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Los mandaos

Yo no sé si la infancia es el tiempo de la felicidad y de la inocencia o el de la crueldad y la estupidez, pero tengo muy claro que fue el tiempo de los mandaos, dicho de otro modo, de los recados que nos obligaban las madres en todo momento y en toda ocasión, en verano o invierno, lloviera –pero poco- o hubiera continua sequía. Y así como hay había mandados agradecidos, que nos gustaba hacer, y venturosos, los había desagradables y enojosos, tal como ocurre con las cosas de la vida. Hay que decir que en primera instancia hay que ser diligente y tener buena sombra para ser chico de los recados, para aceptar las muchas órdenes que procedían de las enérgicas voces de las madres –convertidas en auténticas tiranas de la casa- y algunas otras que procedían de los imperativos categóricos de los padres, a los que no podíamos refutar, negar o retrasar porque podíamos llevarnos como fieles compañías un buen sopapo. Así que si el padre nos mandaba al quiosco de Manolo Gris para recoger La Verdad o El Línea, poco tardábamos en apresurarnos, sobre todo porque de paso si habían venido las estampas de los jugadores, pero si la orden procedía de las madres, mucho más atosigantes, y se elegía un producto de la cocina, cabía la posibilidad de escaquear el bulto, de volver sobre nuestros pasos, desaparecer del mapa de la casa por espacio de media hora.
No voy a tratar de clasificar aquellos mandaos que se ejecutaban con ganas y aquellos otros que debían efectuarse sin gusto, antes bien con cierta repugnancia. Tampoco voy a tratar de establecer un corpus en torno a la obediencia ciega o la espabilada pero hay que añadir, sobre todo cuando se relaciona con esta última, que si disponías de cierta habilidad cabía la posibilidad que el encargo recayera sobre otro hermano, que algunas ventajas había de tener el hecho de ser familia numerosa: con un poco de suerte te librabas de la encomienda, la traspasabas al siguiente, al poco precavido o al que pasara por allí, que no siempre se debía realizar el traslado de manera inmediata, antes bien solía haber aviso previo, preparación con antelación para que a continuación tuvieras que desplazarte con vía de urgencia a la tienda de Miguel Florenciano a por un paquete de arroz o a por unas onzas de chocolate para la merienda de la tarde que ir al horno de la Cuesta del Caño con un asado de patatas y carne, problema doble porque no sólo lo llevabas sino que tenías la obligación de volver para recogerlo a la hora indicada por el encargado, el maestro José, aunque ya sabías que siempre era para “las dos de la tarde”, hora en la que tenía lugar la comida.
Lo peor no era el recado primero sino el repiqueteado, que podía consistir en traer carbón para el brasero de Pepe y volver al mismo sitio para que te diera unos tizones o unos leños para proceder al encendido media hora más tarde; por no decir las veces que había que bajar desde un segundo piso a la tienda del Siglo de los Manzanera por una aguja y volver de nuevo para un dedal. Esos pequeños mandados marcaron nuestra infancia errante, lo mismo que los viajes a las casas de los familiares más cercanos porque uno de ellos había hecho un plato de tal naturaleza y quería que lo probaran en la otra casa. Así que debíamos ir a casa de los abuelos, a casa de los tíos o de la tía Tomasita o de la tía Antoñica, a casa de Manuel Arranz, mi padrino, porque había regresado de Linares y traía un pequeño obsequio o a casa de los vecinos porque Mercedes, la madre de los Alarcones, había hecho una fritanga que subía desde la cocina de abajo e impregnaba toda la vivienda. Pero los había a grandes distancias, por ejemplo para llevarle un poco de olla gitana a Caridad, una amiga que funcionaba como una tía, y que vivía al pie del castillo. Para una vez realizada la operación saber que había otra ración similar para aquella otra lejana pariente que vivía en la calle Aranda, en una extraña habitación separada por cortinas que hacían de biombos. Teníamos la recompensa de ver por allí deambular gatos de muchas clases, pero otras veces el encargo nos llevaba a tierras más alejadas si tenemos en cuenta que cuando una madre hacía una empanada de atún y pimiento, medio pueblo tenía derecho a saborear con placer la ofrenda pulcramente confeccionada. No recuerdo ahora si era para engrandecer la reputación de cocinera o si lo era para que nosotros tuviéramos que estar siempre orientando la brújula hacia oriente u occidente. Lo cierto es que ahora, cuando regreso la vista a los tiempos pasados, me veo peregrinando de la farmacia a la relojería, de la tienda de ultramarinos a casa de los primos, de la plaza de abastos a la tahona. Y siempre llevando algo en las manos.

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