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Lo que hace la calor ¿o no?

Vamos a tener que pensar que, efectivamente, el calor, o la calor, que se dice por estos pagos, agita la mente humana. El astro Sol, que por estas tierras se muestra muy generoso, puede jugarnos malas pasadas con eso de las insolaciones mentales. Bueno, a unos se la calientan y a otros se la ponen calenturienta. Me refiero a la mente.

Y no sabemos lo que es peor. El calentón, cuya enfermedad es de patología psicosomática por cuanto afecta a la mente y al cuerpo –bueno, a una parte concreta del mismo- es un peligro cuando no tiene con qué enfriarse. Pero al calenturiento, cuya afección tiene su raíz exclusivamente incardinada a la sesera, hay que echarle de comer aparte.

Hay mentes –no vayamos a entrar en si más o menos prodigiosas- que en cuanto llega el verano, y la calima propia de estos meses, se revuelcan que es un gusto en el mar de las disquisiciones. Vamos, lo que cualquier castizo con lenguaje poco académico despacharía con la sentencia de que se dedican a hacerse pajas mentales; y a veces –eso ya lo añado yo-, hasta con orgasmo incluido por el placer que deben proporcionarles sus elucubraciones.

Como casi todo lo que acontece últimamente, pareciendo haber quedado instituido lo de usar y tirar, prácticamente nadie –ni informadores, ni articulistas, si siquiera en la sección de cartas de los lectores en los periódicos- ha dicho ni comentado nada sobre aquella idea de ampliación y homogenización europea de la jornada laboral.

Casi se estaba quedando obsoleta la idea, precisamente porque muy pocos entraros al trapo, y un día, haciendo zapping radiofónico oí, a un empresario de la tierra –y no me refiero a un punto concreto de la Región de Murcia- retomando el susodicho asunto de la jornada laboral. Decía que no es tan descabellado ese horario laboral europeo de …titantas horas, argumentando que no hace tantos años que en España se trabajaba los sábados durante media jornada. Estuvo pelín irónico el locutor al apostillar que también existía antiguamente la esclavitud.

Abundó el susodicho empresario puntualizando que, sobre todo, los funcionarios podrían tener, perfectamente, una jornada laboral de 56 horas. O sea, 10 horas diarias (de 8 a 14 y de 16 a 20) y al llegar el sábado -¡gracias, generoso!-, sólo de 8 de la mañana a 2 de la tarde.

Y digo yo. Dos puntos. En vez de propiciar este horario para el funcionariado, sector que le es ajeno del todo a este hombre, por qué no se lo impone a los trabajadores de sus empresas, ya sean propias, ya familiares.

¿Será que son ya muchos, demasiados, los derechos conquistados por los trabajadores –sobre todo por los funcionarios- y a poco que nos descuidemos se va a caer, como un castillo de naipes, el sistema capitalista, ahora llamado liberal?

Vamos a pensar que son las calores del verano porque de lo contrario, en el caso de que lo haya dicho en serio y se atreva a ofrecer trabajo a quienes estén dispuestos a echar esas 56 horas, a lo mejor empieza a recibir cartas y currículos de ingenieros, arquitectos o biólogos con la expresa aceptación esa jornada laboral.

¿Han pensado todos estos nuevos titulados, y tituladas, que en algunos casos están trabajando por mil euros, que si ofrecen predisposición laboral de sol a sol puede que los llamen rápidamente?. Y con mayores motivos si aceptan, también, la ocurrencia de Voltaire en el sentido de que el único medio de hacer la vida soportable es trabajar sin razonar. ¿Qué más podría pedirse en aras a una productividad de corte neoliberal?

Estad al tanto, jovenzuelos y jovenzuelas, de cuanto se os oferte, sobre todo si esas alfombras de bienvenida conducen a las empresas de estos eruditos de la sociopolítica económica?

Que no, que hasta aquí puedo escribir y que no voy a decir quién es. Que si lo buscan desde las filas neoliberales para ofrecerle un cargo de responsabilidad (?), que lo busquen; yo no quiero ser palanca de lanzadera. Si lo pretenden desde sectores de recién licenciados para remitirle el currículo, que lo busquen también, que no me apetece colaborar con la contratación basura. Y si andan en su búsqueda desde otros rincones y con otros objetivos, pues lo mismo, que lo busquen.

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