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Vamos de viaje

Nosotros, los españoles digo, viajando somos más de otra forma, bastante diferente a los japoneses, por poner un ejemplo de viajeros impenitentes; vamos a donde hay que ir, si nos llevan en el autobús, vemos lo que nos dicen que nos interesa y le vemos la gracia hasta al guía más tonto, que luego se embolsa nuestras propinas con más risa todavía.

Cuando nos paramos a comentar algo en la calle, parece conveniente que se enteren hasta los propios del país (y que nos son ajenos) de lo que pensamos, bueno, de lo que decimos, lo pensemos o no. Solemos hablar en voz alta y le pedimos al camarero en voz más alta todavía, por si no nos entendiera. Las comidas no nos gustan todas y no experimentamos excesivamente.

Si, al cabo de una semana, no encontramos un mal restaurante italiano nos puede entrar el mono de nuestro potaje. Menos mal que las pizzas y los spaguettis nos alivian bastante de coger la maleta y largarnos, que parece que todos los europeos comen raro menos nosotros, que si la carne poco hecha, que si la col agria, que si no hay pan. “Donde se ponga una paella de Alicante….!!!”, que se oye mucho, todavía.

De todos modos, al menos en Europa, todo es tan asquerosamente previsible como en España, nada se deja, al menos en las ciudades, a la exploración y la sorpresa de lo nuevo y lo extraño, todo está previsto y los servicios, las señales, las informaciones se han unificado tanto que hasta el más tonto puede prever encontrar lo que busca allí donde se espera que esté.

La uniformidad hace menos atractivo el viaje.
Al menos del que espera sorprenderse, encontrar algo diferente a lo que ya conoce de su tierra. La capacidad de sorpresa en Europa ha sido cancelada por decreto de la CEE de los huevos.
El que quiera sorpresas que se vaya a Africa, que allí las tiene a montones. O a Suramérica, o a Centroamérica donde, a pesar de que en el idioma nos entendemos mucho mejor, las cosas siguen siendo tan diferentes como saltar de un siglo para otro en nuestra querida, vieja, conocida y previsible Europa.

Algo así deben ser los Estados Unidos, donde un servidor no tiene el menor interés en recalar. Que no me gusta que se copien el disco duro de mi portátil, oye, una manía.
Al fin y al cabo, los africanos y los americanos hispanohablantes, cuando vienen a Europa, no es a hacer turismo.

Los que sí salen cada vez más son los chinos, los coreanos y los indonesios.
Todos tienen hambre de conocer la cultura occidental, y de verse desahogados en sitios amplios, creo yo. El caso es que son respetuosos habitualmente, a no ser que tengan que hacer fotos. Entonces son capaces de hacer esperar al director de una orquesta para hacer la última puñetera foto.

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