería por uno de sus accesos. Juan y Anita preparaban unos churros que recién salidos del aceite saboreábamos en el aún conocido como “bar del Lorito”, a cuyo frente se encontraba entonces nuestra querida y recordada poetisa Carmen Muñoz y su esposo Fernando “el Petaca”.

En la misma calle, Isabel la Católica, la casa de comidas de Antonio y Paca, el bar de Pepe y la señora Rita con sus camareros Luís y Ángel, la bodega del mismo Pepe y su hijo Paco, la tienda de ropa de los “Cueveros, el estanco de Leandro y su hermana Concha, la barbería del maestro Sebastián Segovia, la pensión Rojas o en la esquina de la Glorieta los Icelis con sus tiendas de nueces, castañas, garbanzos o Manuel López el “Cónguiro” y su mujer María Morata, con sus sabrosas castañas asadas, la mercería de Andrés y Aníbal Aullón…

Soy consciente de que no están todos los que son ni son todos los que están. Son sólo unos retazos de aquella época y de aquel lugar, que este año cumple nada menos que 80 primaveras.

Ahora corren nuevos tiempos y según me cuenta mi amigo Ginés Ortiz, un proyecto ambicioso de la Asociación de Comerciantes e Industriales convertirá ese espacio, en pleno corazón de Águilas, en un lugar de ocio y recreo.

Para finalizar este manojo de recuerdos, quiero dedicar este modesto artículo de opinión a mi madre, Concepción Reverte Segado, que pasó su niñez y gran parte de su juventud entre pesas y mostradores, a mis abuelos Francisco Escámez Alacid y Bartolomé Reverte Serrano, a mis abuelas Juana Segado Pérez y Ana Sánchez Quiñonero, junto a todas las personas que dieron vida a la emblemática Plaza de Águilas. Sin duda, poca cosa para sus merecimientos. A tod@s, quiero felicitarl@s por haber escrito una de las páginas más hermosas del solar aguileño.

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