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Estampas romanas. La casa de los Dioses.

Aún sigo en la rutilante estela de las actividades lúdicas y esenciales del verano. Ya me lo perdonarás, lector. No tengo ganas de encararme con las turbulencias del día a día, tan ominosas, tan repletas de desastres habidos y anunciados, que, a la vista de la incuria, la ineficiencia y la irresponsabilidad puestas de manifiesto en la tragedia de Galicia, caerán con la misma inexorabilidad de los cuerpos inertes sobre nuestras cabezas. Otro día que esté más resignado enfocaré la “Mirada” sobre esta desolación circundante, sus causas evidentes y sus improbables remedios.

Otro día, pero no hoy. Hoy no voy a hablar de lo que está mal, sino de lo que está muy bien, voy a mirar con amor y nostalgia hacia las cosas bellas y buenas que configuran nuestro común patrimonio cultural y humano.

Escribo estas lineas, amigo lector, bajo los efectos atenuados pero persistentes de un síndrome de Stendhal, apacible y controlado para evitar vértigos, pero con todo su poder estimulador y revulsivo intacto.

Es el caso que durante varios días, he saludado mañana, tarde y noche a uno de los cinco o seis edificios más importantes del inagotable patrimonio monumental romano: el Panteón; la casa de todos los Dioses. Su mole opaca y armoniosa ya estaba ahí en las mañanas, al salir del hotel, invitándome a consagrar el día, con sus regias puertas de bronce abiertas, antes de que diera comienzo la avalancha humana que lo visita, y, los Dioses me perdonen, lo profana con su atropello, su prisa y su común ceguera para la belleza.

Yo obedecía siempre a esa orden muda que recibía, y acudía a su espacio interior; ese tambor armonioso con sus decoraciones clasicistas y sus frescos renacentistas, como la delicadísima Madonna de Lorenzetto bajo la que descansa, en sobria tumba, Rafael. Atravesaba el majestuoso pórtico, franqueaba las altas puertas y acudía directamente a bañarme en la luz lustral de la mañana que se derrama como un manantial de gloria por el óculo, yendo a esas horas a besar con su esplendor a la Madonna.

Luego seguía con mi deambular de viajero dispuesto siempre a dejarme seducir, y al regresar a mediodía, la penumbra de su pórtico era una promesa de frescor punteada con el rumor de la fuente del obelisco que marca el centro de la plaza de la Rotonda. A esas horas, el óculo se convertía en un foco radiante, en un haz vertical que incidía sobre el suelo curvado de mármoles polícromos, siendo los círculos concéntricos de casetones como superpuestas coronas de intenso claroscuro ascendiendo hacia la luz.

A la caída de la tarde, el contraste entre el pórtico monumental, con sus columnas destacando en claroscuro y la ciclópea y opaca masa cilíndrica que lo apoya, con una cúpula airosa, levemente rebajada, perfecta en su desnudez geométrica, todo ello suavemente delineado por la luz declinante, ese contraste digo confería entonces al templo una intensidad de presencia y un poder telúrico irresistibles. Todo ello magnificado por la indiferente benevolencia con que sus basamentos y pretiles acogen a peregrinos fatigados y amantes innumerables, que a su vera se arrullan, como oficiando un inconsciente acto de adoración a las fuerzas de la vida; una liturgia pagana revivida con esplendor nocturno y lunar.
La luna romana emergiendo majestuosa sobre la cúpula, tal como yo he tenido ocasión de verla, representa una conjunción de cielo, tierra y Dioses donde se manifiesta el absoluto, haciéndote sentir que ese momento es esencial, que estas en el tiempo correcto y el lugar adecuado, y que lo demás no importa…

Por si lo ignoras, o lo has olvidado, amigo lector, te describo en términos objetivos como es este edificio. Para empezar, has de saber que es uno de los más sencillos- en apariencia- que cabe concebir: un pórtico con ocho columnas al frente y un frontón triangular adosado a un tambor cilíndrico de ladrillo, rematado por una cúpula de casetones interiores con un óculo central. En el interior se puede inscribir una esfera tangente de 43,30 m. de diámetro.

El óculo, por su parte, tiene un diámetro de 8,92m., pequeño comparativamente con respecto a la cúpula. Los casetones internos se muestran desnudos, moldeados con precisión con un hormigón de piedra porosa. El bronce que lo recubría inicialmente puede hoy verse formando parte del baldaquino de Bernini en el Vaticano. Es en su estado actual fruto de la reconstrucción de un edificio anterior efectuado por Adriano hacia el 118 d.C. Es el único edificio de la antigüedad que nos ha llegado esencialmente intacto.

Y este edificio tan antiguo, amigo lector, es tan importante porque es el más moderno del conjunto monumental que podemos admirar en Roma o cualquier otra ciudad. Es el ejemplo supremo de la Arquitectura sacralizando a la Naturaleza. La cúpula es en realidad la mitad de una esfera virtual de platónica perfección de la que forma parte la totalidad del templo, asentada sobre otra esfera mayor, la Tierra, significada por la curvadura del suelo. A este interior se abre el óculo central de la cúpula- también circular- creando una conexión mística con el cosmos. Los elementos que lo atraviesan: el haz de un rayo de sol, un rayo de luna, la lluvia, etcétera, se manifiestan transfigurados en la caja de resonancia de la cavidad interior del templo.

El panteón es el espacio grandioso- sin pérdida de la escala humana- y solemne – sin caer en lo sombrío, en lo tenebroso- donde el espíritu se abre naturalmente a esta revelación, totalmente intemporal y muy afín a la que provoca la iluminación Zen: que TODO ES SAGRADO, que lo absoluto está aquí y ahora, que permanece latente en lo más común y corriente.

En el panteón, la arquitectura consigue devolverle al mundo su dimensión sagrada, filtrando la realidad sin negarla. Lo mismo intentan las mejores arquitecturas contemporáneas de un Louis Kahn, un Le Corbusier, o un Tadao Ando, y tantos más…

Es interesante el contraste entre la luz hiperreal que atraviesa el óculo del panteón y la que filtra la vidriera gótica, que transforma la luz del mundo en una luz mística del más allá.

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