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La calle Carlos III y su historia

Abrí los ojos, pardos y grandes, en la calle Aranda, en la casa del fotógrafo y pintor Matrán, pero sentí el primer rayo de luz en la casa a la que me llevaron a seis metros del mar en la playa de Poniente. Pero confieso que mi vida se inició en la calle Carlos III y ese fue mi hogar durante los primeros años de vida, la que llevo en la cabeza aunque más tarde hubiera de vivir en Federico Balart, al lado de la plaza de abastos, o en el Hornillo, a partir de 1975, ya cuando con la oposición en la cartera, le compré mi primera casa a mi tío Jesús Fernández, alias El Pelusa.
Pero mi alma aguileña pertenece a aquella grande y destartalada casa- de finales del XIX- en donde había habitaciones cerradas, que solo en ocasiones excepcionales se abrían, y otras que permanecían abiertas y que no había manera de cerrarlas porque sus puertas no encajaban. La auténtica conmoción la recibí cuando nos apercibimos de la existencia en el cuarto de baños de dos artefactos harto infrecuentes en aquella época de carencias y precariedades. Una era la taza del retrete, un punto fijo cómodo, estable y seguro y muy especialmente una inmensa bañera en donde podías ducharte, mecanismo casi inexistente en otras tantas casas que yo había conocido. La bañera acabó con el barreño de madera, con el barril de acero en las mañanas domingueras, cuando era necesario efectuar limpieza general. Nadar por la bañera, extender el jabón Lagarto en aquella piscina, era placer reservado a sibaritas en aquellas jornadas escuetas. Fue la casa de Carlos III de goteras en invierno y ratones en primavera eterna, de tortugas romanas en el patio y muchísimas flores en las macetas por sus muchas terrazas, de sueños infantiles y desvelos juveniles, una casa con una enorme habitación de los trastos en donde podíamos jugar al fútbol pese a tratarse de un segundo piso y en donde podíamos, desde los cuatro grandes balcones, asomarnos para saber si soplaba el viento de Levante y alborotaba la playa, si pasaba la procesión en Semana Santa, o si pasaba taconeando con estilo y garbo la Carrilla, moza galana en donde las hubiera. En la enorme habitación hacíamos de todo, muchas reuniones religiosas, con Bartolo Muñoz en la jefatura espiritual, con un equipo que llevaba el paradójico nombre de Sputnik, un nombre ruso –tabú entonces- para una empresa española propia de la cruzada cristiana y partidos de pin pon en una mesa que teníamos allí instalada.
Una casa con portón y cancela, con descansillo en donde mi padre dejaba la Guzzi de dos caballos o la primera Vespa que tuvimos, un pequeño espacio en donde siempre había bicicletas de hombre que yo no podía montar por mi falta de estatura. Y una casa con una escalera lóbrega y sombría cuando escaseaba la luz –y eran frecuentes las fugas y los apagones- o cuando nadie había tomado la precaución de encender el enchufe de la amarilla y polvorienta bombilla, lo que ocasionaba, si teníamos que ascender a lo alto, temores y terrores propios de la infancia. Subir aquella escalera, después de ver en el cine Ideal una película de miedo, era repetir secuencia de sudor y pánico. Mi menguada valentía nació en aquellas subidas, disimulada unas veces con silbidos o dando voces para que se apartara el peligro.
Una casa en cuyos bajos trabajaban Juan Miras, Diego Quesada, Diego Rabal, los Serafines y los Alarcones en la imprenta, al lado la tienda de las Pelirrojas, mujeres que llevaban el fuego en el pelo y la sonrisa en la boca. Y teníamos al lado a Juanito, el Sordo, con su droguería. Un Juanito que tendría muchos años, pero que se desvivía por atender a todos los muchos y jóvenes clientes que recalaban en aquella tienda que olía a química, no sé si porque todo era artesanal en aquellos tiempos o porque tenía remedio para todas las muchas taras de aquella época en donde aparecían los ratones por los techos, las cucarachas por los cuartos de baño (y no había muchos en el pueblo), en donde las hormigas acampaban donde estimaban oportuno, unas casas frías, destartaladas, con cristales rotos en algunas partes, con uralitas que volaban cuando soplaba el viento, con tejados que se venían abajo con facilidad.
Y ahora que hablo de recados, había que estar prestos a hacerlos en cada momento. Nene, que me traigas unos piñones de Miguel Florenciano, una tienda que había frente a Aznar, o el pan de la tahona y allí íbamos, sin dinero, a solicitar los piñones de la misma manera que por la tarde, a la hora de la merienda, íbamos con el trozo de pan para que nos echara por encima una ración de sobrasada mallorquina. Y debíamos llevar al horno de José en la cuesta del Caño los asados de patatas con piñones y carne que hacía mi madre y debíamos ir al Siglo de los Manzaneras a comprar botones o agujas, de la misma manera que debía llevar la sartén a Alonso para que le arreglara el agujero, un parche en el aluminio.
Carlos III, amplia y con casas de dos plantas a lo sumo, empezaba en la gasolinera de Aníbal y acababa en el mismo puerto. Una bocanada de aire fresco porque una vez doblada la Puerta de Lorca se enfilaba la brisa del puerto y esta se enrollaba al cuello de los transeúntes. Carlos III, dedicada al rey que la fundó, era la arteria principal de un pueblo que había sido trabajado a escuadra y cartabón, un pueblo de dos calles y una plaza, un pueblo de pescadores que había ido convirtiéndose, por mor de los años, en un pueblo minero, más tarde pesquero, actualmente tomatero y lechuguero, si es que la Academia me lo permite.
Un pueblo que comía caldo de pescao bastantes días a la semana, que tiraba del copo en la playa de Poniente tan pronto llegaba octubre y que bebía leche de cabra cada mañana–con los peligros de las fiebres de Malta- con los numerosos voluntarios que proveían de tales mercancías y que contaba con diversos pregoneros para anunciar que el Rizao había preparado morcillicas picantes, un pregonero que se situaba junto a la plaza de Abastos, al lado de los churros, para alzar la voz, tal como se hacía en los tiempos medievales. Un pueblo que contaba con cuatro o cinco coches de los cuatro o cinco señoritos que lo habitaban, un pueblo inundado de bicicletas y motos renqueantes, surcado por carros que llevaban el esparto al muelle. Todos los carros, los carritos de animales, los coches, las motos, las bicicletas, desfilaban por esta vía principal del pueblo..
En la calle Carlos III vivían en casas pequeñas, a lo sumo de dos plantas, Madame con su francés, la tienda de los Povedas, especialmente de Pepe, que era palomista, Paco Pereira, alto y grande, el que regentaba, junto a su padre, la tienda que estaba al lado de la Plaza de Abastos y la grande y hermosa –que acaba de ser abatida con nocturnidad y alevosía recientemente pese a ser una de las pocas huellas de la herencia decimonónica-, en donde convivía la familia de don Julio Hernández, con Julio y Rafa como herederos, y la familia de María Luisa Marín; en Carlos III estaba el bullicioso garaje del Cales y la casa de Antonio Grima y primitiva sede de Acción Católica, en una vieja y humilde casita de la que apenas recuerdo el permanente retrato del eterno Pío XII, un papa que debió reinar al menos cuarenta años o todo un siglo. Allí fui dónde hube de descubrir la filiación privilegiada de ser cristiano, romano y apostólico y allí se nos concedieron los primeros pasos de nuestra trayectoria teológica. No recuerdo ahora de aquella mansión más que una pequeña mesa negra, cuatro o cinco sillas, un pasillo oscuro, lóbrego.
Y estaba la amplia y ancha casa del médico Enrique Martínez con sus nietos, las gaseosas de Manolo el Alsúa, los peluqueros Cáceres, en donde nunca entré, la peluquería de señoras de los Magritas, la casa de la Amalita Román, la rica heredera, la de los Muñoz Calero, Pepe, el abogado, padre de Pepe, Armando y Rufo, buenos adversarios en los juegos y partidas, la escuela de Amalia Fernández Corredor, quien se atrancaba más de la cuenta al intentar expresarse, el pequeño pero acendrado bar de los Candiles, regentado primeramente por el padre, más tarde por Juanito, un muchacho que gozaba de la facultad de habla francesa que dominaba algo el inglés, condiciones que compartía con un muchacho misterioso, del que poco sabíamos, que vivía poco en el pueblo y que se llamaba. Mateo Casado, que estudiaba idiomas y se preparaba para trabajar en los hoteles, en aquel incipiente turismo que Águilas desconocía por completo pese a que se empezaba a hablar de un millonario indiano, llamado Manzanera, que pensaba hacer en Cuatro Calas la primera gran urbanización, con casas, hoteles de lujo, apartamentos, un sueño que fue largo y duradero, como los espejismos. Y estaba la tienda de Eduardo Cas, tras abandonar la primera estancia, la casa de Fermín Asensio y Pilar Chapapría, con sus hijos Ginés, Antonio, Fermín y algún otro que también nos servían para organizar partidos de fútbol en la parte posterior de su casa, con sus muchos Alarcones, la tienda de Emiliano, el que imitaba a Cantiflas, Juanito Guarda, que fue buen árbitro de fútbol y que escribía en la prensa, el bazar de ensueño de Aznar y mucha más gente que han de desfilar de alguna manera por las calles de este salón de los pasos perdidos.

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