Las ciudades invisibles

Viajar significa nacer y morir en cada instante” (Víctor Hugo) “Cuando volvemos de un viaje nos preguntamos si es la tierra la que se ha empequeñecido, o somos nosotros quienes hemos crecido” (Paul Morand).

Aunque el turismo, esa acepción moderna y descafeinada del viaje, es un estupefaciente para uso de masas aletargadas, no tanto por la rutina como por esa invencible inercia interior que las arrastra, el viaje, en su sentido tradicional y eterno, es ante todo un viaje interior. Todo viaje que cuente algo, todo viaje que deje alguna huella en nosotros, es ante todo una aventura del espíritu.

Todos los años escribo algún artículo por estas fechas dedicado a los viajes, a las cosas vistas, a los templos y los paisajes que han significado algo para mí, y espero que para mis lectores.
Este año no voy a escribir sobre cosas vistas, sino sobre cosas sentidas, no voy a describir las ciudades visibles sino las invisibles. Voy a profundizar un poco en esa vertiente interior del viaje a la que aluden las citas que abren esta mirada.

Quizás despierte así la curiosidad del lector; quizás le consuele si no están su economía o su ánimo para viajes. El viaje visto así puede ser también un viaje rememorado o soñado.
Javier de Maistre nos invitaba a un viaje en torno a nuestra habitación. Pascal nos reconvenía por salir de nuestro cuarto, asegurando que de ahí le venían todos los males al mundo.
Paul Morand observaba que viajar constituye la manera más agradable, menos práctica y más cara de instruirse, de ahí que los ingleses hicieran de ello una especialidad.

Para los tibetanos, el viaje definitivo es una inmersión sin retorno en los abismos y paisajes interiores, en los paraísos o infiernos que a lo largo de la vida hemos construido en nuestra alma.
Italo Calvino fue un fabulador extraordinario que escribió un libro bellísimo titulado “Las ciudades invisibles”. Ese fue durante años unos de mis libros de cabecera, y, averigüé luego, lo fue también del pintor Pedro Cano, quien dedicó al libro una magnífica serie de acuarelas.
“Las ciudades invisibles” es un tratado descriptivo de geografía imaginaria. Un catálogo de ciudades soñadas, poéticamente descritas en sus páginas.

El potencial imaginativo de la obra es inagotable, aprovechando la ocasión para recomendarle al lector que se haga con él lo antes posible, y este verano, esté donde esté, lo lleve consigo.
Sabrá así de Zaira, la de las inmensas escalinatas, de Isaura, la de los mil pozos, de Zobeide, con su luz blanca y sus calles que dan vueltas como hilos de un ovillo, de la gran esfera azul de Fedora, de Armilla, no se sabe si en construcción o en demolición, de Cloé, de herméticos habitantes cuyas miradas se recogen en abanicos, de Valdrada, que son dos ciudades, una real y reflejada la otra.

Le llegarán noticias de Bauci, cuyos invisibles habitantes viven en las nubes, de Eutropía, cuyos residentes abandonan constantemente barrios enteros, para ocupar otros deshabitados hasta el momento, de Adelma, donde las gentes recuerdan invariablemente a personas que han muerto, de Eusapia, donde un ejército de encapuchados organiza con cadáveres escenas de las vida cotidiana en los subterráneos de la ciudad.
Conocerá la existencia de Mariana, la ciudad aparentemente perfecta que contiene un reverso tenebroso, de Irene, la ciudad que sólo puede verse de lejos, y a la caída del sol, de Aglaura, lugar sin encanto, y, a ciertas horas, lugar incomparable, de Esmeraldina, donde la distancia más corta entre dos puntos no es la línea recta sino la quebrada en zig-zag, de Perinela, proyectada para un urbanismo perfecto; la ciudad ideal que, inexplicablemente, sólo produce monstruos.

Estas maravillas y otras más esperan impacientes al lector que recorra las páginas de Calvino.
Pero, a estas alturas, el lector, perspicaz y sensible, como yo le supongo, ya se ha dado cuenta de una cosa: algunos de esos lugares fabulosos que le apunto ya les resultan familiares. Es como si ya hubiera tenido encuentros, fugaces, quizás, puede que apenas intuiciones o atisbos, con algunos, quizás con todos ellos.

Es verdad, y certeras son sus sospechas. Las ciudades invisibles existen, pero no en la Tierra Media de Tolkien o en el Reino Fabuloso del Preste Juan.

Existen, o laten, bajo la piel de cualquier ciudad nuestra, superpuestas como estratos ideales a los entornos que nos son más familiares. Para salir al encuentro de las ciudades invisibles, y efectuar la más fabulosa expedición del descubrimiento de otros mundos, basta con echar a andar y cambiar la mirada, o, más bien empezar a ver simultáneamente con los ojos del cuerpo y del alma.

Le invito al lector a que viaje a esa ciudad que le gusta y conoce, o a esa que no conoce aún y con la que soñó siempre, o a esa otra ciudad en la vivió, o que visitó con placer y felicidad un día, con los ojos internos de la memoria ensoñadora y despierta, si físicamente no le es posible.

Y conocerá, si hay libertad, amor y atención en su mirada, que cada ciudad son muchas ciudades, suspendidas del cielo y de las nubes, viviendo en los reflejos del agua, en los oros del crepúsculo, en los vientos y las nieblas, en las siluetas que dibujan la luna y las estrellas en la noche, en la gracia y el estilo de sus mujeres, en sus estruendos, sus rumores y sus silencios.

Descubrirá que los nombres, los emplazamientos fijos y la geografía son, ante todo, convenciones sociales, y que, por mucho que vuelva a esos lugares amados, nunca son los mismos, o mejor, siempre son los mismos y otros, y, cada vez, le esperan con una revelación diferente…

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