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El tío Eduardo

Aunque ha de revolotear por diversos capítulos de esta pequeña historia, conviene que me centre en un personaje que llevaba en sí la suficiente carga (a veces explosiva) de operatividad como para ocupar más amplio espacio. Tal era su inteligencia solicitada, su hiperactividad, sus descargas eléctricas, el montón de nervios que partían de su humanidad siempre acelerada. Mi tío Eduardo Fernández- Luna parecía tener siempre prisa, urgencia para trasladar a otra parte los papeles que gobernaba bajo el brazo, anticiparse a quien lo esperara en alguna que otra esquina, ansia de fumarse, la lengua fuera, un paquete de cigarrillos entero en breve tiempo o de tomarse un café en Los Mariscos y rematar con otro en El Alhambra a los cuatro minutos de consumido el anterior. Andaba a velocidad supersónica, por lo que le debió ser más dolorosa su vida tras el telele que le dejó disminuido y con bastón hacia el final de su vida.
Al tío Eduardo lo he ligado en alguna ocasión a los años de bachillerato silvestre y rupestre, a los duros años de aprendizaje en la Academia Urci de la que fue fundador con algunos otros; y en alguna manera lo he incluido –invitado podría señalar- a participar en comidas o cenas familiares, especialmente las navideñas, en donde sacaba a colación su ingenio, su sentido del humor, su ácido sulfúrico, si tenemos en cuenta que sus frecuentes pullas rebasaban la mediocridad y la prudencia de la pequeña burguesía pueblerina, de ese tono tranquilo y sosegado en donde la ironía es mala compañera. Pero el tío Eduardo, que había sido activo y fogoso falangista -de Hedilla- durante la guerra se había hecho licenciado en Filosofía pura, por libre en la Universidad de Murcia, tal como se hacía en aquellos días en los que se podía, tal cual era, oficial de correos por la mañana en la calle Aranda y desempeñar ardua labor académica por la tarde. El tío Eduardo se movía bien en los lances de ingenio, le sacaba punta a las cosas, no descuidaba la ironía, gozaba de buena memoria, gustaba del jarabe de pico y aventuraba incluso coplillas y versos, lo que me hace barruntar que en algún momento de su vida había entrado en contacto con la palabra escrita, tal como lo había hecho su hermana la escritora Concha Fernández- Luna. Disponía, y era raro y extraño en aquellos días, de biblioteca, con clásicos de buena ley (Lope, Calderón, Cervantes) y no estaban ausentes los libros de los pensadores. Vivía junto a la tahona y tienda de los Perula y del Azafranero, al pie del castillo, en aquellas viviendas oscuras y lóbregas, en las que se pasaba de un dormitorio a otro sin espacio de continuidad, sin tabique por medio, de tal manera y modo que era posible sentir la respiración ajena, el silencio de la noche y algunas indignidades que salen del alma y del cuerpo.
El tío Eduardo, aparte de profesor de francés, lengua y literatura, latín, filosofía y algunas otras, se caracterizaba por tener carácter, cosa infrecuente en aquellos días en los que no se podía pensar por libre, en una tierra amaestrada por la dictadura. Nervioso hasta extremos intolerables, pendiente de un resorte que lo proyectaba de continuo, fumaba empedernidamente en clase y fuera de ella cigarros que él mismo, cuando cierto movimiento nervioso no se lo impedía, liaba con afán y ahínco. Un rápido movimiento de la lengua por los labios para mojar el papel, era el tirón final para aprestarse a fumar con ansia plena. Mi hermano Máximo y J. Antonio Carrillo lo había bautizado, en el argot de los estudiantes, el Polvorilla, un apodo que le ocultábamos a mis tres primos, Eduardo, Máximo, llamado Panchi familiarmente, y José Ignacio, por supuesto a mi tía Celia, una repostera de postín, alguien que se ha dedicado toda su vida a endulzar la vida de la familia Fernández- Luna con su eterna sonrisa, su buena sombra y con sus tartas exquisitas de limón, de manzana, de lo que fuera, que siempre daba gusto subir la pina escalera, pasar el comedor que se convertía en aula y llegar al final de la casa, a su cocina, y llegar al lugar en donde podías degustar los más exquisitos manjares.
El tío Eduardo cojeó de pasión por el negro café y por el Atlético de Madrid, un virus o sentimiento que heredó su hijo mayor, Eduardo, más tarde convertido en inspector de Trabajo con los socialistas. Lo que nos viene a decir dos cosas: que los jóvenes cachorros del franquismo nos fuimos torciendo bajo la preocupada mirada de la generación anterior, esa que no había querido manifestarse por temor, esa que había hablado de la guerra en tono bajo, para que no supiéramos lo que había ocurrido. Y segundo, que la inclinación hacia un club deportivo proviene de unos orígenes atávicos que no son fáciles de discernir, y entra en la escala de lo irracional pero se mantiene de actitudes genéticas. Si tuviera que definir al tío Eduardo, con su bastón a cuestas, su eterno cigarro en la boca y el café en el inmediato pensamiento, no dudaría en acudir a una frase que antes se estilaba mucho y que ha desaparecido del mapa aguileño desde hace mucho tiempo: “listo como el hambre”. Vivo e ingenioso, presto a la chanza y al torpedeo intelectual, amigo de enseñar los silogismos del pensamiento, las 1500 obras de Lope de Vega o los verbos polirrizos, pero también incapaz de expresar por qué razón de ser se ha de ser fanático de una ideología desmochada o de un club como el Atlético de Madrid. Pero eso si son misterios de la vida.

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