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EDICIÓN: Águilas | Lorca

EL TIEMPO: Águilas | Lorca

Las temidas ‘pipiolás’ de los Noventeros aguileños

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Solos ante el peligro: Delante de un centenar de veteranos motorizados en busca de sus presas, corrían los pipiolos de todos los colores y sabores

Aquella mañana de principios de curso, a pesar de que los veteranos teníamos prohibido asistir ese día y mucho menos merodear por los alrededores existía la vieja costumbre de ‘cazar pipiolos’ en un rito cuya cita era más que obligada, mucho más que ir a clase.
El día empezaba muy temprano y los motores de las Jog R, de las Variant y las Vespino rugían, como animales hambrientos, en la Rambla de El Rubial, al unísono.
Ya estaba todo preparado dentro de nuestras mochilas que con recelo escondíamos para evitar que el director del ‘insti’ -que hacía las pertinentes revisiones- nos pillara lo que tenían dentro. Y es que en su interior no había nada bueno: harina, ketchup, mostaza, vinagre, huevos y todos los ingredientes para ‘cocinar’ a los que llamábamos ‘pipiolos’, a aquellos porbres incautos que entraban por primera vez al instituto.

Los veteranos éramos temidos a la par que respetados y, a pesar de ser una práctica totalmente prohibida y sancionada, los ‘moteros’ buscábamos pipiolos y los pipiolos, como los corredores de los sanfermines, corrían delante de nosotros que, como toros, embestíamos con nuestros chorros mugrientos y malolientes a todos los que se nos ponían por delante.
Era alucinante el sonido de las motos -casi todas ‘trucadas’- y su velocidad, además de los ‘derrapes’ para evitar, en los últimos años, a la policía que, en vano, intentaba disolver aquel pelotón que, pasada la hora de la caza y fuera de su coto, no hacíamos otra cosa que dar vueltas alrededor del pueblo.
Hacíamos un gran trabajo en equipo y no dañábamos a nadie, al menos los de mi generación, ya que las venideras, según tengo entendido, hicieron de esta práctica inocente e incluso divertida para los pipiolos un ejercicio de destrozo cargándose, por daños varios, una tradición de los que jamás nos pasábamos de la raya.
No hacíamos más que el típico juego de dibujar un barco en la pizarra y hacer al pobre niño que soplara hasta que el barco se moviera, al son de unas cuantas e inofensivas collejas. Después, ya en la calle, eran rociados con ketchup, mostaza y algo de harina. Eso era todo. Los veteranos motorizados los buscábamos y ellos, a pesar de las recomendaciones de los profesores, se dejaban encontrar. Había algo mágico en dejarte atrapar, en correr hacia ninguna parte lo más limpio posible para no ser identificado, para pasar desapercibido, te subía la adrenalina.
Como pasa con todo en este pueblo, a un par de sádicos se le fue la cosa de las manos, años después y todo esto sólo queda ya impreso en el recuerdo de los que fuimos un día, bañados con la gloria de hacernos mayores y los que, un año después, hicimos lo propio con los más pequeños, haciendo alarde de una madurez que todavía estaba muy verde y que tardaría bastantes años en florecer. Ese día dibujábamos medias sonrisas, caras de asombro y algunas de protesta de los vecinos que, asomados en sus balcones y ventanas, como si de un desfile se tratase, nos esperaban para ver renegando -aunque en el fondo les entretenía un poco de vida en un pueblo donde nunca pasaba nada- una y otra vez haciendo mucho ruido y gritando ‘pipioooooolos’ hacia la nada.
En sus bancos, los abuelos murmuraban entre dientes : “Qué barbaridad!” mientras saludaban tímidamente con la mano que les quedaba libre del bastón.
Así fue en mi época el día más parecido a las historias que nos contaban nuestros padres que fueron perseguidos por ‘los grises’ en la época de Franco. A nosotros se nos rifaban los ‘pitufos’ y los ‘civiles’, con un amplio dispositivo persecutorio que a su pesar, era imposible de detener.
De vez en cuando conseguían capturar a alguno de los primeros -nadie quería encabezar esa procesión, todos queríamos ponernos en el centro del huracán- y le confiscaban la moto con la excusa de que llevaba el casco mal amarrado o simplemente, no lo llevaba. Lo que no sabían era que a los cinco minutos, esa dispersión volvía a unirse y que los despojados de su moto eran recogidos de ‘paquete’ en cualquier esquina. Así nos daban las doce , la una , las dos y las tres…

TEXTO: ANA GUALDA
FOTO: La vespino en la que con mi amiga Loli de ‘paquete’ perseguíamos pipiolos.

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