Aislamientos Lorca

Tengo miedo

Como decía la canción: “tengo medo …” Un miedo, desgraciadamente, racional, pues es la razón la que pone ante mi el terrible mundo que estamos gestando. El armegedón se está manifestando y puede que ya haya sonado alguna trompeta y se haya roto algún sello. Tengo miedo porque estamos en tiempos de conflicto.

Las palabras sobran, carecen de sentido, puesto que, aplicando la tradicional fórmula suassirana, a sus “formas“ tradicionales hay que añadirles nuevos significados. Los acontecimientos de estos últimos años no dejan lugar a dudas y a poco que analicemos cualquier acontecimiento tanto internacional, nacional o local podremos confirmar estos indicios. Israel se defiende (matando niños), al Partido Popular le importa España, lo que los aguileños necesitamos es jugar al golf.

Pero ¿dónde radica esta mutación semántica? ¿Estamos viviendo la hecatombe del lenguaje?. Algunos dirían que sí y culparán, vía recogida de firmas, al “estatut” o a los “matrimonios” homosexuales con la que los socialistas han pervertido el sacrosanto y tradicional lenguaje español presto a desaparecer si no fuera por la no suficientemente agradecida labor de claridad filológico-botánica de insignes pensadores de la talla de Ana Botella: una pera y una pera (mucho más exacta y apropiada unión de forma y significado,¡dónde va a parar!).

Pero a pesar de parecer un anti-español y una persona indecente, creo que, en el fondo, no se trata de una época de reajuste del lenguaje, sino que estamos asistiendo a la muerte de la moral tradicional. Si la entendemos como la define el diccionario: Ciencia de la conducta y de la acciones humanas en orden a su bondad o malicia es lógico pensar que lo bueno y lo malo (lo moral y por tanto lo ético) cambian con los tiempos y las nuevas formas de entender el mundo que tenemos los humanos en cada época.

El problema no es, pues, la semántica o, simplemente, la mentira, sino el mantener las viejas palabras para designar los nuevos valores. Es moral que el Vaticano no ya acoja en el territorio de su Estado, sino que calle o no grite al mundo con la misma, contundente y manifestante voz de sus obispos la inmoralidad de las políticas inmigratorias de los países ricos que hacen que no todos seamos hijos de Dios, como parece que no lo eran esos pobres recogidos por un pesquero español en medio del Mediterráneo y que ningún país cercano (ni lejano) quería permitir que desembarcasen en sus puertos. Es un ejemplo de moral contemporánea el defender la vida y el alma de un embrión pero que sea considerado el sexo, sobre todo el que se practique con condón, como una aberración moral o que no siendo su reino de este mundo traten de imponer sus normas (léase leyes) en él, ¿qué pasó con el rico, el camello y el ojo de la aguja?. ¿Es moral pretender obligar a los demás a vivir como cristianos sin hacerlo ellos mismos? ¿Qué fue de aquello de Dios es amor, poner la otra mejilla, al prójimo como a ti mismo o perdonad y seréis perdonados?

Desde que el Partido Popular perdiera las últimas elecciones generales vemos como se han multiplicado los ejemplos de esta paranoica forma de moral en que viven sus dirigentes como el que ejemplificaría la reciente boda celebrada por Ruiz Gallardón entre dos de sus colaboradores (hombres ellos y del PP, claro), sino por cosas verdaderamente importantes como el escudarse en una moral católica para conseguir que los ricos sean más ricos, por cierto bajo la guía ideológica del neoliberalismo protestante y calvinista y cuyo verdadero eslogan debería se el de “A Dios rogando y el ladrillo colocando”.

Es verdaderamente inmoral (desde el punto de vista de la obsoleta moral preneoliberal) ver como Dios es usado en manifestaciones llenas de obispos y dirigentes del partido popular, como pantalla para el único y verdadero interés el enriquecimiento de unos pocos especuladores inmobiliarios. Es inmoral que se abogue por la venganza como única solución a un conflicto tan doloroso como el del terrorismo, que ésta, la venganza, sea más importante que las posibles futuras víctimas que pudieran producirse de no conseguir acabar de una vez por todas con esta lacra, es inmoral que haya victimas de primeras, aquellas que siguen los dictados y los interese políticos del pp y victimas sospechosas o incluso proscritas como las del 11M, es inmoral pensar que estas segundas no sirvan para poder recalificar más terrenos o conseguir votos.

Tal vez el inmoral soy yo por no comulgar con esta Iglesia ni con la nueva moral del pp o simplemente por no saber usar el lenguaje de la forma filolo-biológicamente adecuada.

Estamos en conflicto, al menos con el mundo que conocíamos, cuando son los rojos socialistas los que ponen la otra mejilla y no contestan con la mismas rastrera contundencia a falaces provocaciones e inmoralidades como las que se vierten constantemente desde fundaciones como la FAES, cuando las manzanas y peras que presentan recurso de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional casan y son casados o cuando admitimos sin la menor sombra de duda que los niños del Líbano sean asesinados por ser peligrosos terroristas. Pero tal vez me equivoco y no hay conflicto más que en mi perversa cabeza y en estas palabras que como misiles Katiusa lanzo contra el pueblo elegido de la Nueva Moral y sean los que más dinero y poder tienen quienes únicamente estén capacitados avalar la moralidad que levanta alambradas en las fronteras mejicanas para protegerse de los hambrientos sudamericanos o muros Palestina que en este caso no sería apropiado llamar, como aquel caído en Berlín de la Vergüenza. Tal vez, una vez muerta la universalidad las normas morales y legales defendida por la ideología ilustrada, la moralidad de los actos sólo dependa de la riqueza que tienen quienes lo cometen, de ahí que Guantánamo y Qana sean un ejemplo de grandeza moral.

Tengo miedo de que pueda tener razón, que lo que yo creo lógica no sea la enajenada percepción de un resentido marginado de esta nueva, igualitaria y justa sociedad, “tengo miedo ¡ay! Mucho miedo.

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