Periódico con noticias locales de Águilas, Lorca y Puerto Lumbreras

Don José Martínez Flores

Mi curriculum escolar, tal como indiqué, lo comienzo con las monjas en el hospital de San Francisco. De allí, presiento, entre aleteos de gaviota de las tejas monjiles, apenas entresaco niebla y luz en los ojos. Y apenas encendidos los ojos, me veo, alzando la mano, cubriendo los hombros, cantando –la verdad es que no se me a dado nunca entonar bien- El Cara al sol de los recios franquistas antes de penetrar en el desvencijado recinto de las Escuelas Nuevas, allí donde contemplé por vez primera el mayo de las flores. Y luego, por arte de birlibiloque, sin mediar conformidad, me diviso en la clase privada y particular de doña Amalia, blanca y candorosa, amable y sencilla, antes de caer en las garras de su esposo don José Martínez Flores, como tendrán ocasión de saber, en su casa situada enfrente de la de don José Arcas, el médico de RENFE, padre de Carmen y Faustino Arcas, al lado del frondoso ficus de la Glorieta, ese que ya mordía con furia las losetas, hasta dejarlas levantadas, del suelo de la clase.
Recuerdo poco las primeras clases, tampoco los primeros miedos de estar en clase con nuevos compañeros y nuevos profesores. Apenas recuerdo los primeros trazos de la letra inglesa, las interminables caligrafías y la buena disposición para no rebasar las líneas del papel pautado que comprábamos en la imprenta Alarcón, lugar que nos surtía de todo el material escolar que, como pueden imaginar, no pasaba de una pequeña colección de lápices de colores Alpino, un lápiz de punta fina y poco más, ya que no existían por aquella época libros de texto ilustrados. Solo al fin, cuando nos empinábamos, empezaron a aparecer las enciclopedias Álvarez que contenían en escasas páginas todo el saber del mundo, desde el origen divino del universo hasta la resurrección del Caudillo en forma de nuevo Dios. Así que la vida académica se nos deslizaba entre palotes, letra inglesa, buen pulso y tinta de fuchina que nos proporcionó más de un borrón. Y los secantes cercanos, para tragarse los horrores.
No recuerdo mucho del paciente aprendizaje de Doña Amalia en la clase de los cagones, de los pequeños, en una habitación opaca, con un punto de luz que daba a la misma y luminosa Glorieta. Recuerdo las dificultades para ir al servicio en aquellas dependencias caseras, pues debíamos bajar las escaleras del piso superior, descender a los recintos privados del matrimonio Flores –ocupados a veces por sus hijos Rogelio y Alberto- y volver a subir siempre en silencio porque si algo temíamos, no era otra cosa que la furia desordenada de don José, el marido, quien impartía las clases de ciencias y matemáticas en su despacho de abajo y tal como oía ruidos, alboroto, voces o movimiento de bancas o pupitres, con una celeridad impropia de su edad, con un sigilo que para sí quisieran los zorros, siempre en zapatillas, se encaramaba a la cima de la montaña y comenzaba a repartir suculentas galletas, pescozones, tirones de orejas y otras torturas más apremiantes como la técnica del llamado y temido tambor, una técnica que había perfeccionado de tal manera que parecía haberla patentado y de la que se derivaban derechos de autor. El recurso consistía en meter la cabeza del paciente entre sus piernas, elevar el culo, y allí, sin palillos ni objetos de percusión, con sus amplias manazas, batía la delicada piel de nuestro frágil trasero. Cuando llegaba, como un oso o un orangután orgulloso y fiero, al segundo piso, a las dos habitaciones superiores en donde aposentábamos los imberbes nuestra ignorancia, se esparcía el terror entre los pobres afligidos que aguardaban sin impaciencia el duro castigo.
Tal miedo teníamos de pequeñitos que recuerdo a un compañero, cuyo nombre me solicita que no lo mencione, antes que pedir permiso para ir al retrete –fina voz que mencionaba los escasos aseos que por aquella época existían- levantó, con la ayuda de los ficus, dos losas y allí mismo enterró sus miserias personales, hecho que vino a despertar una investigación secreta de la que no tengo noticia se resolviera. Lo cierto es que el caudal de ácido úrico, con su fuerte olor, había proporcionado las tradicionales goteras, frecuentes en los tejadas de las casas antiguas y había descendido al piso inferior, el que ocupaba precisamente don José.
Debo decir que las clases de Don José Flores, ingeniero republicano confinado por la dictadura franquista, atormentaron durante mucho tiempo mis estrechas neuronas científicas. Debo confesar con rubor que nunca tuve debilidad matemática ni me estremecí ante el análisis de la condición biológica; debo decir que no pocas veces me sentí mísero y desvalido ante la pizarra y ante sus muchos conocimientos, ante su sorna, en su viejo despacho, cuando pasé a recibir las clases de bachillerato a la corta edad de diez años. Debo asimismo llamar la atención de mi terror ante los quebrados, ante la ecuación de segundo grado o al género que pertenecen los moluscos, pero de la misma manera debo confesar, una vez que me hice doctor en Filología Hispánica, que siempre se me grabó a sangre en el alma la raíz cuadrada, que soy, en contra de lo que podría aparentar, adicto a la enseñanza, tal como ahora la estamos viviendo, a imagen y semejanza de aquellas clases en donde los profesores eran mitos vivientes. Puede que algo fieros y sin muchos recursos pedagógicos ni con gabinetes de orientación, puede que con métodos rústicos y agresivos, pero puede que fueran necesarios en los tiempos actuales para retomar los caminos de la auténtica ciencia. Muchos hombres como don José Flores serían ahora preciso para cambiar los afligidos derroteros de la triste y blanda pedagogía que padecemos.

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