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¡Oh, las rusas!

No cabe duda de la vigencia del precepto. En estas tierras meridionales, pero no sólo en ellas. “Ponga una rusa en su vida” ha sido lema y objetivo de muchos varones entrados en la mediana edad, que peinan canas y desengaños, que están de vuelta de las enrevesadas tramas de Cupido, curtidos en aventuras, desventuras y fracasos; horticultores forzosos que han cosechado en tantas ocasiones calabazas como para poner un puesto en la plaza de abastos.

También las han puesto (a las rusas) en sus vidas legiones de malcasados y aburridos, cautivados por los ojos de hielo de alguna valquíria de las estepas, por hastío de las matronas amorcilladas, rebozadas en potingues faciales y corporales grasientos, con mascarillas cosméticas de género mortuorio, más propias para acudir a una fiesta de Halloween que para dar lozanía al cutis y mentir los años habidos. Por hartura de esas parientas o costillas fajadas con prendas interiores abultadas color gallina cocida, empaquetadas con batines de guatiné horteras y chillones, calzadas con chanclas o chinelas indescriptibles, con borlas, pompones o la cabeza de felpa del ratón Mickey.

De esas ajamonadas, y a veces amojamadas patronas, tocadas con bigudíes de plástico multicolor en los que se arrollan, retuercen y atormentan los cabellos, ya martirizados por el tinte y el secador, sobreviviendo a duras penas a tanto castigo. De esas dueñas ululantes, gritonas, peleonas, gruñonas, cizañeras, manirrotas, acerbas, climatéricas, que tan a menudo caen de lleno en la categoría zoológica del dragón doméstico; como fieros especímenes más temibles que los dragones de la isla de Kómodo, llamados varanos.
Me ha llegado la anécdota, posiblemente cierta, de un cura de por aquí que celebraba las uniones matrimoniales declarándolas indisolubles “hasta que la rusa os separe”.

También sé de buena tinta que en la cercana población de El Egido, las nativas del lugar han constituido una asociación para combatir la amenaza que se cierne sobre su futuro conyugal por obra y gracia de las rusas.

¡Oh, las rusas! ¿Qué tienen las rusas?
Porque aquí tenemos afincado un amplio muestrario de inmigrantes foráneas, a las que caben suponer encantos y gracias, que no son rusas. Tenemos ecuatorianas, tenemos colombianas, tenemos magrebíes, tenemos rumanas, tenemos polacas, tenemos lituanas…

En todas las procedencias encuentro mujeres esplendidas, con atractivos indudables. Y casi todas, con la excepción quizás de las chinas, son más agradables y simpáticas que las rusas, según mi limitada experiencia me ha hecho saber hasta el momento.
Es cierto que algunas rusas son atléticas, pero tampoco pueden competir con las formas generosas, la sensualidad y el esplendor vital de las mulatas caribeñas, o de algunas negritas del África profunda.

Pido aquí perdón al lector si le ofenden mis palabras. Sé que no son políticamente correctas. ¡Qué le voy a hacer!.

Si su sensibilidad no me soporta, le recomiendo que interrumpa aquí mismo la lectura de esta artículo, pues todavía es más duro lo que sigue. También es cierto que no me voy a referir a todas las rusas, sino a una determinada y abundante categoría de ellas.

Ha llegado el momento de preguntarse seriamente qué tienen las rusas, y si no habrá un mito de las rusas haciendo estragos en la buena marcha de las familias hispanas.
Es cierto que, de siempre, hemos tenido en gran aprecio aquí ciertas cosas “de Rusia”.

¡Qué habría sido de nosotros sin la “ensaladilla rusa” y los “filetes rusos”, recursos alimentarios de los que el españolito de a pié ha echado mano en tiempos difíciles, como los actuales, cuando se vuelven inaccesibles la ensalada de bogavante y el solomillo!

¡Cuanta emoción no habrá deparado a jóvenes y niños la “montaña rusa” y sus descensos vertiginosos!

¡Y que decir de la utilidad de ese socorrido calificativo de “zapatilla rusa” para los productos pacotilleros y los trabajos mal hechos!

Pero es también cierto que esa, me temo que engañosa familiaridad con “lo ruso”, no nos ha preparado para lo que se nos venía encima: una invasión, una horda de nietas de Iván el Terrible, nacidas del cruce de antepasados vikingos con asiáticos de la prole de Gengis Khan.

Son tipos nórdicos con pómulos salientes y ojos rasgados, que vienen del frío, como aquel famoso espía de John Le Carre.

Mujeres frías, que vienen de una tierra helada; de ciudades frías donde los quioscos callejeros venden vodka, en lugar de prensa, para ser consumido en solitario, sentados en bancos públicos de calles o jardines nevados.

Mujeres frías que vienen de familias rotas, de matrimonios fallidos, de calles inhóspitas y casas ruinosas y mínimas; de una sociedad destruida que ha pasado del largo invierno de setenta años de la gran prisión comunista, tan fría y burocrática, tan pobre y desesperanzada, a la miseria física y moral de una sociedad fascista y corrupta, gobernada por las mafias y la brutalidad de la policía y del Estado.

Mujeres frías, con una llaga o una piedra en el lugar del corazón, que sueñan con ser princesas, o al menos con que las mantengan como si lo fueran, mientras acuden a sus trabajos mal pagados, en ese palacio de los trabajadores que es el metro moscovita, por ejemplo; una suntuosa catacumba con ramales muertos que conectan directamente con el Averno.

Y un buen día, el sueño se hace realidad.
Dan el salto y se plantan aquí, en una tierra de promisión para ellas, con un clima gratísimo y una infinidad de ingenuos don juanes maduros, ansiosos por subirse a un último tren de juventud y de belleza; totalmente vulnerables a sus encantos, que ellas dosifican con ancestral maestría, desde el íntimo desprecio y el sentimiento de clara superioridad intelectual y emocional que habitualmente exhiben.
Las “mantis religiosas” del frío abren sus fauces…y pasa lo que pasa.

¡Ni las reservas del Banco de España bastarían para satisfacer algunos de sus apetitos!…

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