Periódico con noticias locales de Águilas, Lorca y Puerto Lumbreras

Serpientes de verano, víboras y cruzadas

Rimbombante, pomposa o presuntuosamente -que, al fin y al cabo, lo mismo da que lo mismo tiene, y tanto monta, monta tanto-, sus promotores suelen referirse a ello como iniciativa cuando, en realidad, más se asemeja a una campaña, vocablo éste, por cierto, con sinónimos tan elocuentes como cruzada o maniobra. Y a veces, por lo burdo de la cosa, pierden todo ese empaque y sólo llegan a ser tretas, movidas o culebrones noveleros.

En ocasiones, y por aquello de su poca duración, reciben el nombre de serpientes de verano. Y lo mismo da que aparezcan en mayo, cuando todavía no se ha apoderado de la situación la canícula veraniega, o a las puertas del otoño, una vez superados los veranicos de los membrillos y de San Miguel. También es verdad que a veces, más que serpientes, parecen víboras, pero también mueren, se extinguen o desaparecen.

El caso, se mire por donde se mire, es que la sociedad española –no se si también las de otros países- vive instalada en una vorágine cuasi intempestiva. Cualquier hecho, debidamente publicitado, anula al anterior. Y a poco que se descuide, se verá solapado por el siguiente.

Y el motor de todo ello utiliza como combustible esos poderes a los que se les denomina fácticos. O sea, aquellos que, según la Real Academia Española, se ejercen al margen de las instituciones legales, en virtud de la capacidad de presión o autoridad que se posee.

Llámele cada cual como mejor le cuadre a su materia gris y échese la vista atrás a ver qué fue de alguna de aquellas serpientes. O víboras. La cruzada, como si de contra tirios y troyanos se tratara, en pos de eso que sus promotores dieron en bautizar como defensa de la lengua común.
La lengua de cada grupo humano es algo tan sumamente enraizado que nada ni nadie puede anular. Cuarenta años de dictadura y opresión idiomática no lograron extinguir el uso de las lenguas propias de catalanes, vascos o gallegos; y por las mismas razones, o más, ya que esa lengua común está mucho más extendida, a algunos no nos entra en la cabeza esa desazón que están enarbolando algunos sectores sociales muy determinados y perfectamente posicionados.

Uno de ellos, la llamada Mesa del Turismo, se sentía temerosa y preocupada porque, según sus prohombres, relegar el castellano daña la imagen del sector. ¿Nadie se ha parado a pensar en el potencial turístico de la Costa Brava, el Pirineo Catalán, las playas del País Vasco o Santiago de Compostela y las Rías Gallegas?. ¿A qué viene esta algarabía?. Parece haberse olvidado que los símbolos turísticos del franquismo, Benidorm o Marbella, fueron verdaderas apisonadoras del castellano. O del español, como se decía entonces y muchos siguen prefiriendo. Algún humorista de la época paseó el chiste del hostelero que, un poco harto de lo que tenía alrededor, colgó en la fachada de su establecimiento el cartel de “se habla español”.

Han pasado apenas un par de meses y ni palabra aparece ya en la práctica totalidad de periódicos sobre si aquella defensa numantina de la lengua común ha logrado la victoria que buscaba.
Pero lo triste es constatar que quienes tanto dicen defender el general conocimiento y uso de la lengua común -con la fuerza que parecen tener y el poder fáctico que enarbolan- podían haber emprendido una campaña, no cruzada, por la buena y correcta utilización de esa lengua común, tan vilipendiada, por ignorancia o desconocimiento, por mucha más gente que la preocupada por eso del uso.

Porque si preocupante es que la gente normal, lo que llamamos el ciudadano de a pié, no utilice con una mínima corrección la hermosa lengua de Cervantes, Quevedo, García Lorca o Machado, triste, muy triste es que personas a las que se les supone una formación media-alta, nos vapuleen a diario con auténticas patadas al diccionario de esa tan cacareada y defendida lengua común.

A ver si va a resultar que de lo que se trataba era de eso, de presentar en sociedad, más que una iniciativa, una cruzada o maniobra cuyos objetivos no eran estrictamente lo que decían ser.

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