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El efecto Guggenheim

En mi anterior “Mirada” traté de hacerte sentir, amigo lector, algo del infinito placer estético de la contemplación; y de la paralela confirmación íntima de que, como decía genialmente Hölderlin “de allí donde está el mal surge lo que salva”. Ese lugar salvador, donde también se ubica el origen del mal, es la condición humana.

En el espacio mítico, mágico e intemporal del Panteón romano, sentí que el hombre nos salva del hombre; que es posible renovar el pacto con la vida, que la guerra interminable con “el mundo, el demonio y la carne” puede pararse y es viable buscar una paz negociada.

Hoy te propongo otra excursión, lector. Empieza como un cuento viejo.
Érase una vez una tierra orgullosa; un país brumoso y verde, de navegantes osados y astutos como Ulises; y de constructores y metalúrgicos industriosos y activos como Nibelungos. Érase una ciudad a caballo sobre una ría de un mar bravo, activa y floreciente, con fábricas y astilleros.

Un buen día, un príncipe de lejanas tierras, Thomás Krens era su nombre, decidió promover una obra extraordinaria, en el herrumbroso corazón de aquella ciudad activa. Allí se levantaría un edificio que sería más que un edificio: sería la encarnación del espíritu del tiempo nuevo; una catedral de finales del siglo XX desde la que se pudiera entender y conocer la riqueza, complejidad y diversidad del arte contemporáneo.

En un lugar decaído, junto a la ría, donde había estado en otro tiempo el centro de la actividad industrial y naviera de la ciudad, ocupado por ruinas industriales y naves vacías; allí, en medio de aquella decadencia, él, Thomás Krens, director de la Solomón R. Guggenheim Foundation, obraría el milagro. Un milagro que no había sido posible anteriormente en Venecia y Salzburgo.

Convocó para ello a tres de los más grandes arquitectos del mundo, en un concurso restringido: un norteamericano, un asiático y un europeo. Ganó el norteamericano, llamado Frank Gehry, con una propuesta elaborada con cartones de embalar plegados que configuraban una curiosa maqueta de formas alabeadas y huidizas. Durante dos años, ese curioso objeto se convirtió en un impresionante conjunto de más de 50.000 planos, con la ayuda de un programa informático que convertía sus complejos volúmenes en plantas, alzados y secciones medidas y acotadas, articulando el juego creativo del arquitecto en una elaboradísima estructura constructivamente viable.

Y al cabo, la obra pudo iniciarse y llevarse a cabo. Y en sustitución de abandonados y cochambrosos almacenes, se alzó un gigantesco y deslumbrante objeto, duplicado por las aguas serenas del estanque y la ría junto a las que se levantaba. Ese objeto era, por su descomunal escala, un edificio monumental, pero también era muchos edificios, curvados, como suavizados por el lento comienzo de una danza grave; y era también una nave enorme anclada en la orilla, y era una flor de titanio abriéndose a la ciudad, con la que dialogaba por una de sus arterias, que corre sobre un puente elevado que abraza el despliegue iniciado de sus pétalos.

Y así, amigo lector, el museo Guggenheim se alzó en el corazón de aquella ciudad que, no lo ignoras, se llama Bilbao. Un edificio tan significativo como el Centro Pompidou de París, la Ópera de Sidney o la Catedral de Chartres. Ese edificio, que no era un edificio y era muchos, también era una obra mágica.

Y su encantamiento, su magia, empezó a obrar y a extenderse, irradiando, transformando su entorno. Y obras y actuaciones que no hubieran antes sido posibles, empezaron a serlo. La ciudad entera mejoró, se rehabilitaron sus márgenes ribereños, se acometieron mejoras urbanas de gran aliento, aumentó internacionalmente su prestigio, y se llenó de visitantes que la hicieron prosperar y enriquecerse. Así , con este final feliz, concluye la fábula. Una fábula que ilustra de maravilla una convicción de mi maestro Saenz de Oíza, que yo siempre he hecho mía, y es que a la ciudad la hacen sus edificios. Que el mejor urbanismo es el que hace posible la buena arquitectura.

Pero dejemos esto y volvamos al Guggenheim. Al “efecto Guggeneim” en una doble acepción diferenciada. Ya he descrito lo que es el “efecto Guggenheim” en términos de factor de evolución y desarrollo urbano .

Déjame hablarte ahora, lector, del “efecto Guggenheim” como aprehensión fenomenológica del sentido moderno del espacio. Hablarte del “efecto Guggenheim”, es decir, de cómo se te hace presente sensorial y cognoscitivamente ese extraño objeto en la consciencia. Porque el Guggenheim de Bilbao crea entre él y tu una curiosa barrera que hace que te sea imposible poseerlo visualmente del todo desde un punto de vista cualquiera, por privilegiado que sea. Es un edificio que no se termina de ver nunca, que nunca llega a entenderse del todo. Por eso es un disparador de metáforas, y es nave, y flor, y antro, y ruina, y extraño brote mineral en la ribera.

Es aleccionador compararlo con el Panteón romano, sobre el que dirigí mi anterior “Mirada”. El Panteón es un edificio de simplicidad platónica, una forma geométrica centrada y elemental, que define interiormente un “axis mundi” vertical que conecta el espacio con la luz del cosmos, luz que es “la sombra de las Ideas”. (La luz como “umbra Dei”).

El Guggenheim es, por dentro tanto o más que por fuera, inasimilable. Es un continuo gigantesco – con un vestíbulo de una altura libre de 55 metros- de signos arquitectónicos que su curvan, que se metamorfosean, que se interpenetran, que fluyen los unos en los otros. Es curvadura, luz y vacío, cristal y formas complejas metálicas o blancas en una incomprensible sintaxis que compone un “texto” visual sin un sentido único y privilegiado, un “texto” abierto a todas las lecturas. Dos personas no verán el mismo edificio. Una persona no verá dos veces sucesivas el mismo edificio.

Esta manera de generar arquitectura; una arquitectura en cierto modo virtual e inaprehensible, ofrece un modelo revolucionario de museo o sala de exposiciones, totalmente alejado del modelo enciclopedista aún vigente. Mucho más allá del contenedor neutro – la “caja blanca” de tantos museos y salas de exposiciones modernas- el Guggenheim es en sí la más poderosa experiencia estética.
Un mundo aparte; un sueño donde están contenidos – sueños dentro de sueños- los cuadros, esculturas o montajes expuestos.

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