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Sobre ángeles y demonios

Cuando se enfrentan términos tan antagónicos como pudieran ser “ángel y demonio”, parece que se ha llegado al clímax de los contrarios: el bien y el mal. En efecto, dos consideraciones cuya monstruosidad conceptual resulta difícil de abordar. Ahora bien, bajemos a la tierra, donde se podrá observar como, al igual que en las altas esferas, la naturaleza etérea de los “luciferes”, “rafaeles” o “gabrieles”, se confunde en su origen: todos eran ángeles, hasta que uno va y se rebela.

El efecto inmediato de esa rebelión, o mejor dicho, el castigo por ella, es la terrible aparición de dos prominentes cuernos y un considerable rabo. Eso en lo que respecta a los cambios físicos que experimenta el rebelde.

Luego llegan los internos, aquellos que afectan al ámbito de los sentimientos: se torna malo, muy malo, hasta el punto de convertir su entorno en un absoluto infierno, al que además arrastra a quienes, como él, no son capaces de controlar sentimientos tan “humanos” como la envidia, por ejemplo.

No sé si el mundo está lleno de envidiosos, de personas a quienes les resulta difícil encarar a un semejante con corazón noble y generoso. Y, oh, paradoja, en vez de imitarlo, prefieren adornar sus frentes y arrastrar “cola”.

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