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La verdadera historia de Pigmalión

Es bien conocida la leyenda, y no es momento de referirla ahora. La pedagogía de los tiempos de nuestros abuelos no se cansó de hacerlo, Bernard Shaw la llevó al teatro, y los irónicos y los cursis le sacaron, cada cual por la parte que les es propia, todo el jugo posible. Quien se decía Pigmalión llamaba Venus o Diana a sus pupilas, soñaba con idealizaciones apolíneas o furores dionisiacos, aborrecía los excesos pánicos y encendía velas a Clío o a Melpómene para ser guiado por la senda correcta.

Pese a ser un lugar común de la sensibilidad y el barniz cultural de una época, la historia real es mal conocida. Dejádme deciros dos palabras al respecto, ya que lo que sé, lo sé de buena tinta, aunque no vaya a referiros mis fuentes. Como se decía también, la verdad es la verdad, venga de Arquímedes o su porqueo.

Sabed que Pigmalión era un honesto cantero de segunda, estimado para la realización de trabajos artesanales, pero él, en su fuero interno, se sabía artista. Todos los días ofrendaba sus plegarias a los dioses -no otra cosa ya que era pobre- para que le fuera dada la ocasión de desplegar su talento, de producir una obra a la altura de su genio. Al fin la ocasión llegó, y Licaón, tirano de Lacedemonia encantado por la habilidad desplegada por el cantero en la ejecución del friso de un templo dedicado a las Gracias, le hizo el encargo de su vida. Licaón tenía sueños recurrentes, y en ellos, una emisaria de los dioses, una bellísima muchacha de cabellos de oro y ojos de mar, le señalaba el camino hacia un jardín recoleto donde hallaría su fortuna.

Licaón deseaba dar forma a su sueño, y le habló a Pigmalión largamente, en los términos más encendidos y entusiastas. Pigmalión escuchó durante horas, en silencio, dejando que las ardientes palabras de su mecenas sembraran su semilla en su alma receptiva.

Pronto se puso manos a la obra, y se aplicó a ella con todo su ánimo, con todo su saber, poniendo toda el alma en cada golpe del cincel, maravillándose de la belleza y el esplendor que, lentamente, emergían del bloque de mármol. Lo que era un volumen masivo y ciego encerraba dentro, aprisionada entre vetas y fragmentos sobrantes, la más bella de las formas concebibles. Y él, Pigmalión, era su descubridor, su liberador, con las solas armas de la pericia, la voluntad y la constancia. Al fin, después de meses de labor agotadora, la obra quedó casi completa. Para cualquier profano ajeno a su taller, hubiera sido ya una escultura espléndida de una joven y bellísima mujer. Pero Pigmalión no estaba satisfecho. Los blancos ojos de la estatua, de suave mármol del Pentélico, no eran los profundos ojos de mar de la joven de los sueños de Licaón. Eran unos ojos planos y fríos, que no trasmitían la impresión imborrable que tanto había recalcado su cliente.

Pigmalión, en pleno bloqueo creativo, se pasaba las horas muertas ante su creación, tratando de hallar una solución para su problema. La policromía añadida era una alternativa banal y tosca, indigna de su genio. Tenía que haber otra manera, que hablara del mar y del alma, actuando directamente sobre el mármol. Se sabe que, la última noche en que Pigmalión fue visto, se encerró en su taller, fuertemente iluminado con candiles de aceite.

Al día siguiente, encontraron una estatua de mármol del Pentélico, en todo semejante a Pigmalión, erguida mirando un pedestal vacío. Las cuencas de los ojos de la escultura estaban vaciadas, como si se hubiera previsto colocar en su lugar unas piedras de diferente naturaleza.

Nunca se supo más de la obra maestra que Pigmalión no había llegado a terminar…

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