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A través del espejo

La niña Alicia atravesó un buen día el espejo, y se encontró en un mundo de prodigios y fantásticas criaturas, donde el fuego no quemaba y todo era posible. La niña Alicia había salido anteriormente en pos de un conejo apresurado, que siempre llegaba tarde, y, cayendo por un pozo en la tierra, se encontró en un lugar fantástico, también lleno de prodigios y seres fabulosos. El ilustrador John Tenniel fabricó- con los materiales literarios proporcionados por las lucubraciones del canónico Dobson, más conocido como Lewis Carrol, maestro de los delirios racionales agazapados detrás de la lógica y las matemáticas- un mundo onírico a medio e inquietante camino entre el delirio y la pesadilla, que era como el reverso siniestro de la doméstica cotidianeidad victoriana.

“Alicia en el país de las Maravillas” y “A través del espejo” son todo menos unos cuentos para niños, como no sea para esos niños viejos de antaño, hombrecitos y mujercitas disfrazados de marinerito o damisela, que se iban al jardín a jugar al aro después de invocar a los espíritus sobre un velador. Estos cuentos, vistos con la mirada dirigida sobre nuestra actualidad política, son una fuente de esclarecedoras metáforas.
Así lo ha entendido el certero e implacable cascarrabias que es Gustavo Bueno, uno de nuestros últimos filósofos serios, en una obra dedicada al timonel del régimen, titulada “Zapatero y el pensamiento Alicia”. No he leído aún el libro, pero lo que he ojeado de él se me antoja prometedor. No se trata aquí de hacer una exposición del contenido de esta obra (tendría que leerla primero, si no quiero hacer lo que algunos críticos literarios de los suplementos culturales de los periódicos) si no de retomar para mis propias digresiones el hilo que se me brinda.

Se da el caso de que el equipo actualmente (des) gobernante de la nación dirige su errática trayectoria montado sobre el frágil andamiaje de una ensalada de tópicos y lugares comunes procedentes del seudo progresismo de una “divina” izquierda trasnochada. Esa ensalada sería algo así como el catecismo del “progre” ibérico, montado en el poder como don Quijote con los ojos vendados sobre un Clavileño propulsado por cohetes de última generación, rumbo a un inevitable y fenomenal batacazo.

Conviene hacer una afinada disección crítica de ese catecismo, porque está en la raíz de un grotesco, tragicómico cúmulo de malentendidos y disparates que nos llevan al desastre, detrás de una fachada de angelismo a ultranza, de buenísimo profesional, que enmascara, me temo, lo contrario de lo que exhibe. O sea: prepotencia jacobina, obsesión por el poder a cualquier precio y caiga quien caiga y lo que caiga, y dosis industriales de mala fe, rencor, y lo que aún es peor, desprecio de la realidad; completa incompetencia para tratar con la inexcusable realidad del mundo.

¿Por qué precisamente Alicia?
Pues porque el mundo de Alicia; el mundo que segrega “el pensamiento Alicia”, es un mundo ajeno al nuestro, donde imperan el capricho o leyes y lógicas que nos resultan incomprensibles.

El mundo Alicia se sitúa allende a la utopía, que es y ha sido siempre el norte orientador del socialismo. El “utopista” se distingue de Alicia en que parte del mundo real, y le imprime, SIEMPRE POR LA FUERZA, aplicada con diversos grados de intensidad y crueldad según el grado de extremismo que se ostente las transformaciones económicas y sociales que él considera necesarias para realizar su utopía. Históricamente se ha demostrado, y racionalmente y a priori podría probarse también, que la utopía realizada es siempre la anti-utopía: el infierno en la tierra. Así aconteció en las sociedades del curiosamente llamado “socialismo real”, allí donde se implantó.

Por eso la izquierda ha tenido siempre, aunque no fuera más que como actitud refleja, una tentación totalitaria, por muchas banderas de libertad que haya alzado al viento.
Utopismo y libertad son, ya desde Platón, el primer “utopista”, incompatibles.
Pero nuestros “divinos” progres de salón han dado un paso más allá. Son como Alicia, que se encuentra en otro mundo sin saber bien cómo ni por qué ha llegado hasta allí. Nuestros progres, que se encontraron un buen día con el poder en las manos, gracias a un tan increíble como sospechoso golpe de suerte (de mala suerte para los españoles, quiero decir), lo han utilizado, lo están utilizando, como si la vieja nación llamada España, llena de historia y realidad, fuera el irreal y nebuloso mundo de Alicia. Como a través del espejo el fuego no quema, creen que se pueden dedicar alegremente a jugar con fuego.

Así lo están haciendo al pactar con terroristas y nacionalismos extremistas, tomando como moneda de cambio el desguace de la nación.
Así lo están haciendo con la desastrosa política de inmigración descontrolada que aplican, desoyendo las advertencias de nuestros más sabios vecinos europeos.
Así lo están haciendo en política exterior, alejándonos de nuestro lugar natural para alinearnos con algunos de los regímenes más demagógicos e impresentables del planeta.
Así lo están haciendo legislando para defender antes los derechos del delincuente que los del ciudadano honesto, al que por otra parte expolia el Estado con infinitos impuestos.

Así lo están haciendo al deshacer valores sociales tradicionales sin ser capaces de crear otros nuevos, como si los elementos predominantes de nuestra sociedad fueran lo que en realidad constituye su entorno marginal: transexuales, putas y otras hierbas análogas.
Así lo están haciendo al exacerbar el rencor, a toro pasado y asestando grandes lanzadas al moro muerto, con la famosa recuperación de la “memoria histórica”.
Etcétera, etcétera…

Sólo puedo advertirles de una cosa. No estamos en el mundo de Alicia. Aquí el fuego quema. Y si no, que se lo pregunten a los gallegos.

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