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Del odio

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Por José Luis González Cobelo
“La ira engendra el odio, y del odio nacen el dolor y el temor” (San Agustín., De spiritu et anima).
“Es cierto que hay pocas cosas que puedan corromper tanto a un pueblo como el hábito del odio” (A. Manzoni., Morale Cattolica).
“Un hombre se convierte en imagen de la cosa que odia” (A. Einstein., Como veo el mundo).
“Cuando odiamos a un hombre, odiamos en su imagen algo que llevamos en nosotros mismos; lo que no está también en nosotros mismos, nos deja indiferentes” (H. Hesse., Demian).

No es la primera vez que abogo por indagar en la intrahistoria, ese concepto unamuniano de “la historia dentro de la historia”, como recurso para comprender en profundidad el significado y la conexión de los acontecimientos, a menudo atroces, que a diario nos sobresaltan.

Es algo que echo de menos en los artículos de la prensa diaria y en las diversas vías de expresión mediática. Todos ellos se suelen aferrar a la piel de los sucesos, a su inmediatez impactante, con expresiones de rechazo o de interesada comprensión con pretensiones altruistas. Tal es el caso de los filopodemitas frente a los interminables horrores de los fundamentalistas islámicos.
Todos brindan respuestas emocionales primarias acordes con el sensacionalismo truculento de las noticias que se suceden.
Entre los antiguos griegos, había funcionarios-filósofos que se denominaron inspectores de la homonoía, encargados de percibir el grado de armonía o inarmonía existente en el ámbito social, y que podía percibirse incluso en las manifestaciones populares festivas y artísticas en las músicas de moda, en el teatro, la poesía y hasta la arquitectura. Estos inspectores eran como sensibles sismógrafos humanos que detectaban las leves vibraciones que pudieran ser el anuncio de un devastador terremoto.
Nos faltan hoy esos sutiles lectores de la intrahistoria, muy torpemente sustituidos por una caterva de asesores, sociólogos, antropólogos, psicólogos y opinadores profesionales que, poseídos por la fe en sus propias disciplinas más o menos científicas, y por sus lecturas interesadas de la realidad, suelen estar ciegos ante las evidencias latentes tras los acontecimientos, y no aciertan ni cuando rectifican.
El lector tendrá seguramente en la memoria los clamorosos errores de las encuestas sobre el Brexit o las segundas elecciones para el Gobierno de España.
El lector perdonará mi atrevimiento para atribuirme momentáneamente ese papel de indagador del temple de los tiempos que corren, armado con una cierta formación y un sentido común cierto, desprovisto de fidelidades apriorísticas, y no influenciable por lo estúpidamente correcto, y ni siquiera por lo políticamente correcto. Creo que es bagaje suficiente para una primera constatación de urgencia.
Hay algo que está muy mal en nuestra cada día más desasosegada cotidianeidad, y que se advierte en múltiples síntomas aparentemente ajenos y dispares.
Voy a enunciarlo ya a título de hipótesis: El odio, esa enfermedad del alma, ha tomado posesión de nuestro mundo, y no pasa día en que no arrecien sus manifestaciones: violencia verbal y física, conflictividad perpetua, ánimo destructivo y revanchista entre comunidades, clases sociales, grupos con distintas creencias religiosas y políticas, naciones, entre sí y en su seno, con radicalismos y separatismos excluyentes, terrorismos de diverso signo con ataques cada vez más crueles, más sanguinarios, con la continuamente reafirmada voluntad de exterminar a tantos como se pueda.
El odio está en las casas, en las familias: las parejas frecuentemente acaban odiándose y destruyéndose mutuamente, bien mediante una sistemática y continua violencia psicológica, bien mediante episodios paroxísticos de violencia física en los que alguien muere y corre a raudales la sangre. A menudo esa violencia se lleva también por delante a los niños, a los testigos inocentes, y al cabo, el verdugo de su familia, que suele ser un hombre, se ejecuta a sí mismo.
Los hijos atormentan a los padres y los expolian sin consideración, hasta que se deshacen de ellos olvidándolos en residencias o abandonándolos en la necesidad extrema. Los padres se desentienden de los hijos, comprando materialmente sus voluntades a cambio de ignorarlos emocionalmente y en sus necesidades de atención y cariño. Esto cuando no los manipulan para convertirlos en armas arrojadizas en contra de su odiada pareja, de cuya fallida unión son el fruto.
La vida laboral es una guerra: una competición implacable para conseguir los escasos puestos de trabajo apetecibles, con una oferta laboral en la que habitualmente hay que elegir entre la pérdida de la dignidad, si se acepta, y la imposibilidad de subsistir si se rechaza, y en la que por muy miserable que sea esa oferta, siempre hay alguien detrás dispuesto a aceptarla sin rechistar.
Así las cosas, los trabajadores odian a los empresarios que les han proporcionado esos puestos de trabajo mal pagados, y que no ven límite a su explotación, y por su parte, los empresarios odian a los trabajadores, proclamando muy satisfechos que en los tiempos actuales los aspirantes a un puesto de trabajo pueden irse olvidando de los derechos, las garantías y las seguridades de antaño.
El odio está en las calles. Son continuas las algaradas violentas, por las causas más nimias, pretextos válidos para dar salida a la rabia, al resentimiento. Los seguidores de los equipos de fútbol se enfrentan con saña, protagonizando batallas campales en las calles, con heridos graves y destrucción indiscriminada.
Recuerdo a una banda de agitadores, podemitas por más señas, que agredieron con armas blancas a un grupo de jóvenes que acudían en Madrid a divertirse a unas fiestas de barrio. El motivo declarado para el ataque era que vestían ropas de marca; que debían ser borrados del mapa por “pijos”.
El odio ha infectado la política hasta extremos inconcebibles y grotescos. España se ha convertido en el hazmerreír de Europa porque sus políticos, que desprecian y odian a los ciudadanos que les han votado, se hacen la guerra entre ellos, tan solo preocupados por asegurarse sillones y prebendas, en una farsa esperpéntica que va desvelando la penosa realidad de las instituciones del Estado, y se muestran totalmente indiferentes al interés de la Nación y a sus obligaciones como gobernantes.
El futuro del país está en vilo porque unos cuantos individuos irresponsables que se odian y no se soportan, caracterizados por la mediocridad y en algún caso la mala fe, no están dispuestos a ceder mínimamente.
El Estado -Hacienda- trata a los contribuyentes con intimidación y desprecio. Los presupone culpables: los odia.
La desafección primero, la indignación y el odio después, hacia los políticos, se extienden entre los ciudadanos, mientras los demagogos profesionales avivan ese fuego, adoctrinándolos en el odio, que es el fundamente ideológico de la doctrina revolucionaria de extrema izquierda, por mucho que perpetren amorosas cursiladas los lobos con piel de cordero.
Mientras tanto, se incuba en la sombra, ya próximo a eclosionar, el huevo de la serpiente de la extrema derecha virulenta. Próximamente temblaremos con ella, tanto en España como en Europa entera. Sirva de advertencia la recientísima matanza de Munich, cometida por neonazis.
Bueno es recordar aquí, en lo que pretendo que sea un saludable ejercicio de memoria histórica (no tendenciosa, sino de la buena), la fecha, ya pasada pero muy próxima aún del 18 de julio.
En ese día, de San Federico y San Camilo, del año 1936, España se enfangó entera en la más terrible Guerra Civil de su historia. España ardió aquel tórrido verano consumiéndose en odio puro, en una letal voluntad de autodestrucción.
Hay que recordar que unos años atrás, comunistas, anarquistas y fascistas eran una minoría insignificante, con una mínima presencia institucional y social. En pocos años, la corrupción y la incuria de los políticos tradicionales, y el furor proselitista y radical de unos pocos extremistas de uno y otro signo habían dividido España en dos mitades irreconciliables y dispuestas a exterminarse mutuamente. Si el lector tiene redaños, que lea “Los crímenes de la Guerra Civil” del periodista José Antonio Zavala.
Y es que no hay nada más contagioso que el odio, y en nuestra época ha arraigado tanto, se ha propagado tanto, que nuestro tiempo podría calificarse, con bastante acierto, como el tiempo del odio, y nuestra sociedad actual como una incubadora de odios; como una trama o una malla de odios entrelazados.
Tan es así que incluso las actividades creativas y artísticas se ven influidas o afectadas por el odio. Hay algunas, de mucha acogida entre las masas, que son odio puro expresándose, en música (con el rock duro o el heavy metal), en pintura (el muy cotizado arte de muchos grafiteros urbanos), o en muchas manifestaciones artísticas (donde se procura la máxima fealdad o la exhibición de las materias más innobles: heces o cadáveres, incluso descompuestos). Cuanto más vil sea la basura que el artista arroja a su público, más se cotiza.
La cadena del odio es un vínculo poderosísimo, que condena al odiador y al odiado a no emanciparse nunca uno de otro.
Piense el lector en esa tremenda pintura de Goya, una perfecta metáfora del odio, que es el “Duelo a estacazos” en el que se masacran mutuamente a garrotazos dos individuos enterrados en el suelo hasta la rodilla, y sin poder huir el uno del otro. Vinculados por el odio hasta la muerte. Puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que ambos eran hermanos.
No piense el lector que descalifico y condeno a las personas en su conjunto. El odio, como la corrupción y otros males, afecta a una minoría alterada que es como la superficie tormentosa de un océano cuyas aguas profundas permanecen en calma. Creo en la capacidad de esa mayoría de personas buenas; en ese núcleo sano del cuerpo social, para resistir y, a la larga, vencer.
He agotado el espacio disponible, pero no el tema. Volveré al odio, con mucho amor por mis lectores.

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